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El camaleón político

Publicado en El Mostrador

Con la aprobación de la elección directa de intendentes en la Cámara Alta, el senador y candidato presidencial Alejandro Guillier ganó su primera gran batalla luego de que los dos ex Presidentes –y también candidatos presidenciales Ricardo Lagos y Sebastián Piñera– se opusieran públicamente al proyecto. El mensaje presidencial se aprobó contra todo pronóstico. Guillier no solo triunfó porque votó a favor del proyecto, también ganó por el riesgo que conllevaba perder. De haber perdido en la votación, los ganadores hubiesen sido Lagos y Piñera, sus rivales directos. Guillier hizo una apuesta arriesgada que pagaba mucho y ganó.

La aproximación de Guillier a esta votación revela bastante sobre su estrategia electoral. Para empezar, el periodista sabe que –para ser candidato presidencial– se necesitan luces y qué mejor que rivalizar con los peces gordos. Breves cuñas pueden llegar lejos en un escenario político presidencializado. El mejor ejemplo fue cuando Guillier capciosamente comparó a Lagos con O’Higgins, sugiriendo que el liderazgo del ex Presidente era arcaico y redundante. Algo similar ocurrió cuando comenzó su intervención en la votación del proyecto de intendentes mencionando lo catastrófico que resultó el Transantiago de Lagos.

Pero hay un lado político más profundo en la táctica de Guillier y tiene que ver con nunca quitar sin dar. Es así como se ha vuelto usual que el senador haya emparejado cada crítica con un elogio, incluso si ha significado tener que declararse un laguista. Esta ambigüedad se explica netamente por el instinto de supervivencia del candidato. Guillier sabe que es el segundo en la fila y solo va a ser candidato si logra desbancar a Lagos. Por ende, debe ser cuidadoso con no alienar a la base de votantes, que en gran medida es la misma que la del ex Mandatario. Si Guillier conduce una campaña negativa, terminará saboteando su propia popularidad.

La estrategia de Guillier es ocupar todos los espacios que no ocupan sus rivales directos. Esto lo vuelve un camaleón político. Algunos lo pueden llamar oportunista o incluso populista, pero es una estrategia inteligente si es que quiere ganar la elección. Cuando Lagos se plantea como gradualista, Guillier responde con progresismo. Cuando se le acusa de ser demasiado progresista, Guillier responde con críticas a las reformas estructurales del Gobierno. En cierto sentido es un candidato residual, tomando todos los temas que los otros no quieren o no se atreven a abordar.

Muchos han argumentado que la candidatura de Guillier es una nave vacía, un vehículo político popular pero sin ideas de fondo. Es comprensible, pues comparado con la larga lista de manuscritos de Lagos sobre ideas para un Chile del futuro, cualquiera queda chico. Y, en general, creo que la lectura es correcta y, salvo algunas exageraciones que buscan explicar la falta de ideas con la falta de experiencia del candidato, estoy de acuerdo. Mi contribución, en esta línea, sería solo agregar que es una estrategia compleja, ideada por el propio Guillier, con múltiples aristas que puede pagar mucho si la mantiene.

La estrategia de Guillier es ocupar todos los espacios que no ocupan sus rivales directos. Esto lo vuelve un camaleón político. Algunos lo pueden llamar oportunista o incluso populista, pero es una estrategia inteligente si es que quiere ganar la elección. Cuando Lagos se plantea como gradualista, Guillier responde con progresismo. Cuando se le acusa de ser demasiado progresista, Guillier responde con críticas a las reformas estructurales del Gobierno. En cierto sentido es un candidato residual, tomando todos los temas que los otros no quieren o no se atreven a abordar.

Esta táctica es particularmente eficiente para convencer a los desafectados y moderados, precisamente el nicho que Guillier debe explotar. Moverse fácilmente entre una idea y otra le permite distinguirse de la clase política. Guillier busca dar la impresión de que no está atado a cánones políticos tradicionales ni a dogmas ideológicos trasnochados. Es un candidato perfecto para los potenciales votantes que buscan a una persona que no es parte de la elite partidaria y para los que no están convencidos con los candidatos que han demostrado moverse solo por intereses económicos y políticos.

Guillier debe seguir en esta ruta por un tiempo. Su actitud pasiva-agresiva sirve para aserrucharle el piso a Lagos mientras asegura un cupo en las primarias de la coalición. Puede celebrar todas las victorias. Puede celebrar ser parte de la Concertación y de la Nueva Mayoría simultáneamente. Puede celebrar ser independiente y político a la vez. Puede celebrar los logros del Gobierno y los de la oposición al mismo tiempo. Puede hacer todo esto mientras sus índices de popularidad aumentan y mientras convence a los que no han pensado votar porque los otros candidatos están todos atrincherados.

Lo mejor que le puede pasar a Guillier es que Lagos se caiga por su propio peso. Si sigue con su estrategia ambigua, será el candidato mejor posicionado para hacer el reemplazo. Lagos difícilmente lo podrá detener, simplemente porque cualquier otra alternativa probablemente favorezca a Piñera. A la vez, Guillier podrá marcar diferencias con la clase política y el legado de la centroizquierda en la medida de lo necesario. Para los que privilegian el debate de ideas, este un escenario alarmante. Pero para los que les gusta ganar elecciones, es una estrategia perfecta. No hay nada mejor que un camaleón político para ganar una elección.

Trigo y cizaña en la derecha

Publicado en La Tercera

Los partidos de Chile Vamos parecen estar más preocupados por la nominación del candidato presidencial que de las elecciones municipales. Una serie de movidas en corta sucesión es evidencia de aquello. A la evidente candidatura de Sebastián Piñera, se sumaron la del ex UDI José Antonio Kast, y la del ex RN Manuel José Ossandón. A ellos se suman las probables candidaturas de los RN Andrés Allamand, Francisco Chahuán, y Alberto Espina, quienes han estado menos activos, pero no por eso menos disponibles. A su vez, el timonel de Evópoli, Felipe Kast, pide cancha.

Para algunos es positivo tener a tantas personas disponibles para la tarea. Lo interpretan como una señal de diversidad en la derecha, que simboliza el amplio espectro de potenciales votantes que pueden llegar a ser escuchados y representados. También lo interpretan como un símbolo de competencia en la coalición, que sugiere que al final del proceso el mejor de la serie de candidatos será el único elegido. Sin embargo, ambos anhelos no son más que ficción. La verdad es que no hay ni tanta diversidad ni tanta competencia en la derecha ni entre los candidatos.

Piñera, Allamand, y Espina son de la misma línea dentro de RN. Fundaron la Patrulla Juvenil en los noventa, e inauguraron la línea liberal en el partido. Su esfuerzo, sin embargo, ha sido largamente cuestionado, pues en los hechos operan dentro de un marco tan conservador como el de la UDI. Esto ha quedado en especial relieve tras la irrupción de Amplitud. La nueva geografía del sistema de partidos desplazó a RN a la derecha. Este hecho político traslada a la otrora patrulla juvenil a un lugar que tradicionalmente ocupó Ossandón en RN, y mucho más cerca al que representaba Kast en la UDI.

Un observador desinformado podría pensar que todos están en carrera porque todos tienen posibilidades. Eso no es así. No todos tienen las mismas prospectivas de convertirse en el candidato definitivo. La verdad, es que Piñera domina en las encuestas. Está a un distancia sana de Ossandón, que asoma como el segundo en el concurso de popularidad.La diferencia entre ambos es menor a la distancia entre ellos dos y los otros cuatro. Allamand, Chahuán, Espina, y los dos Kast rara vez destacan con índices de apoyo que les podrían servir como crédito para una cuenta presidenciable.

En esta línea tener a siete candidatos parece ser un exceso, visto en la luz de una contienda en que todos ofrecen un producto similar, pero que sólo uno o dos corren con posibilidades reales. Una serie de efectos negativos surgen en este complejo escenario. Entre ellos, una es especialmente peligrosa, pues es la que define la prospectiva de volver al poder. Esta es la salida forzada de candidatos ante el bloqueo de las elites. La consecuencia es el fraccionamiento y desintegración de la coalición antes de la primera vuelta, facilitándole la elección al rival más fuerte.

La renuncia de Ossandón y Kast alimentan este escenario. Aunque si se les ofrece primarias probablemente participarían, hay probabilidades reales de que vayan directo a primera vuelta de cualquier modo. El recuerdo del papelón de 2005 es demasiado reciente como para olvidarlo. En esa ocasión Piñera y el UDI Joaquín Lavín decidieron ir juntos a primera vuelta. Fue la peor de todas las ideas. Aunque sumaron más votos que Bachelet en la primera vuelta, no lograron fidelidad el voto de cara a la segunda vuelta. La división entre ambos en la campaña les costó la elección.

Las elites de Chile Vamos deben evitar este escenario a toda costa. Aunque Piñera es el candidato favorito, si se le protege con exceso, la coalición pueden terminar en una situación aun peor de la que se encuentra hoy. Si el presidente de RN, Cristián Monckeberg, busca blindar a Piñera porque es quien figura más alto en las encuestas, va terminar por desgranar su base de votantes. En cambio, si consigue comprometer a todos los candidatos a someterse a primarias vinculantes, asegura por lo bajo una campaña potente y unitaria. Un candidato de consenso es sin duda la mejor alternativa.

Si lo anterior no queda claro, hay que pensarlo desde la perspectiva del rival directo, la Nueva Mayoría. Al sucesor de Bachelet le conviene enfrentar una derecha dividida. Si no hay primarias, o hay primarias parciales, habrán dos candidatos de la derecha en la primera vuelta más preocupados de pasar a segunda vuelta que de ganar la elección. En esta eventualidad se enfrascarán en una campaña negativa — en el contexto del voto voluntario — llamando a no votar por el otro. Si bien podrán conseguir ganancias marginales, en la suma sólo le estarán pavimentado el camino al rival, como en 2005.

Chile Vamos debe tomar determinaciones. La reciente renuncia de Ossandón es una señal de que falta disciplina partidaria y una visión cooperativa en la coalición. Los presidentes de los partidos tienen la obligación de fijar primarias para todos los candidatos sin ninguna excepción. Es una tarea compleja, pues Piñera busca asegurar su nominación sin tener que enfrentar al resto, y Ossandón amenaza ir a primera vuelta si es que no hay primarias. Pero es una tarea necesaria, pues de lo contrario la derecha podría hipotecar su alternativa de volver al poder.

Si Chile Vamos está más preocupado de la carrera presidencial que de las municipales, debe al menos mostrar avances. Lo primero que debe hacer es prevenir una potencial debacle electoral. Debe establecer primarias obligatorias para todos los candidatos con un mínimo nivel de apoyo en las encuestas. El peor resultado posible no es que no vaya Piñera, es que vaya Piñera y Ossandón (y posiblemente Kast) al mismo tiempo. La tarea urgente es separar el trigo de la cizaña. Luego, divisar el método por el cuál lograrán llevar una candidatura única, amplia, y vigorosa a la primera vuelta.

El documental de Bachelet

Publicado en La Tercera

En medio de la crisis presidencial más severa de los últimos años, la prensa informa que Bachelet prepara un documental sobre su propia gestión. Mientras los índices de popularidad presidencial están estacados bajo el 30%, la gente se entera que el gobierno se auto asignó un presupuesto de 40 millones de pesos para contar su verdad. A primera vista huele a un intento desesperado por reflotar la imagen presidencial alicaída de Bachelet. El problema es que se conduce a través de un proceso oscuro y a destiempo. Vamos desmenuzando.

La popularidad del gobierno se mide en los índices de aprobación. Un gobierno con altos índices refleja un líder aclamado por su pueblo. Naturalmente, esos presidentes no tienen la necesidad, ni el deseo, de hacer propaganda sobre el estado de avance de su gobierno. En contraste, a medida bajan los índices, aumenta la presión por comunicar hasta el logro más pequeño. Pues, a ningún presidente le gusta ser cuestionado. Cuando la aprobación es baja, y los líderes no se sienten debidamente reconocidos, frecuentemente optan por la vía—menos institucional—de la propaganda.

En Chile, los presidentes han optado por ambos extremos. Mientras que algunos han permitido que su legado hable por sí mismo, otros han buscado reconstruir su propia historia. En el primer gobierno de Bachelet, la Presidenta concluyó con más de 80% de aprobación, y por ende no tuvo la necesidad de resumir ni revisar su cuatrienio. Piñera, en cambio, fue menos popular, y tuvo que optar por la vía opuesta—invirtió 141 millones en 11 libros. Irónicamente, los libros fueron objetados por la Contraloría por ser catalogados como publicidad.

El documental de Bachelet calza con el segundo caso. Sin embargo, a diferencia de Piñera, lanza la operación a mitad de gobierno y no al final. Al parecer la Presidenta busca dejar una constancia política y no un resumen de su obra. Se entiende que persigue beneficios personales, y no colectivos. Esto es lo que en esencia vuelve el documental un tema controversial. Pues levanta preguntas—que ya han tenido resonancia en dirigentes partidarios, desde la oposición al propio partido de la presidenta; como si corresponde o no financiar este tipo de proyecto con recursos de las arcas fiscales.

Para muchos el problema del documental es que representa una operación política para revertir el daño causado por Caval. Para ellos, la película no es más que un vehículo que busca lavar la imagen presidencial. Pero existen otras críticas, que también son relevantes. Entre ellas está la forma y el momento en que se aprobó el proyecto. Pues no solo se nombró a dedo a la Directora (Tatiana Gaviola) y se dispuso de un presupuesto a discreción, sino que además se reconoció la existencia del proyecto en el único mes donde la clase política está de vacaciones.

No llamar a una licitación es un despropósito. Para un gobierno que ha sido duramente criticado por hechos vinculados al nepotismo, es lo mínimo que se pudo haber hecho. No hay ninguna forma lúcida de justificar el dedazo de Bachelet a Gaviola. Lo último que tiene que hacer un gobierno cuestionado por no actuar a tiempo en escándalos políticos es conducir procesos oscuros y a destiempo. Es inevitable no preguntarse por qué la Presidenta no anunció un concurso transparente, donde todos los interesados pudiesen competir en igualdad de condiciones.

Otra cosa que llama la atención, y que el gobierno no ha logrado resolver, es el rol inoportuno que juega el director administrativo de la Presidencia en el tema. Luego de ser cuestionado por su cercanía a SQM y sus nexos con Caval, Cristián Riquelme es la última persona que debiese estar involucrado en un escándalo público. Irrelevante de la posición de La Moneda sobre el documental (si realmente le parece necesario o no) tener a Riquelme involucrado en el proceso de designación y financiamiento es abrir es un nuevo flanco de vulnerabilidad.

Si algo simboliza la mala decisión de hacer un documental a mitad de cuatrienio, es que el gobierno está desesperado por revertir su crisis. Ven en el proyecto una oportunidad de oro para reconectar a la Presidenta con la gente. Más allá de eso, la manera en que se procedió sugiere que el gobierno no ha aprendido de sus errores. Saltarse la licitación correspondiente, anunciar la decisión en el mes de vacaciones de las figuras políticas de contrapeso, y vincular a Riquelme en la operación, es sencillamente no entender por qué la gente no aprueba.

El candidato presidencial de la derecha

Publicado en La Tercera

Mientras todos miran la crisis política que se desata dentro de la Nueva Mayoría, la coalición de derecha tiene una oportunidad única de comenzar a definir la ruta que la conduzca de vuelta al poder en 2018. Después de pasar largos seis meses bajo la lupa, por los casos de financiamiento irregular, los partidos de la nueva coalición de derecha deben tomar las decisiones que la vuelvan a hacer una alternativa atractiva para los votantes. Mientras controlan los daños provocados por el caso Penta y SQM, deben limar asperezas y manifestar su voluntad de escuchar las demandas de la gente para elegir al líder que los representará en la elección presidencial de 2017.

Aprender de los errores del pasado es fundamental. La coalición de derecha — aún sin nombre — no puede repetir el error de 2005, cuando llevó a dos candidatos a la primera vuelta, hiriendo de muerte el vínculo entre los votantes conservadores y liberales del sector, e indirectamente potenciando la victoria de Bachelet en segunda vuelta. Tampoco pueden repetir el error de 2013, cuando a pesar de sostener primarias la nominación del candidato fue entregada a las elites, ignorando y sobrepasando las preferencias del votante medio de centro derecha. Ambos errores permiten dibujar al menos dos líneas rectoras que la coalición debe seguir si pretende volver al poder en 2018.

La primera es que debe existir un esfuerzo conjunto y coordinado. En 2005 la batalla campal entre la UDI y RN, que llevó a la coalición a terminar con dos candidatos en primera vuelta, dividió a los votantes de forma terminal. La campaña confrontacional entre Lavín y Piñera llevó a dividir las preferencias en la elección a tal magnitud que suficientes votantes de Lavín decidieron no votar por Piñera en la segunda vuelta. Los números muestran que los votos a favor de ambos candidatos fueron mayor que los votos a favor de Bachelet en primera vuelta. Es decir, hubo más votos a favor de la derecha que a favor de la centro-izquierda. En retrospectiva, pareciera que un candidato de consenso hubiese sido mejor estrategia.

La segunda línea rectora es que se deben promover primarias para definir la oferta más atractiva. Si bien en 2013 la coalición ocupó este mecanismo, la decisión finalmente se tomó entre cuatro paredes. La determinación de nominar a Matthei, tras la caída de Golborne y Longueira, no solo fue improvisada, pero fue tomada entre una pequeña y extrema elite de la coalición. La masacre electoral que sufrió Matthei sirve para ilustrar que la decisión de las elites no siempre es la mejor. En retrospectiva, haber escuchado a los votantes probablemente hubiese terminado con un candidato más moderado, y como tal más competitivo dado las circunstancias de la elección.

Hoy la coalición de derecha está a tiempo de tomar las decisiones correctas. La amplia oferta de candidatos es funcional para su estrategia. Además de Piñera, en la UDI, José Antonio Kast, Larraín y Matthei buscan conseguir la nominación. En tanto, en RN, Allamand, Ossandón y Espina están en carrera. Finalmente, en el partido más joven de la coalición está Felipe Kast. La oferta va desde la derecha conservadora a la derecha liberal, pasando por veteranos con vasta experiencia electoral y viejos estandartes a una joven promesa. Sin embargo, el rango de la oferta solo será útil si se promueve una competencia sana entre todos, que finalmente termine en primarias abiertas y vinculantes donde la gente decida.

Incluso en el escenario actual, con la Nueva Mayoría alicaída, y con prospectivas económicas a la baja, no coordinar esfuerzos y fijar primarias podría terminar en otra debacle electoral. Aunque el oficialismo pasa por un momento complejo, y no existan candidatos claros a la sucesión, todo puede cambiar drásticamente. Es lo que le ocurrió tanto a Bachelet en su primer periodo, como a Piñera en el suyo. Ambos comenzaron con bajo apoyo, pero lograron revertir la tendencia hacia el final de sus cuatrienios. En ese contexto, la improvisación y los dedazos solo pueden causar estragos. Es imperativo que la derecha fije un plan de acción para aunar fuerzas, potenciar liderazgos y darle la palabra final a la gente.

Si Piñera decide ignorar las lecciones del pasado, y decide utilizar las encuestas para correr solo, por fuera de la coalición, la derecha podría sufrir la misma suerte que en 2005. O si la UDI decide no participar en primarias, porque siente que tiene mejor candidato, podría repetirse la horrorosa experiencia de 2013. La mejor estrategia de la coalición de derecha es potenciar a todos los candidatos que quieran participar, pero con resguardo a la integridad de la coalición. Un buen ciclo de debates que termine en una primaria, entre todos los que tengan aspiraciones presidenciales, es la mejor apuesta para volver al poder. Quienes no trabajen en esta dirección solo promueven una nueva derrota electoral.

Cambio de gabinete: tarde y pauteado

Publicado en La Tercera

Cuando los presidentes nominan a su primer gabinete apuestan a que todos los ministros estén a la altura de los desafíos políticos y que se ajusten con facilidad a la estructura administrativa. Sin embargo, muchas veces se equivocan en esa apuesta. Algunos ministros no están dispuestos a cumplir con el programa o no calzan bien en el equipo. En estos casos, los presidentes tienen la facultad de removerlos y nombrar a personas más adecuadas en su lugar.

Lo normal es que el primer cambio de gabinete sea antes de cumplir un año en el poder. Frei (1994-2000) hizo su primer cambio de gabinete a los siete meses (Educación, Interior, Relaciones Exteriores, y Secretaria General de Gobierno). Lagos (2000-2006) hizo el suyo a los diez meses (Bienes Nacionales y Vivienda). Bachelet (2006-2010) hizo el suyo a los cinco meses (Economía, Educación, e Interior), y Piñera (2010-2014) hizo el suyo a los diez meses (Defensa, Energía, Trabajo, y Transporte).

Bachelet rompió con esta tendencia histórica. Salvo la renuncia voluntaria de la titular de Salud a los nueve meses de gobierno, el primer gabinete se mantiene intacto. La presidenta ha insistido en mantener la formación original. Van trece meses. Con esto ha dado a entender que a su juicio su apuesta inicial fue certera – sus ministros no solo han estado a la altura de los desafíos, sino que también se han ajustado con facilidad a la estructura.

Este juicio ha sido rebatido en la prensa y en la clase política. No son pocos los líderes de opinión y políticos que han pedido un cambio de gabinete. A su juicio consideran que Bachelet tendría que haber hecho su primer cambio de gabinete hace algún tiempo, y que al haberlo postergado solo ha causado daño a su propio gobierno. En promedio, opinan que tendría que haber sido en diciembre de 2014, aprovechando la salida de Molina.

En el tire y afloje entre Bachelet y los que pedían cambio de gabinete, la presidenta tuvo un veranito de San Juan. En enero logró aprobar la reforma electoral, la reforma educacional, y el Acuerdo de Unión Civil, remontó en las encuestas, y calló a todos los críticos de su gobierno. La remontada fue tal, que el ministro de Energía se dio el lujo de aparecer en todas las portadas de los diarios metafóricamente decretando verano para siempre (en referencia al huso horario).

Luego, todo cambió. En febrero apareció el caso Caval y en marzo la arista SQM. El gobierno, que había revertido su tendencia a la baja en enero, nuevamente comenzó a sufrir los embates de la prensa y la clase política. Se empezó a desgranar el choclo. El hijo de la presidenta fue involucrado en negocios ilícitos, y miembros de su gabinete en el traspaso ilegal de recursos de campaña. Como consecuencia, el programa legislativo se paralizó y la popularidad de la presidenta alcanzó su mínimo histórico.

Los eventos de febrero y marzo confirman que Bachelet se equivocó al no hacer el cambio de gabinete en diciembre. La presidenta pensó que su popularidad la blindaría ante las acciones de su hijo, y que las esquirlas del caso Penta no llegarían a La Moneda. Dos graves errores. Ante la creciente preocupación de las personas sobre la relación entre el dinero y la política, la presidenta debió haber tomado las medidas para asegurase que todas las personas en su gobierno estuvieran limpias.

Si Bachelet hubiese hecho el cambio de gabinete en diciembre su gobierno no estaría paralizado hoy. Si hubiera removido a todas personas involucradas – aunque sea tangencialmente – con Penta, SQM u otras empresas de la calaña, no solo tendría la autoridad natural para liderar el debate sobre la relación entre dinero y política, pero además estaría avanzando a pasos agigantados en su programa de gobierno. En vez de estar desmintiendo rumores, estaría legislando.

La decisión errónea de no haber el hecho el cambio de gabinete en diciembre tuvo efectos negativos indiscutibles. Por eso la pregunta sobre cuándo decidirá hacer el reajuste sigue vigente. Cada día que pasa es un día más en que el cambio está pendiente. Hasta que Bachelet no remueva a todos los involucrados en el caso Penta y SQM de su gobierno, no podrá hacer lo que fue elegida para hacer – gobernar.

Bachelet inevitablemente tendrá que hacer un cambio de gabinete. Sin embargo, ya no será a su gusto. No podrá remover solo a los que quiere remover, y no lo podrá hacer cuando lo quiera hacer. Además de sacar a las personas involucradas en Penta y SQM, tendrá que sacar a los ministros desgastados por el mal manejo. Es difícil pensar en que ministras que admitan que se quieren retirar de la política, o que ministros que regularmente deben salir a dar explicaciones burdas, permanezcan en el gabinete.

A su vez, y a diferencia de lo que pudo haber hecho en diciembre, los cambios no solo dependen de ella. La caída de su fuerza relativa dentro de su propia coalición la obliga a buscar el visto bueno de los presidentes de los partidos. Algo impensado hace algunos meses cuando tenía sobre 50% de aprobación. Ahora tendrá que esperar que los partidos se organicen para hacer los cambios. El caso más claro son las elecciones internas del PS, los que tendrá que esperar para redistribuir las cuotas de poder.

A estas alturas, los nuevos ministros que entren al gabinete no solo deben estar a la altura de los desafíos y tener la capacidad de ajustarse con facilidad a la estructura existente. Sino que además deben ser capaces de hacerle frente a la crisis política. Es recomendable que sean personas que no han estado en la primera fila de los últimos tiempos, para darle un aire fresco al cambio. Pero también pueden ser actuales subsecretarios y asesores, siempre que no tengan boletas ocultas.

Seguridad ciudadana: un flanco imprevisto

Publicado en La Tercera

Las últimas semanas estuvieron fuertemente marcadas por las criticas a la conducción económica del gobierno. Las cifras – que mostraron una caída en el crecimiento, un aumento en el desempleo y una escalada en la inflación – no dejaron indiferentes a nadie. Desde la oposición culparon a la inestabilidad asociada a la reforma tributaria – exigieron afinar algunos detalles. Desde el sector más moderado del oficialismo culparon a la ambición excesivamente expansionista – sugirieron resucitar la alianza público-privada. En efecto, el gobierno le puso el acelerador a la reforma y anunció un plan de cooperación con el empresariado.

En la puerta del horno, el gobierno tuvo un segundo embate. La explosión de una bomba en la estación de Metro Escuela Militar abrió un flanco imprevisto. En los pocos meses que lleva la actual administración, nadie anticipó que un tema de suma importancia sería el manejo de la seguridad ciudadana. El atentado terrorista puso en entrecruces al oficialismo, mostrando inconsistencias importantes. Mostró que, contrario a la opinión inicial del gobierno, la aplicación de la Ley antiterrorista es una herramienta útil. Y mostró que, a diferencia de la opinión de algunos de sus diputados, su aplicación es necesaria.

Comparar el gobierno de Piñera con el gobierno de Bachelet en conducción económica y manejo de seguridad ciudadana resulta inevitable. Pues en ambos temas el gobierno anterior fue más fuerte de lo que ha sido el gobierno actual. Los buenos indicadores económicos y el énfasis en seguridad ciudadana son dos legados indiscutibles del gobierno anterior que han brillado por su ausencia en el gobierno actual. Las encuestas muestran mayor confianza en la economía durante el gobierno de Piñera que durante el gobierno de Bachelet, y que el atentado terrorista no solo es evaluado como el peor de los últimos años, pero también como un incidente evitable.

La aprobación de la reforma tributaria releva al gobierno en parte. Con las reglas del juego claras bajará la sensación de inestabilidad económica. Esto no es tan claro en la agenda de seguridad ciudadana. El novedoso método de los terroristas abre un escenario inédito que inevitablemente será ligado a la estabilidad política. Es un nicho que será explotado por quienes resisten el programa del gobierno. Un buen punto de partida para neutralizar aquello – y que ya ha avanzado el gobierno – es mostrar firmeza en capturar a los responsables mientras se trabaja en promulgar una ley antiterrorista de acorde con los tiempos.

El rápido ascenso de la seguridad ciudadana como tema prioritario sugiere que no será tan simple avanzar en el programa de gobierno. Las reformas estructurales propuestas tendrán que ser complementadas con medidas de mayor urgencia. El gobierno necesariamente tendrá que buscar un balance entre las metas de largo plazo y las metas de corto plazo. No es aceptable aprobar una reforma electoral si los votantes conviven con miedo. Si se descuida lo urgente, lo más lógico es que la evaluación de Bachelet comience a declinar, y en consecuencia su coalición sea castigada en la próximas elecciones municipales.

Bachelet debe redefinir sus prioridades. Hasta el momento el gobierno ha sobre ideologizado el país con las reformas estructurales, descuidando temas de mayor urgencia – como la economía y la seguridad ciudadana. Si bien las reformas estructurales pueden ser consideradas necesarias, los últimos incidentes muestran que pueden entrar en conflicto con temas de mayor urgencia. De hecho, la critica más efectiva de la oposición ha sido que el gobierno ha estado más preocupado del futuro que del presente. Sobre ideologizar puede pasar rápidamente de tener un efecto negativo para el gobierno a tener un efecto negativo para el país.

Concertación al gabinete

Publicado en La Tercera

La semana pasada el ex presidente Ricardo Lagos insinuó que existe una notoria carencia de cooperación económica entre el gobierno y el sector privado. Sus dichos no pasaron desapercibidos en el gobierno. Esta semana el operador político Gutenberg Martínez sugirió que la DC debe levantar un candidato presidencial propio cuanto antes. Sus dichos tampoco pasaron inadvertidos en La Moneda. Tanto Lagos como Martínez implícitamente critican a Bachelet y su programa de gobierno. Mientras Lagos insinúa que la agenda económica debe ser más cooperativa, Martínez sugiere que la conducción política debe ser más moderada.

Las criticas de Lagos y Martínez presagian un quiebre en la centroizquierda. Los dichos de ambos personeros apuntan a que hay un conjunto de personas dentro de la coalición que no se siente cómoda con la agenda económica y conducción política del gobierno. Mientras que el primero advierte que las políticas económicas progresistas del gobierno podrían dañar la economía, el segundo insinúa que la estrategia legislativa radicalizada podría polarizar el sistema de partidos. Tanto Lagos como Martínez apuntan a revivir a la Concertación. Para ambos el modelo cooperativo y moderado de la Concertación es superior al modelo progresista y radical de la Nueva Mayoría.

En el contexto económico actual, un quiebre en la centroizquierda podría ser fatal. Pues la estanflación (simultaneidad del alza de precios, aumento del desempleo y estancamiento económico) podría herir de muerte al gobierno. Las encuestas ya muestran un rechazo de la ciudadanía a la reforma tributaria. Esto, sumado a la pasividad de los empresarios, podría convertir la crisis económica en una crisis política. Una opción del gobierno para evitar esa crisis es abandonar la ruta progresista de la Nueva Mayoría para retomar la senda moderada de la Concertación. Aquello necesariamente implica renunciar a la agenda económica expansionista y retomar el diálogo con los empresarios.

El reciente anuncio del Ministro de Hacienda –de tender puentes con los privados– sugiere que esta será la nueva ruta. Pero la pregunta importante es si la moderación en la conducción económica será suficiente para revertir la estanflación y prevenir sus potenciales efectos políticos. Por una parte, el diálogo promete restituir la relación del gobierno con los empresarios. Pero por otra, si no hay medidas concretas –como una revisión a la reforma tributaria– será una estrategia fútil. Todo depende de la rigidez del gobierno, de cuánto está dispuesto a ceder. Si es poco –como lo ha sido hasta ahora– la situación económica sólo promete propagarse al sistema político.

Una alternativa es adoptar una conducción política más moderada, en línea con lo que sugiere Martínez. Esto no significa potenciar a un candidato presidencial de la DC, simplemente implica mostrar una señal de mesura. Un cambio de gabinete que favorezca a la DC y al sector más moderado de la izquierda serviría para tales efectos; un cambio de gabinete que reemplace a ministros progresistas de la Nueva Mayoría por ministros moderados de la Concertación. Es un recurso probado, pues el gobierno de Piñera tuvo que hacer un enroque similar. Sólo pudo producir resultados después de reclutar a Allamand, Chadwick, Longueira y Matthei.

Un cambio de gabinete serviría para complementar la decisión de tender puentes con el empresariado. Si Bachelet sólo toma medidas económicas, no detendrá el problema. Pues el origen del problema es político, no económico. Un cambio de gabinete generaría garantías desde el sector político para el empresariado. Si las personas a cargo de conducir las reformas tienen una agenda progresista, en contra de los intereses del sector privado, será difícil revertir la situación económica. El gobierno debe considerar reemplazar a los ministros que no han estado a la altura del conflicto. Sobre todo a aquellos que han estado encargados de la transformaciones más progresistas y radicales.

Ex presidentes: pauteando al gobierno

Publicado en La Tercera

Hace una semana el ex presidente Piñera realizó duras criticas al gobierno. Entre sus comentarios – principalmente orientados a la economía – sostuvo que el gobierno “no tiene metas de crecimiento, de empleo, de inversión, de salario o de productividad”. La respuesta no se hizo esperar. Elizalde atribuyó las criticas de Piñera a su ambición electoral. Eso no fue todo. Cinco otros ministros (Arenas, Blanco, Gómez, Peñailillo y Rincón) se sumaron al vocero del gobierno, masivamente destacando el oportunismo del ex presidente.

Pocos días después, fue el propio ex presidente Lagos el que criticó al gobierno. Entre sus comentarios – primordialmente enfocados a la infraestructura social – mantuvo que “van ocho años perdidos”, y que “no es un problema financiero”, sino que es la falta de “decisión política”. En contraste a la reacción ante Piñera, esta vez la respuesta del gobierno fue suave. Elizalde manifestó que la diferencia entre ambos ex presidentes era enorme. Peñailillo lo secundó. El titular de interior sostuvo que las criticas de ambos eran significativamente distintas en el fondo y en la forma.

Es una situación inédita. Es la primera vez que un ex presidente critica a un gobierno titular, fuera de un ciclo electoral. Entre 1990 y 2010 todos los ex presidentes eran parte de la coalición titular, y por ende realizaban sus comentarios a puertas cerradas. Entre 2010 y 2014, Michelle Bachelet pudo haber realizado sendas criticas al gobierno de Piñera, pero porque su trabajo le prohibía interferir en contingencia nacional, nunca lo hizo. Dos hipótesis compiten por explicar la razón de por qué – por primera vez – un ex presidente entra en éste juego.

Una hipótesis es que tanto Piñera como Lagos buscan posicionar una candidatura presidencial. Piñera ya ha manifestado su intención de volver a La Moneda. No es un secreto que su fundación trabaja activamente por posicionarlo como candidato en la próxima elección. Lagos, por su parte, no ha expresado una intención de repostular. Pero no sería una sorpresa que decidiera llenar el vacío de liderazgo que hoy existe dentro de su coalición. No sería extraño que el ex presidente llegara a ocupar el espacio que hoy dominan Andrés Velasco y Marco Enríquez-Ominami.

Una hipótesis alternativa es que tanto Piñera como Lagos están genuinamente consternados con la dirección económica y política del país. El historial de servicio público de ambos sugiere que podrían perfectamente operar desinteresadamente. Incluso si significa casualmente perjudicar al gobierno. Evidencia de aquello es que ambos ex presidentes solo intervienen en las áreas en que más destacaron durante en sus propios gobiernos (en la economía y la infraestructura social) y no en temas que les son ajenos.

El debate público durante la última semana ha estado fuertemente condensado en resolver entre estas dos hipótesis. Dimes y diretes entre defensores y detractores de cada ex presidente han inundado los medios y las redes sociales. Los primeros en definirse fueron la Alianza y la Nueva Mayoría. Para cada coalición la intención de su ex presidente fue más honesta y útil que la del otro. Para la coalición de gobierno, Piñera fue un oportunista y Lagos un republicano. Para la coalición de oposición, Piñera fue un altruista y Lagos un desubicado.

Esta discordia abre un debate sobre las facultades implícitas que deben tener los ex presidentes cuando se trata de opinar sobre contingencia nacional. Algunos rechazan todo tipo de intervención. Sostienen que los ex presidentes no tienen el derecho de interferir en contingencia nacional, pues solo lo hacen con la calculadora política en mano. Otros defienden cualquier tipo de intervención, pues tienen todo el derecho de usar la libertad de expresión a su favor. Sostienen que los ex presidentes son ante todo ciudadanos.

Nunca sabremos a ciencia cierta las motivaciones de Piñera y Lagos para criticar a Piñera. Podemos especular. Mi opinión es que Piñera buscó posicionar su candidatura al verse presionado por Allamand y Ossandón, y como respuesta, Lagos buscó realizar una critica comparativamente constructiva para matizar con Piñera y de ese modo blindar al gobierno. Más allá de las opiniones, lo cierto es que las criticas de ambos ex presidentes no causaron más que una convulsión política innecesaria. Incluso, fueron contraproducentes.

Cuando un ex presidente critica al gobierno, lo está pauteando. A ningún presidente titular le gusta que un ex presidente le diga cómo tiene que hacer su trabajo. Por eso, lo más útil sería que los ex presidentes evitarán espectáculos públicos y realizarán sus criticas puertas adentro – como ha sido la tradición hasta ahora. El daño de las criticas supera los beneficios. El revuelo generado por Piñera y Lagos opacó cualquier efecto positivo que podrían tener sus comentarios. Si los ex presidentes insisten en comentar sobre contingencia nacional, es porque buscan algo más que el bien público.

Aprobación presidencial de Piñera, intención de voto de Matthei

Publicado en La Tercera

A menos de dos semanas de la elección presidencial, Adimark publicó el resultado de la encuesta de evaluación de gobierno de Octubre de 2013. Entre otras cosas, el reporte mensual mostró que el índice de aprobación presidencial de Sebastián Piñera aumentó de 37% a 40%. Es el mes más popular para el presidente desde que alcanzó 41% en Abril de 2011. Junto con el resultado, surgen dos preguntas. La primera pregunta es relativas a los factores tras el alza de su popularidad. Una tesis es que es la bofetada de Piñera a la derecha conservadora al desconocer el legado del gobierno militar. La segunda pregunta es relativa al efecto del alza de la popularidad de Piñera sobre el resultado de la elección presidencial. Una tesis es que tiene un costo directo para la candidatura de Matthei.

Para contestar estas preguntas, es esencial comenzar con un breve recuento de la aprobación presidencial de Piñera desde que asumió el poder en Marzo de 2010. Comparar los índices de aprobación de gobiernos anteriores, y con los de su propio gobierno a través de los meses, sirve para alumbrar tendencias. Comparativamente, Piñera ha sido el presidente menos popular de todos los presidentes. Si se usan los datos del CEP y el CERC desde 1990, la evidencia muestra que es el mandatario que ha obtenido los índices de aprobación más bajos de todos. Ahora bien, durante su gobierno la varianza en popularidad ha sido baja. Si se usan los datos de Adimark desde 2010, la evidencia muestra que en 24 de los últimos 40 meses de su gobierno su aprobación solo varió entre 26% y 38%.

Por lo anterior, un pronóstico que varios habrían aceptado como hecho irrefutable a mediados de su gobierno, habría sido que su aprobación no mejoraría con el paso del tiempo. Contra ese augurio, sin embargo, la aprobación del presidente parece haber mejorado. Sobre todo en los tres meses que anteceden la elección presidencial de Noviembre. Una tesis que puede explicar este alza tardío es relativa al ciclo electoral. Pues, al tomar protagonismo los candidatos, pierde relevancia el presidente. En un contexto donde los candidatos presidenciales son el centro de atención, es probable que la gente sea menos rigurosa con la evaluación de Piñera. Si ésta tesis es real, el alza de la aprobación se explica por un tema de tiempos.

Otra tesis es que el presidente es el principal responsable por las variaciones en su popularidad. A diferencia de la tesis anterior, aquí Piñera tiene un rol protagonista. Dos hechos relacionados entre sí podrían explicar el alza en su aprobación presidencial. El primer hecho fue su rol en instalar el concepto de “cómplices pasivos”; el segundo hecho fue su rol en mover el grupo de militares condenados por violaciones a los derechos humanos del Penal Cordillera al Penal Punta Peuco. Ambos hechos fueron un mazazo para la derecha conservadora, y por lo mismo, ambos hechos pueden haber cambiado la opinión de muchas personas que anteriormente rechazaban la labor del presidente.

Si la segunda tesis es real, o al menos explica una porción importante del alza, la pregunta que sigue es por qué Piñera decidió ir en contra parte integral de la colación política que apoyó su nominación a la presidencia y que conforma buena parte de su coalición legislativa. La respuesta, parece ser, es que Piñera tiene un proyecto propio, diferente al de la coalición de partidos que lo apoyó desde el principio de su gobierno. Ahora bien, la bofetada simbólica a la derecha conservadora necesariamente implica que Piñera tendrá que prescindir de su apoyo en el futuro. Es iluso suponer que quienes defienden el legado militar volverían a nominarlo como candidato.

En algún momento entre su inauguración y agosto de 2013, Piñera parece haber sido seducido por la tentación de fundar una derecha renovada, más joven e independiente, y con valores sustancialmente menos conservadores que los de la camada actual. Lo que Piñera en esencia hizo, es pavimentar el camino para una derecha liberal. El presidente parece haber detectado un nicho para llevar a cabo lo que hasta ahora ha sido solo una amenaza permanente de un puñado de liberales con apetito de poder pero sin vehículo político. Claramente el presidente apunta a una plataforma política para 2017, ya sea liderada por él mismo o por uno de los varios ex militantes de RN que abandonó el barco a medio viaje.

El alza en la aprobación presidencial de Piñera tiene un efecto sobre la intención de voto de Matthei. Al implementar una agenda liberal en medio de una campaña presidencial representada por una candidata proveniente de un partido conservador, el presidente inevitablemente distorsiona la percepción de unidad en el sector. Es prácticamente imposible que el presidente implemente una agenda liberal desde La Moneda, y que la candidatura presidencial conservadora de su sector no sufra repercusiones. En términos empíricos es posible ver cómo ha aumentado la aprobación presidencial de Piñera a medida que han bajado el índice de intención de voto de Matthei. Una asociación que probablemente contenga más causalidad que correlación.

La crisis de la derecha

Publicado en La Tercera

La derecha se encuentra enfrascada en una intensa lucha de poder desde el enredado proceso de nominación de su candidato presidencial. La bajada de Longueira causó un quiebre entre RN y la UDI que aun no se ha reparado. La coalición se ha debilitado aun más desde que uno de los partidos decidió emplazar al gobierno a través de los medios. La coalición se dividió entre los que justifican la dictadura y los que aceptan y asignan responsabilidades. Una consecuencia del mal clima ha sido la inhabilidad de la Alianza para posicionar a su candidata presidencial. Las encuestas muestran que Matthei está más cerca de obtener un tercer lugar que de obtener un primer lugar. Como si lo anterior no bastará, la coalición arriesga perder el control del status quo en las elecciones legislativas concurrentes. Si la Nueva Mayoría consigue suficientes doblajes puede prescindir de la derecha para llevar a cabo reformas constitucionales.

La bajada de Longueira fue lo que catalizó la crisis. El vació de poder que dejó el ex-Ministro de Economía cuando depuso su candidatura causó una disputa entre las cúpulas de RN y la UDI por nominar al candidato presidencial. Las relaciones entre ambos se cortaron tras la reacción rápida de la UDI para reivindicar el cupo y la respuesta lenta de Allamand para descartar su intención. En total, pasaron 22 días entre que la directiva de la UDI nombró a Matthei (20 de Julio) y el Consejo General de RN la ratificó (11 de Agosto). El largo lapso de tiempo no solo sirvió para finalmente nominar al candidato presidencial, sino que además para separar aguas en la coalición. Las diferencias coyunturales se volvieron programáticas. Entre ellas, una de las más notorias fue la participación activa de RN en un proyecto de ley de reforma electoral (tradicionalmente resistido por la UDI), patrocinado por Carlos Larraín, entre otros senadores del partido.

Lo anterior sembró terreno fértil para que frente a dos provocaciones de Piñera estallará la crisis. La primera fueron los dichos sobre “cómplices pasivos”; la segunda fue la decisión de cerrar el Penal Cordillera. Ambas provocaciones fueron serias para el sector más conservador de la derecha, dado que indirectamente representaron un mea culpas. Desde el retorno a la democracia nunca hubo una auto critica tan manifiesta de parte del sector. Es probable, incluso, que hasta hace tan solo un año atrás, RN y la UDI se hubiesen unido para disipar dudas sobre su irrestricto apoyo al régimen militar. Pero la simpleza con que Piñera decidió acusar a personeros políticos de su sector de ser “cómplices pasivos” y luego cerrar el penal Cordillera es evidencia que el otrora clima de unidad no va más. Mientras que RN se alineó con Piñera, la UDI tomó una postura critica.

Dado el clima interno de la Alianza, no sorprende que la candidata presidencial no tome impulso. Matthei llega a representar a la coalición en su peor momento desde 1989. Algunas encuestas sugieren que es probable que por primera vez el candidato presidencial de la derecha reciba una votación inferior al 20% en la primera vuelta. Otras encuestas sugieren que es probable que por primera vez el candidato presidencial de la derecha llegue en el tercer lugar. Cualquiera de los dos escenarios coronaría la crisis de la derecha. Si la intención de voto de Matthei no toma un impulso importante pronto, la Alianza tendrá que enfrentar el escenario de ver una segunda vuelta en el cual ninguno de los dos candidatos pertenezca a su sector. Hoy, Matthei lleva el mismo tiempo en campaña que lo que falta para la elección presidencial. El tiempo se acaba y todo indica que falta bastante para asegurar un segundo lugar en la primera vuelta.

Perder la elección presidencial no es grave. Hasta el momento la Alianza ha perdido 4 de 5 elecciones presidenciales y sigue siendo la segunda fuerza electoral del país. Perder una presidencial no es grave por sí solo. Candidatos pueden perder elecciones y ganarlas después (Piñera) o ganar elecciones y volver al poder (Bachelet). Lo grave sería perder la elección presidencial en conjunto con la elección legislativa concurrente. Si el apoyo de Matthei se mantiene en el nivel actual, es probable que su lista de candidatos a la diputado y senador tampoco levante cabeza. Esto significa que la Alianza podría perder el control de vetar a su contraparte en el Congreso. Si la derecha no logra alcanzar al menos 3/7 de la Cámara (53 diputados de 120) y 3/7 del Senado (17 senadores de 38) podría perder su influencia sobre el sistema político. Lo anterior sería el peor de los escenarios posibles.

La derecha debe reagruparse para salir de la crisis. Independiente de quién sea el candidato presidencial del sector, ambos partidos políticos deben trabajar por la misma causa. Aun cuando sigue vigente una enorme división — en un  tema tan complejo como la posición de RN y la UDI frente a las responsabilidades del gobierno militar — deben dejar las rencillas atrás. Perder la elección presidencial por una paliza en las urnas tras su primer y único gobierno desde la transición no es un buen augurio. Pero perder la elección legislativa por un margen calificado para hacer cambios constitucionales podría ser lapidario en el corto plazo. En lo que queda de campaña, RN y la UDI deben enfocarse más en los temas que los unen que en los temas que los separan. Y aunque sea difícil, deben unirse tras Piñera, que en contra de todo pronóstico, parece ser la mejor esperanza para contrarrestar la ofensiva de Bachelet.