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El PS tiene en sus manos la próxima elección presidencial

Publicado en La Tercera

La bajada forzada de las precandidaturas presidenciales de Fernando Atria y José Miguel Insulza por parte de la mesa central del Partido Socialista es evidencia del mal momento que atraviesa la colectividad. La inhabilidad de apoyar a un candidato propio para enfrentar a los candidatos del resto de los partidos en una primaria del sector es evidencia del desbalance de fuerzas políticas que existe dentro de la coalición y un mal presagio de lo que viene. Al no tener un candidato propio, el PS indirectamente señala al resto de los partidos y sus respectivos candidatos que se someterá sin dar la pelea.

Por un lado la decisión del partido sorprende, dado que lo normal sería que un partido con su tradición y status nominara a un candidato propio. El PS no solo es uno de los partidos más importantes en la historia del país sino que además es uno de los partidos más grandes en la actualidad. De hecho, el PS es uno de los pocos partidos que se ha logrado inscribir de acuerdo al nuevo esquema de refichaje. Quizás por esto último es llamativo que la mesa no haya logrado transformar ese apoyo en un respaldo a una candidatura presidencial propia. Con los más de treinta mil militantes recientemente inscritos, había material de sobra como para trabajar.

Por otro lado la decisión de bajar a Atria e Insulza se veía venir, pues fue una decisión racional basada en probabilidades. El bajo apoyo a los candidatos en las encuestas fue evidencia de que no había agua en la piscina como para un piquero. En comparación con los otros candidatos del sector, digamos Guillier y Lagos, los candidatos del PS nunca lograron despegar. Considerando el margen de error, es posible que tanto Atria como Insulza nunca hayan llegado siquiera a obtener 1% de las preferencias. En esta línea, la decisión de la mesa fue correcta, estratégica y utilitaria basada en evidencia significativa, clara y contundente.

Ahora bien, más relevante que analizar las causas de la bajada forzada de Atria e Insulza, es preciso explorar las potenciales consecuencias del hecho. En ese sentido es imposible no desempolvar recuerdos del ciclo electoral de 2009, donde el Partido Socialista fue determinante en la nominación del candidato presidencial de la coalición, y eventualmente en el resultado de la elección. De hecho, el trasfondo se asimila bastante a lo que ocurre en el ciclo actual. En ese entonces, al igual que ahora, el partido prefirió apoyar a un candidato de otro partido (Frei) antes que a un candidato de sus propias filas (Arrate, Enríquez-Ominami, o Navarro).

El resto de la historia es conocida, y tema de mi tesis de Magister. Los tres socialistas renunciaron al partido, acompañados de cerca de un centenar o más de militantes históricos, en lo que se denominó el éxodo socialista. Navarro finalmente se bajó pero Arrate y Enríquez-Ominami fueron a primera vuelta. La división de la coalición le facilitó la victoria a Piñera. Los votos por los tres candidatos de la centroizquierda (Arrate, Enríquez-Ominami, y Frei) fueron significativamente más que los votos por Piñera en la primera vuelta. Pero la campaña dividió al electorado de tal manera que fue imposible agregarlos a favor del candidato común (Frei) en la segunda vuelta.

La comparación relevante entre las dos elecciones es el escenario de división de los votantes de centroizquierda. En 2009 el PS jugó un rol crucial en esta división, pues fueron ellos los que permitieron que el electorado se dividiera en tres partes. Hoy van por el mismo camino. Al no tener candidato propio van a tener que apoyar al candidato de otro partido, en este caso están entre el candidato del PR (Guillier) o el candidato del PPD (Lagos). Pero a pesar de que puedan institucionalmente apoyar a uno o a otro, es probable que parte del daño ya este hecho. Gracias al desorden del partido, una parte de los votantes ya está dividida de una u otra manera.

Este desorden en parte se entiende por la dinámica interna de las facciones que conforman al partido. Hasta recientemente el partido estaba dividido en Nueva Izquierda (Andrade, Escalona), Renovación (Montes, Schilling), Tercerismo (Elizalde, Solari), Grandes Alamedas (Allende, Gazmuri), Nuestra Revolución (de Urresti, Díaz), y Colectivo (Melo, Soto). Si bien las diferencias han sido históricamente claras es importante señalar que más que programáticas, han sido sobre la visión de los procesos operacionales que debe seguir el partido, sumado a contrastes generacionales. Curiosamente esta claridad permitía un dialogo fluido.

Hoy esas divisiones son más difusas. Algunas de las facciones han perdido peso y se han desintegrado, o en algunos casos fusionado con otras facciones. Este reordenamiento puede ser entendido como un desplazamiento transitorio, propulsado por incentivos de corto plazo, en parte electorales. Este desorden explica, entre otras cosas, por qué ha sido tan difícil para el partido tomar una posición permanente. Explica por qué la Mesa confirmó una consulta ciudadana para elegir entre Atria y Guillier dos veces y luego se retractó; y explica por qué la votación del Comité Central el domingo no será el fin del conflicto, sino que solo el comienzo.

De hecho, el Comité Central que se reunirá con el objetivo de elegir entre Guillier y Lagos llega con sendos problemas. No se ha definido siquiera cómo se llevará a cabo la votación: si será a mano alzada o con voto secreto. Esta diferencia es relevante, y es lo que actualmente divide a los socialistas. Los que están con Lagos prefieren lo primero y los que están con Guillier prefieren lo segundo. Los Laguistas dependen de la presión que puedan ejercer por sobre los Guilleristas, pues es probable que si la votación es a mano alzada la mayoría de los votantes se inclinará a favor del ex Presidente en desmedro del Senador.

Esta dicotomía resume la difusa organización transitoria de las facciones, que inoportunamente divide a los socialistas entre Laguistas y Guilleristas (sin contar a los desafectados que seguirán a ojos cerrados a Atria). Un breve recuento del apoyo de los legisladores del Partido Socialista sugiere que todos los senadores y alrededor de la mitad de los diputados estaría a favor de la candidatura de Lagos. No hay forma de saber cómo votarán los 111 miembros del Comité Central pero no sería extraño que se distribuyeran de forma proporcional a los legisladores. Pero volvamos al tema. Aquí la pregunta importante es si les conviene votar por Lagos.

Es una pregunta difícil, pero posible de abordar. Mi aproximación es una racional, basada en la diferencia en el retorno de utilidades que tienen los socialistas si prefieren a un candidato por sobre el otro. O redactado de forma más simple, la pregunta relevante es: ¿cuál de los dos candidatos le sirve más al Partido Socialista? La respuesta más sencilla es que el candidato que más les sirve a los socialistas es el candidato que más se asimila al militante mediano del PS. En este escenario, la respuesta es Lagos, pues no solo se asimila más al militante mediano, sino que es ex militante del Partido Socialista (hasta que fundó el PPD en 1987).

El escenario anterior sugiere que consistencia ideológica es una forma de pago (en término de utilidades). Pero si suponemos que una mejor forma de pago es ganar elecciones, entonces la respuesta a la pregunta no es Lagos, sino Guillier. Es mucho más probable que Guillier gane una elección a que Lagos gane una elección. Toda la evidencia disponible sugiere aquello. Lagos no se mueve del 5% en las encuestas. Lleva más de un año pegado en esa cifra a pesar de haber invertido una suma considerable de recursos en un equipo de campaña diseñado específicamente para re-empaquetar su imagen y dar a conocer sus ideas.

Si el PS quiere ser consistente con su ideología, probablemente Lagos sea el mejor candidato. Si el PS quiere ganar elecciones, probablemente Guillier sea el mejor candidato. En esta bifurcación, mi opinión es que el PS debe priorizar lo segundo por sobre lo primero. El Partido Socialista debe escoger al candidato que le permita acceder al poder para—al menos—aspirar a llevar a cabo su programa ideológico. Los partidos políticos son por definición colectividades diseñadas para ganar elecciones. Si no se pueden organizar para ganar una elección no tienen absolutamente nada que estar haciendo en el sistema político.

Considerando la lógica de las premisas anteriores es importante subrayar la importancia de elegir a un candidato que pueda ganar en la primera de las elecciones que se avecinan, las primarias. Si el Partido Socialista elige a Guillier y este gana la primaria, el partido podrá tener una importante recompensa al participar de forma preeminente en la redacción del programa de gobierno y una mayor influencia en la conformación de la lista legislativa. Además, dado que Guillier es el candidato mejor posicionado en la centroizquierda para ganarle a Piñera en Noviembre, es una apuesta mucho más segura.

Si en cambió el PS escoge a Lagos, y este inesperadamente gana las primarias, el partido podrá aspirar a tener el mismo control sobre el programa y la lista que tendría con Guillier, pero con una probabilidad mucho más baja de ganar en Noviembre. Pues en el contexto político actual Lagos no solo deberá enfrentar a Piñera, sino que deberá enfrentar a la centroizquierda. El Frente Amplio (liderada por Boric y Jackson) promete dar una dura batalla, pues como bien han anticipado no vienen a renovar a la centroizquierda, la vienen a reemplazar. En ese sentido Lagos no solo sería un blanco de la derecha, sino que sería un blanco de su propio sector.

La decisión del Partido Socialista debe estar orientada a maximizar su utilidad. La decisión del PS debe ser una que tenga su origen en un cálculo objetivo de costo-beneficio. Es irresponsable preferir a un candidato por cercanía, por buena onda. El Partido debe escoger al candidato que les permita las mejores prospectivas para llegar al poder. En ese sentido, la decisión consecuente y responsable de la mesa sería elegir a Guillier. Por lo bajo, la mesa debe asegurar que la elección del candidato se realice por medio de un voto secreto, para que el resultado de la elección al menos refleje el balance honesto de las fuerzas dentro del socialismo.

Una decisión equivocada del Comité Central el domingo podrá tener altos costos. Apostar por un candidato perdedor significa dividir a la coalición más de lo que ya está. Significa abrir dos flancos que serán determinantes en el resultado de la elección de Noviembre: un flanco externo, donde una Nueva Mayoría dividida tendrá que enfrentar a la derecha más cohesionada y organizada de los últimos tiempos, y un flanco interno, donde la oferta electoral (los candidatos) de centroizquierda sin duda generará tensiones y divisiones en la demanda electoral (los votantes) de la centroizquierda. El Partido Socialista tiene en sus manos la próxima elección presidencial.

El primer gabinete

Publicado en La Tercera

Bachelet anunciará su primer gabinete durante la segunda quincena de enero. La presidenta-electa dará a conocer el nombre de los 23 ministros que inaugurarán el gobierno en marzo. Entre los nombres más esperados están los cuatro ministros del comité político: el Ministro del Interior, el Ministro Secretario General de la Presidencia, el Ministro Secretario General de Gobierno y el Ministro de Hacienda. Pues serán ellos los encargados de ejecutar el plan de gobierno presentado en la campaña. Tendrán la misión de forjar la viabilidad política, lograr los acuerdos legislativos, diseñar la estrategia comunicacional y conseguir los recursos para llevar a cabo la reforma constitucional, la reforma educacional y la reforma tributaria.

Mientras que Bachelet cuenta con la facultad legal para nombrar a quien ella estime conveniente a cada una de las cuatro carteras, se tendrá que ajustar a unos cuantos preceptos básicos. Una breve mirada a la estructura de los gabinetes en gobiernos anteriores permite identificar algunas tendencias. Por ejemplo, en los cuatro gobiernos de la Concertación (entre 1990 y 2010) siempre hubo un demócrata cristiano en al menos uno de los tres cargos políticos (los ministros con oficina en La Moneda). En 2 de los 4 gobiernos el DC debutó en Interior. De los 9 ministros que ocuparon el cargo, 6 fueron DC (Enrique Krauss, Carlos Figueroa, Raúl Troncoso, Andrés Zaldívar, Belisario Velasco y Edmundo Pérez Yoma), 2 fueron PS (Germán Correa y José Miguel Insulza) y 1 fue PPD (Francisco Vidal).

En la Secretaría General de la Presidencia (Segpres) hay una tendencia similar. De los 11 ministros que alguna vez pasaron por el cargo, 7 fueron DC o cercanos a la DC (Eduardo Boeninger, Genaro Arraigada, Juan Villarzú, John Biehl, Mario Fernández, Francisco Huenchumilla y Eduardo Dockendorff), 3 fueron PS (José Miguel Insulza, Paulina Veloso y José Antonio Viera-Gallo) y 1 fue PPD (Álvaro García). La tendencia es radicalmente opuesta en la Secretaría General Gobierno (Seggob). De los 13 ministros que, 7 fueron PPD (Víctor Manuel Rebolledo, José Joaquín Brunner, Francisco Vidal dos veces, Ricardo Lagos Weber, Carolina Tohá y Pilar Armanet), 4 fueron PS (Enrique Correa, Jorge Arrate, Heraldo Muñoz y Osvaldo Puccio) y 2 fueron DC (Carlos Mladinic y Claudio Huepe).

Las distintas combinaciones usadas para nombrar a los ministros políticos muestra que existen al lo menos 4 preceptos básicos: (1) siempre hay un DC en uno de los tres cargos, generalmente en Interior y a partir del primer día, (2) los DC tienden a ir a la Segpres por sobre la Seggob, (3) los PPD tienden a ir a la Seggob, y los PS tienden a ir a la Segpres, (4) nunca se nomina a miembros de otros partidos. Estos preceptos toman fuerza si se considera el tiempo que cada ministro pasó en su cargo. Por ejemplo, los DC pasaron la gran mayoría de los días en Interior, los PPD pasaron más días que los PS en la Seggob que los PS, y los PS pasaron más días que los PPD en la Segpres.

No hay certeza que Bachelet se ajustará a estos preceptos para nominar a los ministros. De hecho, algunos especulan que podrían venir varias sorpresas. Lo cierto es que aunque Bachelet tenga la intención de revolver el gallinero, los partidos seguirán exigiendo sus cuotas de poder. Aun con el alto nivel de popularidad de Bachelet, los partidos exigirán sus cupos. En más de una cartera encomendarán nombres. Aquello es evidencia que preceptos básicos no son triviales, son producto de negociaciones entre los partidos. Esto es lo que vuelve el poder de nominación más rígido. Por ejemplo, se vuelve prácticamente imposible no nominar a un DC – o nominar a un independiente – a uno de los ministerios con despacho en La Moneda.

A lo anterior hay que sumar que Bachelet tiene sus propios preceptos. Por ejemplo, es probable que la presidenta-electa vaya querer potenciar la paridad de género y la renovación generacional. En ese caso, si bien es probable que un DC, un PPD y un PS ocupen los cargos políticos, no sería extraño ver que complemente su nómina con una mujer o un joven. Si Bachelet no logra ganar el gallito con los partidos por nombrar a cada uno de los tres ministros que estarán en La Moneda, siempre podrá usar el cupo de Hacienda. A diferencia de los otros cargos, Hacienda probablemente será menos disputado. La exitosa fórmula de Bachelet con un independiente (Andrés Velasco) en su primer gobierno fija el precedente perfecto.

El primer gabinete es la señal más importante para anticipar lo que viene. Si Bachelet sigue la hoja de ruta marcada por los gobiernos de la Concertación nombrará a militantes de la DC, el PPD y el PS a los tres cargos políticos, usará Hacienda como su comodín, y dejará las sorpresas para las carteras sectoriales. Si Bachelet decide alejarse de la tradición, con sorpresas en el comité político, corre el riesgo de generar una tensión innecesaria entre el gobierno y los partidos. Dado que su gobierno ya carga con altas expectativas, lo aconsejable sería ajustarse a la tendencia histórica para evitar una partida en falso. Para cumplir con su programa no solo necesita políticos experimentados, también necesita una buena relación con los partidos.

Las banderas democráticas de las primarias

Publicado en La Tercera

Las elecciones primarias no solo son un mecanismo para seleccionar a candidatos, son un indicador de democracia al interior de partidos y coaliciones. Cuando un partido o una coalición celebra primarias es porque su estructura interna es democrática, de corte horizontal y deliberativa. Por el contrario, cuando un partido o coalición no celebra primarias es porque su estructura interna es autoritaria, de corte vertical y arbitraria. Patrones de primarias en las últimas dos décadas muestran que la Concertación ha sido el portador de la bandera democrática, mientras que la Alianza se ha resignado a portar la bandera autoritaria. Mientras que la Concertación ha celebrado primarias en tres de cinco elecciones presidenciales, la Alianza aún no las ha utilizado.

Hay que reconocer que las primarias de la Concertación han variado en calidad. En 1993 votaron 608,569 personas en las primeras primarias semi-abiertas nacionales. En 1999 el número de votantes aumentó a 1,384,326 en las primarias abiertas nacionales. En 2009 el número de votantes descendió a 62,382 para las primarias semi-abiertas segmentadas (celebradas solo en O’Higgins y Maule). Las últimas fueron especialmente criticadas. En parte porque en su mayoría contemplaron votantes rurales proclives a votar por el candidato de la DC (Frei); en parte porque sirvieron para excluir a otros candidatos de la competencia (Arrate y Enríquez-Ominami). Si las habrían sido nacionales e inclusivas, es probable que el desenlace de la elección de 2009 habría sido diferente.

Perder una elección presidencial tras 20 años de victorias electorales tiene que haber accionado una alarma en la Concertación, tras lo cual lo normal habría sido identificar y aceptar el problema para luego solucionarlo. Sin embargo, hasta el momento solo ha ocurrido lo primero. La mayoría de los políticos de primera línea ha admitido–de una u otra forma–que la coalición debe ser reformulada y refundada bajo principios más democráticos y modernos que los originarios. Pero se ha omitido lo segundo–dar solución al problema. Los que están a cargo de los partidos han hecho poco o nada para modernizarlos de acuerdo a los nuevos estándares de participación. No hacer primarias parlamentarias es evidencia de aquello. La forma de compartir y delegar el poder no ha variado.

La Concertación no aprendió la lección tras la debacle electoral de 2009. No utilizaron la ventaja de poder mirar en retrospectiva las consecuencias de no haber celebrado primarias realmente democráticas en 2009. Podrían haber aprendido de la experiencia para usarlo para diseñar la estrategia electoral en 2013. Sin embargo, no lo hicieron. Actuaron de la misma manera que en 1993, 1999 y 2009. Pero, en 2013 hacer primarias democráticas para nominar al candidato presidencial ya no es suficiente. Admitir más candidatos a la primaria presidencial simplemente no basta. Hoy, la gente pide más inclusión y sinergia. Las marchas estudiantiles y los movimientos sociales cambiaron el bastón con que se mide la democracia. La vara horizontal y deliberativa es más alta.

No hacer primarias parlamentarias significa mantener el fondo y la forma de hacer política. Al permear a los representantes titulares, al excluir a los caudillos locales y al ignorar a las figuras emergentes, la Concertación envía una señal de que quienes mantienen el poder son los mismos de siempre. Los presidentes de los partidos hacen uso y abuso de sus atributos. Su cálculo político es claro. Al evadir primarias mantienen la facultad de premiar y castigar a candidatos titulares y a militantes e independientes desafiantes.  Creen que solo así podrán maximizar la probabilidad de escoger a candidatos que finalmente resultarán ganadores. Justifican que la designación unilateral de candidatos es más efectiva que celebrar primarias para ganar una elección.

La gran perdedora es Bachelet. Cómplice o no de la decisión de los presidentes de los partidos de no hacer primarias parlamentarias, lo que esta sucediendo al interior de la coalición que la apoya se contradice con todo lo que ella ha planteado. Para empezar, la Nueva Mayoría parlamentaria que la candidata promete involucra depender de nuevos actores. Pero los que estarán en las listas parlamentarias son los mismos de siempre. Otra cosa, el proceso de la construcción de la Nueva Mayoría contempla la participación de las masas en la selección de candidatos. Pero los que escogen a los candidatos serán los mismos de siempre. En definitiva, los que tenían esperanza que la llegada de Bachelet significaría un traspaso de poder de los pocos a los muchos…se han equivocado.

Si Bachelet está de acuerdo o no está de acuerdo con el formato de la nominación de los candidatos parlamentarios es irrelevante a esta altura. Lo que finalmente queda en limpio es que la distancia entre la candidata y los presidentes de los partidos es más estrecha de lo que se ha buscado plantear en los últimos años. Si Bachelet endosó la nominación unilateral de candidatos, o fue co-optada por los partidos sin poder oponer resistencia, no importa. La decisión de no hacer primarias parlamentarias fija el modus operandi de su candidatura. Se desprende que las primarias no son importantes para su coalición. De hecho, Bachelet y los presidentes de los partidos están dispuestos incluso a sacrificar la democracia al interior de su coalición para apuntar a ganar un par de escaños más.

La irónico es que la Alianza, y no la Concertación, fue quien aprendió la lección de 2009. Entendió el costo de no democratizarse de acuerdo a los tiempos. En 2013 la Alianza utilizará–por primera vez–una forma más democrática para seleccionar a sus candidatos que la Concertación. No solo celebrará primarias para escoger a su candidato presidencial, pero uno de sus partidos celebrará primarias para escoger a sus candidatos parlamentarios. El partido más pequeño de la Alianza (RN) hará más primarias que el partido más grande de la Concertación (DC). Los 10 candidatos de RN que serán seleccionados mediante la nueva ley de primarias serán más legítimos que los 9 candidatos del DC que fueron seleccionados bajo reglamentos partidarios.

Solo resta preguntarse si es la Concertación la que aun porta la bandera democrática, o bien ha cambiado–por primera vez en la historia–a las manos de la Alianza.

Cómo Piñera ganó la elección presidencial de 2009/2010

Existen varias explicaciones sobre por qué Piñera ganó la elección presidencial de 2009/2010. Entre las más populares, dos libros publicados inmediatamente después de la elección. Uno llamado Radiografía de una Derrota, en que Eugenio Tironi relató como los problemas políticos endógenos que arrastraba la Concertación fueron un factor decisivo en su propia debacle electoral. Otro llamado La Estrella y el Arcoíris, en que Andrés Allamand y Marcela Cubillos argumentaron que las estrategias políticas de la centro-derecha fueron claves para desalojar a la centro-izquierda de La Moneda.

Yo ofrecí una tercera versión. En mi tesis de máster llamado The 2009/2010 Presidential Election in Chile, propuse un explicación desde un punto de vista más académico. Mediante un análisis a los resultados de encuestas encontré que se cumplieron dos condiciones (cada una necesaria, y juntas suficientes) para su victoria. Primero, una división dentro de la centro-izquierda (que finalmente llevó a la Concertación a perder el control del votante mediano). Y segundo, una campaña estratégicamente coherente y mediáticamente potente de la Alianza (que finalmente permitió a Piñera parecer un agente de cambio necesario).

Los tres ejemplos mencionados arriba son mucho más largos, detallados y complejos de lo esbozado aquí. El punto es que existen varias explicaciones de por qué Piñera ganó la elección, pero muy poco sobre cómo ganó la elección. La respuesta a esta paradoja es simple. Para saber por qué ganó solamente necesitamos fijar condiciones necesarias y suficientes. Por ejemplo, para Tironi la condición suficiente fue la desorganización de la Concertación, para Allamand y Cubillos la condición suficiente fue el trabajo de campaña de la Alianza, para mi la condición suficiente fue cuando ambas condiciones necesarias concordaron.

Explicar cómo ganó Piñera, por otro lado, implica otro tipo de razonamiento. Mientras que por qué es una pregunta sobre resultados, cómo es una pregunta sobre procesos. Por eso, en vez de fijar condiciones necesarias y suficientes para entender un resultado en particular, es crucial observar el patrón de hechos políticos y electorales que determinan el proceso que antecede al resultado. En esencia, es necesario medir el impacto de los candidatos sobre la opinión pública durante los meses de campaña. En ese sentido, las encuestas son la mejor forma para aproximarse a variaciones en preferencias electorales.

Pero utilizar encuestas para este objetivo no es tan simple. El problema es que hay muchas, todas con diferentes índices de intención de voto dependiendo de sus respectivas encuestadoras, fechas de trabajo de campo y número de encuestados. Una solución es la aproximación metodológica de Tresquintos (detalles aquí y aquí) para convertir el ruido inevitable que generan encuestas en una señal. Este método, diseñado para cualquier elección, produce un indicador único de intención de voto para cada día de campaña. La interpretación del indicador diario es la historia de cómo Piñera ganó la elección de 2009/2010.

La gráfica de abajo muestra la simulación de la primera vuelta de la elección presidencial de 2009/2010, si se habría hecho el 12 de diciembre de 2009–un día antes de la elección. La gráfica muestra que Piñera nunca tuvo menos de 40% de apoyo. A partir de mayo de 2009, al menos, fue el candidato favorito. La gráfica también muestra que Frei fue bajando su intención de voto a medida que se acercó el 13 de diciembre. Esto se explica por la irrupción de los dos candidatos de centro-izquierda en la carrera, particularmente por la de Enríquez-Ominami, quien obtuvo su alza más brusca en las encuestas en mayo de 2009.

La gráfica que sigue esta hecha en base a la gráfica de arriba. Pero además ofrece un intervalo de credibilidad, que permite establecer el rango de probables indicadores de voto para cada uno de los candidatos. El cuadro muestra que Piñera fue el candidato más constante y coherente. Siempre se mantuvo en una intención de voto entre 40% y 45%. Frei y Enríquez-Ominami tuvieron más altos y bajos. Esto se puede explicar por la alta tensión entre ambas candidaturas masivamente transmitida por los medios de comunicación. Por su parte, Arrate solo despegó en los últimos tres meses, cuando se dio a conocer en los debates.

La gráfica de abajo muestra la simulación de la segunda vuelta de la elección presidencial de 2009/2010, si se habría hecho el 16 de enero de 2010–un día antes de la elección. Similar a los pronósticos de primera vuelta, muestra que las encuestas siempre proyectaron que Piñera iba ganar en segunda vuelta. Con algunos altos y bajos, siempre estuvo entre 50% y 60% de las preferencias. Por su parte, Frei siempre estuvo entre 40% y 50% de las preferencias. Es importante notar que la variación se redujo a medida que se acercó la elección. El peak/valle de julio es por la campaña de Enríquez-Ominami para inscribir su candidatura.

La última gráfica muestra de mejor manera las variaciones en la intención de voto. Muestra que la única vez que fue plausible que Frei podría haber ganado en segunda vuelta fue a comienzos de junio. Aún así, es improbable que haya sido una intención de voto real–más bien un efecto de no tener encuestas en esos días (por ende aumenta la incertidumbre). Lo que sí es claro es que la atención a la inscripción de la candidatura de Enríquez-Ominami perjudico de sobremanera a la campaña de Frei, y de paso benefició a Piñera. También es nítido que tras la primera vuelta, el margen en la intención de voto entre ambos se estrechó.

Estas gráficas cuentan la historia de cómo Piñera ganó la elección presidencial de 2009/2010. Los patrones de intención de voto desde mayo de 2009 hasta diciembre de 2009 (para primera vuelta), y enero de 2010 (para segunda vuelta), muestran al menos dos cosas interesantes. Una es que la elección de Piñera nunca estuvo en peligro. En más de alguna ocasión se especuló que Frei podría vencer a Piñera en segunda vuelta. Sobre todo en el caso en que Enríquez-Ominami y Arrate llamarán a votar por él. Pero la tendencia diaria muestra lo contrario. Frei estuvo mucho más cerca de obtener 45% que de obtener 50,1%.

Los patrones también validan que la división de la centro-izquierda fue fatidica para el desempeño de Frei. Si bien las gráficas solo muestran tendencias a partir de mayo de 2009, encuestas anteriores muestran que Frei marcaba por sobre el 40% (incluso más que Piñera en un par de ocasiones). Fue solo tras el inicio de la campaña por conseguir firmas de Enríquez-Ominami (en marzo de 2009) y la victoria en las primarias del Juntos Podemos Más de Arrate (en abril de 2009) que Frei comenzó a descender. Y fue tras la inscripción definitiva de las candidaturas (en septiembre de 2009) que se estancó bajo 30%.

Reformas electorales sub-óptimas

Publicado en La Tercera

Llevar a cabo reformas electorales es casi imposible. Desde 1989 se han archivado, rechazado o removido al menos 14 proyectos. Esta rigidez tiene su origen en la estrategia del gobierno militar para enfrentar la transición. Al intuir que su bando iba perder la elección de 1989, decidió unilateralmente diseñar un sistema electoral que no se pudiera alterar con facilidad. Además de (1) crear una Ley Orgánica con especial quórum de cambio, buscó (2) reducir el número de partidos en competencia, y (3) minimizar la magnitud de derrotas.

En general, fue una estrategia exitosa. El alto quórum sirvió como un candado constitucional. La nueva modalidad de mayoría absoluta con segunda vuelta para elecciones presidenciales, y el formato binominal para elecciones legislativas, transformó el sistema multi-partidista en uno bi-partidista, protegiendo a la minoría. Y los partidos que apoyaron el gobierno militar evitaron debacles electorales. En 1989, por ejemplo, la Alianza obtuvo 34% de votos para su lista de diputados, pero se les asignó 40% de escaños en la cámara baja.

Con el pasar de los años, sin embargo, el sistema inicialmente diseñado como un mecanismo de protección y un seguro contra derrotas electorales, se transformó en un sistema altamente inefectivo. El especial quórum para cambiar el status-quo forjó jugadores de veto entre las minorías, y la manipulación al número de partidos y la distorsión a la transformación de votos en escaños forjaron resultados electorales sesgados. En vez de ayudar a solidificar la democracia, el nuevo sistema solo profundizó problemas que retrasarían la consolidación.

Uno de esos problemas, por ejemplo, es la ausencia de competencia. El binominal incentiva que la disputa legislativa se de dentro de listas (entre candidatos con ideas concordantes) en vez de entre listas (entre candidatos con ideas discordantes). De hecho, vuelve altamente probable (90% en 2009) que un candidato de cada una de las listas más grandes resulte electo. Asimismo, favorece desproporcionalmente la elección de candidatos titulares y ex-legisladores por sobre la de candidatos nuevos.

Otro problema es la falta de representación. El sistema incentiva negociaciones entre las élites para la nominación de candidatos presidenciales. Por ejemplo, además de las primarias de Frei (1993) y Lagos (1999), todos los candidatos han sido nombrados por dedazos de las cúpulas. El efecto ha sido nefasto. Es probable que haya influido en la derrota de la Alianza en 2005/2006, y que este tras la razón por la cual la Concertación perdió en 2009/2010–cuando devaluó las opciones presidenciales de Arrate y Enríquez-Ominami.

Un tercer problema recurrente es el bajo nivel de participación que convoca. Desde la primera elección en 1989 el número de personas inscritas en el padrón electoral ha disminuido de forma constante. Con el sistema de inscripción voluntaria, aumentó masivamente el número de personas en edad de votar declinando inscribirse. Si bien votaba un alto porcentaje de padrón, cada vez hubo menos inscritos. Esta tendencia solo aportó a levantar dudas sobre la legitimidad de los resultados electorales y la calidad de la democracia.

Frente a estos problemas, lo natural habría sido proponer y aprobar proyectos para resolverlos. Por ejemplo, una solución frente a la falta de competencia podría haber sido remplazar el binominal por un sistema realmente competitivo, como el uninominal. Una solución frente a la falta de representación podría haber sido instaurar primarias obligatorias y vinculantes para coaliciones. Y una solución frente a la abstención podría haber sido adoptar la inscripción automática con voto obligatorio.

Sin embargo, nada de esto se ha hecho. A pesar de que las soluciones parecen ser evidentes, y existe un amplio registro del efecto positivo de cada una de ellas en la literatura, no han sido implementadas. La principal razón ha sido la rigidez de la Constitución. Ni las camadas de mayorías más altas que han pasado por el Congreso han tenido éxito. El quórum de la Ley Orgánica sencillamente ha sido muy alta. Si bien puede haber sido una idea sensata en un inicio, para dotar de estabilidad a la transición, ahora parece ser un impedimento innecesario.

El dilema ahora es que para hacer cambios, se están implementando soluciones alternativas a las óptimas. La imposibilidad de alcanzar mayorías calificadas para implementar las mejores soluciones, ha llevado a los partidos políticos a proponer–y muchas veces a aprobar–reformas electorales sub-óptimas. Lejos de diseñar soluciones definitivas a los problemas, las autoridades electas, tanto presidentes como legisladores, han buscado publicar leyes que finalmente introducen más distorsiones.

Un ejemplo de esto es la imposibilidad de introducir competencia en el sistema binominal. Hasta ahora, todos los proyectos han sido rechazados–desde los más simples que han buscado eliminar el guarismo “120”, hasta los más complejos que han propuesto redistritajes. Como consecuencia, el sistema electoral ha permanecido igual de poco competitivo que en 1989. Incluso, se podría argumentar que es menos competitivo aún, dado que la cantidad de doblajes en la elección de diputados disminuyó a 1 en 2009, de 11 en 1989.

Un segundo ejemplo son las iniciativas para aumentar la representación. Si bien han sido pasos en la dirección correcta, no han sido suficientes–ni en cantidad o calidad. La Ley recién aprobada, por ejemplo, tiene varios problemas que muestran que solo reforzara lo que ya existe. Por ejemplo, la falta de financiamiento del Estado para candidatos legislativos solo beneficiará a los titulares. También aumentará la opacidad del proceso, dado que establece que los candidatos solo deben entregar una declaración jurada de sus gastos.

Un tercer ejemplo, similar al de las primarias, es el proyecto aprobado con la idea de incrementar la participación: el voto voluntario. La narrativa tras el proyecto fue tratar de incluir a más gente en el padrón, para aumentar la probabilidad de revivir el alicaído índice de participación. Sin embargo, tras su implementación en las municipales de 2012, ocurrió todo lo contrario. Hubo un récord de abstención, alcanzando el 60% de los mayores de 18. Al revés de la Ley de primarias, el voto voluntario fue un paso en la dirección equivocada.

En retrospectiva vemos que frente a reformas constitucionales orientadas a modificar el sistema electoral, los legisladores tuvieron que escoger entre dos caminos: (1) mantener el status-quo, o (2) apoyar reformas políticas sub-óptimas. La gran mayoría escogió el segundo. Es decir, ante ningún cambio prefirieron cualquier cambio (aunque no fuera de su agrado). Naturalmente al implementar soluciones sub-óptimas bajo una Constitución poco flexible significa institucionalizar los problemas pre-existentes de forma permanente.

El argumento es que la rigidez de la Constitución puede estar dañando la democracia más de lo que la esta salvaguardando. No hay duda que la estrategia del gobierno militar al final de los ochentas tenía lógica. Incluso encuentra un importante consenso entre sus detractores. Pero más de veinte años después, es importante revisitar el tema. Como sugirió Keynes, cuándo los hechos cambian, hay que reconsiderar opiniones. Los sectores conservadores, que hoy se visten de veto, deben recapacitar sobre el beneficio de prolongar el sistema actual.

El Tercer Candidato: Enríquez-Ominami o Parisi

Publicado en La Tercera

El tercer candidato es cada vez más relevante para definir elecciones presidenciales. Como sucesor a los dos candidatos favoritos–que por cierto rara vez alcanzan la mayoría absoluta de votos–es quien puede balancear el resultado de la elección con su endoso en el caso de segunda vuelta. Si bien en las primeras elecciones desde la transición la figura del tercer candidato pasó prácticamente desapercibida, con la normalización de la democracia se ha ido transformando en un componente crítico para el éxito del ganador. Esto fue especialmente evidente en la elección de 2009, cuando la irrupción de Marco Enríquez-Ominami en la carrera funcionó como un agente resolutivo en la victoria de Sebastián Piñera sobre Eduardo Frei.

Los terceros candidatos han estado presentes en casi todas las elecciones presidenciales. Eduardo Frei Montalva en 1958 y Radomiro Tomic en 1970 están entre los emblemáticos. Sin embargo, desde el retorno de la democracia hay algunos que han pesado especialmente poco en la definición de resultados. Por ejemplo, Francisco Javier Errázuriz en 1989, cuando obtuvo cerca de 15% de los votos. De nada le sirvió frente al 55,17% que le dio la victoria a Patricio Aylwin en primera vuelta. Se podría sostener que Errázuriz sí logró influenciar el resultado de la elección, dado que le quito importantes votos a Hernán Büchi. Pero aún sin Errázuriz, la evidencia sugiere que Aylwin habría ganado igual. El voto por la Concertación fue consistente en las elecciones legislativas concurrentes.

En las elecciones de 1993 y 1999 los terceros candidatos tuvieron un rendimiento significativamente más bajo que el de Errázuriz. En 1993, José Piñera obtuvo 6,18% de los votos, y en 1999 Gladys Marín obtuvo 3,19% de los votos. En 1993, Eduardo Frei resultó electo en primera vuelta, lo que implica que–al igual que en 1989–el tercer candidato fue redundante. En 1999, aunque Marín obtuvo la votación histórica más baja para un tercer candidato, jugó un papel crucial en la definición del ganador. Dado que Ricardo Lagos y Joaquín Lavín prácticamente empataron en primera vuelta, tuvieron que disputar el 3% de indecisos que les permitiría resultar electos en la segunda vuelta. Por eso, muchos le asignaron a Marín (por no endosar a Lagos) la culpa de casi frustrar la victoria de la Concertación.

En 2005, por primera vez una coalición llevó dos candidatos de sus filas a una misma elección presidencial. Dentro de la Alianza, Piñera fue proclamado por RN y Joaquín Lavín fue proclamado por la UDI. A diferencia de elecciones anteriores, fue evidente desde el comienzo de la campaña que los tres primeros candidatos derivarían de las dos coaliciones más grandes. Asimismo, cuando Piñera clasificó a la segunda vuelta junto a Bachelet, fue evidente que Lavín sería decisivo en el resultado. Y lo fue. Como el tercer candidato, Lavín no logró traspasar sus votos a Piñera. Mientras que en primera vuelta el porcentaje de votos de la Alianza superó el porcentaje de votos de Bachelet, en segunda vuelta fue significativamente menor.

El caso más emblemático, sin embargo, se dio en la elección de 2009. Enríquez-Ominami no sólo logró la mejor votación histórica de un tercer candidato, pero fue decisivo en la elección de Piñera. A diferencia de Marín y Lavín, que determinaron la victoria del ganador entre la primera y segunda vuelta, Enríquez-Ominami determinó la victoria del ganador antes de la primera vuelta. Aunque también llamó a votar por el candidato más cercano a él (Frei) entre ambas vueltas, prevaleció la sensación de desconfianza en la clase política (particularmente en la Concertación) que logró instalar durante su campaña. Aún si todos los que habrían votado por Enríquez-Ominami habrían votado por Frei, es difícil pensar que el concepto de ‘alternancia’ podría haber perdido.

Todo indica que en la elección de 2013 el tercer candidato será aún más fuerte. Primero, porque con la baja popularidad de la clase política, permanece la sensación que la alternancia es necesaria. Segundo, porque los terceros candidatos están ganando terreno importante para posicionarse como los intérpretes de ésta alternancia. Aún así, es probable que el próximo presidente provenga de una de las dos coaliciones más grandes. Pero una alta votación de un tercer candidato aumenta substancialmente su influencia para definir el resultado de la elección. En este caso, esta facultad podría recaer en Enríquez-Ominami si decide repostular, o en Parisi si se mantiene en carrera. Una buena votación les podría permitir elegir al próximo presidente en segunda vuelta.

Ranking de Encuestas 2.0

Uno de los objetivos de tresquintos es analizar encuestas de opinión pública. Una forma de analizar encuestas es tender inferencias cada vez que una encuestadora publica una encuesta nueva. Otra forma de analizar encuestas es tender inferencias en base a múltiples encuestas, de múltiples encuestadoras distintas. Los que conocen el terreno de la opinión pública en Chile sabrán que la segunda forma no es nada de fácil. Las encuestas difieren en varios aspectos. Tienen diferencias significativas en sus ‘diseños metodológicos’, ‘tamaños de muestra’ y ‘fechas de trabajo de campo’.

Durante la campaña presidencial de 2009 hubo un par de sitios que intentaron tender inferencias en base a múltiples encuestas, al ponderar varias de ellas en un indicador único que intentaba representar el valor real de la intención de voto para cada candidato. El sitio TodoPolítica solo consideró las 4 encuestas más recientes. Promedió el valor de la última encuesta con las 3 anteriores en una regresión local para generar su indicador único. El sitio Vota 2009 de La Tercera tuvo una aproximación similar. Ponderó todas las encuestas con una media aritmética para dar con su propio indicador único.

En ambos casos, encuestadoras y encuestas fueron comparadas par a par. En el caso de TodoPolítica, las encuestas presenciales que entrevistaron a más de 1,000 personas con un margen de error de 3,0% fueron consideradas igual de relevantes que las encuestas telefónicas que entrevistaron a 600 personas con un margen de error de 4,5%. En el caso de Vota2009, las encuestas que se realizaron durante fines de 2008 (más de un año antes de la elección!) fueron consideradas igual de relevantes que las encuestas que fueron realizadas a fines de 2009 (menos de un mes antes de la elección!).

Comparar encuestadoras y sus encuestas involucra un proceso metodológico complejo. Justamente porque todas las encuestas difieren, las respectivas proporciones de intención de voto que reportan tienden a ser distintos. Por ejemplo, podemos anticipar proporciones diferentes dependiendo si las encuestas son presenciales o telefónicas, o si los entrevistados son seleccionados por cuota o de forma aleatoria. Incluso si todas las encuestadoras tuvieran las mismas características particulares, es probable que observáramos diferencias en sus resultados.

Para crear un indicador único sin sesgo, es importante partir de la base que todas las encuestadoras tienen características particulares distintas y todas sus encuestas introducen error en sus predicciones. El primer paso es asignarles mayor peso en el indicador único a las encuestadoras que tienen encuestas que introducen menos error en sus predicciones. Para determinar que encuestadora tiene menos error, mire las encuestas que sondearon intención de voto para la primera vuelta de la elección presidencial de 2009. En total, consideré 12 encuestadoras:

  • CEP
  • CERC
  • Direct Media
  • El Mercurio-Opina
  • Giro País (Subjetiva)
  • Imaginacción
  • IPSOS
  • La Segunda (UDD)
  • La Tercera
  • MORI
  • TNS-Time
  • UDP

Para crear el ranking, se necesita un mínimo nivel de homogeneidad entre las encuestadoras. Es decir, se debe usar datos que midan lo mismo. No todas las encuestas reportan el porcentaje de encuestados que se declara registrado para votar. Por ejemplo, la encuestadora CERC excluye nulos, blancos y abstenciones. Es decir, la intención de voto por candidato suma 100%. Las otras encuestas, en cambio, sí reportan nulos, blancos, abstenciones, por lo cual los votos válidos suman menos de 100%. Para homogeneizar las encuestadoras, normalicé los datos de todas las encuestas a 100%.

Si suponemos que todas las encuestadoras diseñan sus encuestas metodológicamente bien, deberíamos esperar que aquellas con un menor margen de error (o un mayor número de encuestados) tengan una mejor capacidad predictiva. Sin embargo, el siguiente cuadro muestra que no hay una asociación entre margen de error y capacidad predictiva. Algunas encuestas con un bajo margen de error fallaron más que otras encuestas con un alto margen de error. Por ejemplo, la encuestadora con el menor margen de error (Ipsos, con 2,5%) tuvo la octava mejor predicción (de doce!) de intención de voto para Piñera.

Eso es suficiente evidencia para sostener que el margen de error no es la única fuente de error en las encuestas. Si el margen de error fuera el único error de las encuestas, todas las encuestas tendrían una predicción correcta, dentro de su margen de error. En esencia, esto significa que las encuestadoras introducen un error natural a partir de su particular proceso metodológico. Para medir el error de cualquier encuesta, propongo aislar sus fuentes de error en una parte provista por la encuestadora y una parte no provista por la encuestadora:

ERROR REAL = Error Reportado + Error-No-Forzado

Ahora bien, en vez de mirar el error de cada encuesta en las predicciones de cada candidato, decidí fijar un parámetro de estimación. Principalmente porque es común que una encuesta reporte una predicción correcta para un candidato, pero falle significativamente en su predicción para el resto. Por ejemplo, MORI hizo la segunda mejor predicción de votación para Piñera, pero tuvo mayor error que el resto de las encuestas en la predicción de votación para los otros candidatos.

En este caso el parámetro de estimación más importante es el que mide la diferencia en votación entre los dos candidatos con más preferencias. Esto tiene sentido porque a menudo sabemos quién es el favorito, pero no sabemos por cuánto. En elecciones competitivas esta distancia es crucial. Si ambos candidatos giran en torno al 50% de las preferencias,  lo importante es conocer la distancia entre ambos. Por ejemplo, en 2009, todas las encuestas reportaron a Piñera como favorito, pero todas con distancias de Frei diferentes.

Error Reportado

El primer paso es estimar el Error Reportado. Esta es la diferencia entre la predicción del parámetro de cada encuesta y el parámetro real. Es la forma más básica de medir el error de una encuesta. El siguiente cuadro muestra el error reportado para el parámetro de estimación. La columna ‘Parámetro Estimado’ es la predicción del parámetro (la diferencia entre Piñera y Frei). La columna ‘Error Parámetro’ es la diferencia entre parámetro estimado y el parámetro real. La columna ‘Error Reportado’ es el valor absoluto de ‘Error Parámetro’.

El índice de mayor interés es ‘Error Reportado’, que muestra la distancia absoluta del parámetro estimado de cada encuesta y el parámetro real (14,5%). El promedio de error reportado de todas las encuestas fue de 3,7%. Esto significa que en general las encuestas hicieron buenas predicciones, haciendo una estimación relativamente cercana al resultado de la elección. De todas las encuestas La Segunda/UDD tuvo el error reportado más bajo (0,05%) con una predicción de 14%, mientras que ICSOUDP tuvo el error reportado más alto (7,9%) con una predicción de 6,6%.

Error-No-Forzado

El segundo paso es estimar el Error-No-Forzado. Esta es la diferencia entre el error reportado y el margen de error. Es lo que el margen de error no explica en el error reportado de la encuesta. El siguiente cuadro muestra el error-no-forzado para el parámetro de estimación. La columna ‘Error Reportado’ es el valor absoluto de ‘Error Parámetro’. La columna ‘Margen de Error’ muestra el margen de error que reporta la encuesta. La columna ‘Error No Forzado’ es la diferencia entre el error reportado y el margen de error.

El índice de mayor interés es ‘Error No Forzado’, que muestra el error que tiene una encuesta, que no puede ser explicado por su margen de error. Un índice negativo significa que la encuesta tuvo una predicción dentro de su margen de error. Un índice positivo significa que la encuesta tuvo una predicción fuera de su margen de error. De las 12 encuestas, 5 estuvieron dentro de sus margenes de error. De las 7 encuestas restantes, Imaginacción tuvo un error-no-forzado más bajo (0,7%), y UDP tuvo el error-no-forzado más alto (5,2%).

Error-No-Forzado Relativo

El tercer paso es estimar el Error-No-Forzado Relativo. Esta es la diferencia entre el error-no-forzado de cada encuesta y el promedio de error-no-forzado de todas las encuestas. Esto permite estimar la capacidad predictiva de cada encuesta en base a la capacidad predictiva promedio de todas las encuestas. El siguiente cuadro muestra el error-no-forzado relativo. Las columnas ‘Margen de Error’ y ‘Error No Forzado’ son lo mismo que arriba. La columna ‘Error No Forzado Relativo’ es la diferencia entre ‘Error No Forzado’ y el promedio de ‘Error No Forzado’.

El índice de mayor interés es ‘Error No Forzado Relativo’, que muestra el error que tiene una encuesta, en comparación con todas las encuestas. Un índice negativo significa que la encuesta tuvo un error-no-forzado menor que el promedio de todas las encuestas. Un índice positivo significa que la encuesta tuvo error-no-forzado mayor que el promedio de todas las encuestas. Por ejemplo, La Tercera tuvo un error-no-forzado de 1,4% menos que el resto de las encuestas. Asimismo, Giro País/Subjetiva tuvo un error-no-forzado de 0,03% más que el resto de las encuestas.

Personalmente, tengo algunas aprensiones metodológicas con las características particulares de algunas de las encuestadoras que figuran en la parte superior del ranking. Principalmente con los tamaños de las muestras y los métodos de recopilación de datos. Sin embargo, el ranking esta construido en base a la capacidad predictiva de las encuestas, y no a sus características metodológicas. Para efectos de un ranking, las encuestas que tienen a introducir un error-no-forzado relativo menor deben tender a figurar en la parte alta de la tabla.

Un argumento en contra de este punto es que no todas las encuestas son predictivas. Dado que algunas encuestas se hacen con meses de anticipación a la elección (e.g., UDP), las encuestadoras pueden argumentar que su encuesta es solo una foto del momento. La respuesta es simple. Cuando una encuestadora decide preguntar sobre “la elección del próximo Domingo”, esta haciendo una predicción. Además, si cada año electoral la encuestadora hace la misma pregunta con la misma distancia de tiempo a la elección, podremos fácilmente anticipar su error real.

Candidatos Presidenciales Anti-Sistema

Hay una piscina con alrededor de 22 potenciales candidatos para ser electos a la presidencia en 2013 (ver aquí). Entre ellos se repiten sistemáticamente alrededor de 6 nombres en todas las encuestas. En la Alianza se repiten Laurence Golborne, Joaquín Lavín y Rodrigo Hinzpeter; en la Concertación se repiten Michelle Bachelet, Ricardo Lagos Weber y Carolina Tohá.

¿Cuáles de ellos serán los candidatos definitivos y por qué?

En el libro Radiografía de una Derrota, Eugenio Tironi argumenta que una campaña electoral exitosa esta compuesta por dos factores:

  1. Definir un clivaje que tenga sentido para los electores y permita poner en relieve y potenciar los atributos más positivos del candidato y de su coalición.
  2. Conseguir que ese clivaje sea el que domine la campaña y que los electores lo tengan en su mente al emitir su voto.

Este ha sido, al menos, el caso en Chile desde el plebiscito de 1988.

La primera campaña presidencial fue en 1989. Alrededor de esa elección se fijó el clivaje ‘izquierda/derecha’ y ‘democracia/autoritarismo’. La Concertación se abanderó el tilde ‘izquierda/democracia’, mientras que la derecha se abanderó el tilde ‘derecha/autoritarismo’. Tras 17 años de régimen autoritario, Aylwin no tuvo mayores problemas para derrotar a Buichi.

La segunda campaña presidencial fue en 1993. En esta elección se mantuvo el clivaje de 1989. El balance, sin embargo, favoreció a la Concertación, que logró incorporar un componente de continuidad para ejecutar reformas pendientes (para cimentar instituciones políticas) y ampliar las inversiones extranjeras (para mejorar la capacidad competitiva de la economía).

La tercera campaña presidencial fue en 1999. Alrededor de esa elección se fijó el clivaje ‘izquierda/derecha’ y ‘continuidad/cambio’. La Concertación se abanderó el tilde ‘izquierda/continuidad’, mientras que la Alianza se abanderó el tilde ‘derecha/cambio’. En esta elección la derecha abandonó el respaldo–que había dado en 1989 y 1993–al gobierno autoritario, y adoptó un concepto de cambio a su plataforma de campaña. Tras una década de la Concertación en el poder, la Alianza casi llegó a la presidencia con esta estrategia.

La cuarta campaña presidencial fue en 2005. Alrededor de esa elección se fijó el clivaje ‘izquierda/derecha’ y ‘cambio de liderazgo/cambio político’. La Concertación se abanderó el tilde ‘izquierda/cambio de liderazgo’, mientras que la Alianza se abanderó el tilde derecha/cambio político. Dado que Lavín había herido mortalmente el clivaje ‘democracia/autoritarismo’ en 1999, la Concertación se vio forzada a cambiar su estrategia. El alza de Bachelet en las encuestas naturalmente ocupó el espacio de cambio de liderazgo y fue más potente que el mensaje de cambio político que proponía la derecha de Piñera y Lavín.

La quinta campaña presidencial fue en 2009. Alrededor de esa elección se fijó el clivaje ‘izquierda/derecha’ y ‘mejor gestión/cambio en el modelo’. La Concertación se abanderó el tilde ‘izquierda/mejor gestión’, mientras que la Alianza se abanderó el tilde ‘derecha/cambio de modelo’. La Concertación se vio forzada a realizar una autocrítica a las redes de corrupción y burocracia que habían echado raíces durante sus gobiernos. Sin embargo, esta estrategia no fue suficiente para convencer a los votantes, quienes ya buscaban un cambio de modelo.

En todos estos casos (1989, 1993, 1999, 2005, 2009), la coalición que mejor definió el clivaje, y que lo transmitió de manera más efectiva a los votantes, ganó la elección. Esta tradición se repetirá en 2013. Por eso, es importante anticipar cuál será el clivaje, y cuál es el candidato mejor posicionado para transmitirlo a los votantes.

En 2009 ocurrió un hecho crucial para anticipar el clivaje de 2013: la irrupción de Marco Enríquez-Ominami. Su campaña transversal recogió votos de ambos lados del espectro ideológico, mostrando que hay una buena parte de los votantes que no esta votando en referencia al clivaje ‘izquierda/derecha’– ‘cambio de modelo/mejor gestión’. Este grupo de votantes–que bien pueden inclinar el resultado definitivo de la elección– esta enfocado a castigar a aquellos que provienen del sistema–político y económico–imperante.

Mi intuición es que la elección de 2013 tendrá un clivaje ‘izquierda/derecha’– ‘sistema/anti-sistema’. Principalmente porque existen problemas estructurales en el sistema político (leyes electorales) y en el sistema económico (financiamiento de educación y salud), que ninguna de las dos coaliciones ha logrado revertir.

A partir de la lista de potenciales candidatos presidenciales de tresquintos (ver aquí), compuse un gráfico que posiciona a los presidenciables en un clivaje ‘izquierda/derecha’–‘sistema/anti-sistema’.

(Click en imagen para agrandar)

El eje ‘izquierda/derecha’ muestra el clásico posicionamiento de los candidatos de acuerdo a su distancia ideológica del centro. En la Alianza supongo que los candidatos de RN están más lejos del centro que los candidato de la UDI. En la Concertación supongo que el PDC es el partido más cercano al centro, seguido por el PRSD, el PPD y el PS. Si bien los candidatos están posicionados para reflejar esta escala en algunos casos existen candidatos que son más representativos de la coalición que de su partido (e.g. Bachelet).

El eje ‘sistema/anti-sistema’ muestra la diferencia entre aquellos que adhieren a al sistema y los que no adhieren al sistema. Es principalmente la diferencia entre militantes y no militantes, pero toma en cuenta aquellos que están en algún punto intermedio (representan un cambio en el sistema, siendo parte del sistema). A diferencia de la escala ideológica continua, el eje ‘sistema/anti-sistema’ es nominal y se divide en 3 categorías.

Los nombres en el primer tercio del gráfico (Longueira, Lavín, Allamand, Matthei, Golborne; Andrade, Lagos E., Gómez, Walker) son potenciales candidatos que militan en los partidos de la Alianza y la Concertacion. Son parte del sistema y no representan un cambio en la opinión de la gente.

Los nombres en segundo tercio del gráfico (Bachelet, Velasco, Golborne) son aquellos que si bien están dentro del sistema de partidos, no son sistemáticamente asociados con ellos. Bachelet fue electa por su capacidad de desmarcarse de los partidos, Velasco y Golborne son independientes que proyectan una imagen que rechaza la militancia tradicional.

Los nombres entre el primer tercio y el segundo tercio (Tohá, Orrego) son potenciales candidatos que representan una renovación generacional, pero por dentro del sistema. Mientras son símbolos de cambio, también son símbolos de continuidad–al ser lideres de sus respectivos partidos.

El nombre en el tercer tercio (Arrate) representa al potencial candidato del pacto Juntos Podemos Más. En este caso utilizo a Jorge Arrate para mostrar que el candidato de esa coalición tiene la misión de proponer un cambio radical en el sistema.

Finalmente, el nombre entre el segundo tercio y el tercer tercio (Enríquez-Ominami) es el de un candidato que viene del sistema, pero propone cambiarlo radicalmente. Representa un rechazo al sistema, no adhiere al sistema y no gobierna con los partidos.

Si el clivaje de la elección de 2013 es ‘sistema/anti-sistema’, la coalición que nomine un candidato que se acerque más a satisfacer esa demanda estará mejor posicionada para ganar. En este caso, el candidato idóneo de la Alianza es Golborne. Como candidato independiente (cercano a la UDI), representa una categoría de candidatos que no se han visto desde 1989 en la Alianza. Para la gente es atractivo la nominación de un candidato que venga de fuera del sistema para solucionar los problemas del sistema.

Los candidatos idóneos de la Concertación son Tohá, Orrego, Bachelet y Velasco. Si bien Tohá y Orrego representan un cambio generacional, no necesariamente representan un cambio al sistema. Bachelet proviene del mundo de los partidos, pero su reputación la coloca en un lugar que no es evaluado transversalmente con el de los partidos. Y Velasco, como independiente, representa una posición exógena al sistema (independiente de su postura ortodoxa sobre la economía). Por eso, podría consolidarse en una figura interesante para la gente.

Finalmente, Marco Enríquez-Ominami es un candidato que representa un cambio al sistema desde fuera del sistema. Pese a su paso por el PS, su postura en las elecciones de 2009 dejan en claro su voluntad de romper con el sistema imperante. Podría ser un candidato con alta votación, tanto por dentro de la Concertación como por fuera.

Candidato Presidencial de la Concertación

Hace un par de semanas publiqué un artículo argumentando que la probabilidad de la Alianza de ganar en las próximas elecciones presidenciales aumenta significativamente si selecciona a su candidato mediante elecciones primarias. Incluso sostuve que ‘la coalición que establezca primarias nacionales, abiertas y vinculantes primero, tendrá una ventaja sustantiva sobre la otra coalición en la carrera de 2013’.

Aquí explico por qué la Concertación puede dar un paso crucial en su travesía a ganar en 2013 al establecer primarias

La encuesta Adimark (Mayo 2011) es lapidaria en mostrar que la política esta en crisis. Ambas coaliciones obtienen inéditos niveles de rechazo. Mientras la Alianza obtiene un 57%, la Concertación obtiene un 65%. Si bien estos niveles son preocupantes, no son sorprendentes. Hace varios años que las instituciones políticas (e.g., congreso, partidos políticos) son las peores evaluadas entre todas las instituciones. Asimismo hay una constante tendencia hacia una menor identificación de la gente con los partidos políticos.

Veo 2 causas a este problema:

  1. Prolongada descoordinación dentro de las coaliciones.
  2. Creciente pauperización entre partidos políticos y ciudadanía.

Mientras la tortuosa relación entre RN y la UDI se agrava día a día, la Concertación ha sido incapaz de ordenar filas después del fracaso electoral de 2009. El sistema electoral poco competitivo y poco representativo ha llevado a las cúpulas políticas a ser las determinantes unilaterales de las agendas de los partidos. La nominación de candidatos sin lazos reales con sus unidades electorales (distritos, circunscripciones) y la exclusión de la voluntad de los votantes en proyectos de calibre nacional, son indicadores de una política de élites.

Por definición la política de élites es un problema para la democracia. Y desde mi punto de vista la única solución a este problema es por medio de cambios estructurales. Dado que las instituciones determinan el comportamiento de los actores políticos, establecer incentivos donde la clase política requiera inevitablemente responder–al menos parcialmente–a demandas ciudadanas. Ciertamente el mejor de los cambios sería un cambio al sistema electoral. Pero hay varios otras cosas que se pueden hacer que no implican reformas constitucionales.

Para revertir el problema, es imperativo enfocarse en las dos causas–nombradas arriba. La Concertación tiene una buena oportunidad de revertir su tendencia al rechazo al implementar elecciones primarias para seleccionar a su candidato presidencial. Con esto la Concertación manda una señal que sus partidos están coordinados, y en sintonía con la ciudadanía. Si bien la Concertación tiene una tradición de primarias (salvo 2005 cuando Alvear se retiró), debe perfeccionar el mecanismo incorporando la–lenta pero significativa–evolución de preferencias políticas.

La Concertación debe establecer primarias nacionales, semi-abiertas y vinculantes.

  • Nacionales para evitar primarias “arregladas”, como la de 2009 cuando Frei y Gómez compitieron en dos regiones de las quince posibles, y la elección de Frei como candidato fue más bien una nominación de las élites.
  • Semi-abiertas para incorporar la mayor cantidad de demandas ciudadanas posible. Una inscripción de un candidato por cada partido de la Concertación. Además debe haber una invitación a los partido que actualmente no es parte de la coalición, pero que quieran llevar un candidato presidencial (e.g., PRI, PRO, MAS, PC, PH). De modo que los militantes de todos los partidos participantes, y aquellos no inscritos en otros partidos, puedan votar.
  • Vinculantes para darle más legitimidad al proceso. Dado que los partidos más grandes tienen más votantes, tienen una mayor probabilidad de elegir un candidato de sus filas. Pero en el caso que exista un candidato de otro partido que sea mejor en los ojos de los votantes, los partidos de la Concertación deberán aceptar el veredicto. Total, el candidato será el más representativo de un universo mayor de votantes.

En definitiva, establecer primarias entrega dos beneficios a la Concertación. Primero, ayudan a restablecer la conexión democrática entre las élites y los partidos. Esto puede significar revertir sustancialmente la evaluación negativa de la coalición, y solidificar la base de sus prospectivas electorales para 2012 y 2013. Segundo, ayudan a elegir el mejor candidato posible. No incluir a otros partidos, por estar fuera de la Concertación, es un error. La Concertación necesita apuntar a elegir el mejor candidato posible, no al mejor candidato de la Democracia Cristiana o del Partido Radical.

Candidato Presidencial de la Alianza

En una columna publicada el 11.05.2011 en El Mercurio, Gonzalo Rojas implica que el candidato de la Alianza no debe ser electo por primarias:

A la Coalición, los plazos le corren paralelos. Debe gobernar y, al mismo tiempo, debe conseguir que sus seis eventuales candidatos puedan ofrecer un programa que mejore mucho lo presente. Y para que aquéllos se muestren, el mecanismo clave -contrariamente a como lo sugieren algunos dirigentes en ambos partidos oficialistas- no son las primarias.

Continúa la idea, pero denuevo deja en claro que primarias no son necesarias, y que lo mejor para la Alianza es escoger un candidato conocido por la gente:

El tema decisivo es primario también, pero en su sentido más propio: lo primario, lo primero, es que los chilenos sepamos quiénes son realmente las seis personas que podrían alcanzar esa nominación.

Estoy en contra de esta opinión. Precisamente porque creo que son las primarias las que deben ser el mecanismo por el cual se conoce a los candidatos. En mi visión, las primarias impulsan las probabilidades de que una coalición logre elegir a su candidato en la elección. Mientras más coordinada este una coalición, más difícil será ganarle. Las elecciones presidenciales pasadas respaldan esta opinión.

En las elecciones de 2005, por falta de coordinación la Alianza llevó dos candidatos (Joaquín Lavín y Sebastián Piñera) a las elecciones presidenciales. Aunque la suma de sus votos fue suficiente para derrotar a la candidata de la Concertación (Michelle Bachelet) en la primera ronda de las elecciones, la división de la Alianza llevó a la victoria de Bachelet en la segunda vuelta.

Este fue también el caso de las elecciones de 2009, cuando la Concertación decidió anti-democraticamente elegir a su candidato (Eduardo Frei), en lugar de celebrar primarias. (Las primarias en la VI y VII regiones fueron cualquier cosa menos democráticas). Esta decisión causó que dos militantes de la Concertación (Jorge Arrate y Marco Enríquez-Ominami) a abandonar de la Concertación y persiguieran candidaturas propias. Aunque la suma de los votos entre los 3 ex-Concertación eran suficientes para derrotar al candidato de la Alianza (Sebastián Piñera) en la primera ronda de las elecciones, la división llevó a la victoria de Piñera en la segunda vuelta.

En otros países la necesidad de primarias esta asumida. En Estados Unidos el partido Repúblicano y el partido Demócrata celebran primarias en el transcurso de un año precio a la elección definitiva, donde cada parte lleva al menos 7 candidatos de los suyos para debatir entre si. Las primarias son nacionales (y federales: se celebran en cada Estado) y el pre-candidato que gana es proclamado candidato oficial con el respaldo de los candidatos perdedores.

En Argentina las primarias usualmente no ocurrían, por lo que una Ley  aprobada en 2010 estipula que los partidos deben competir en primarias nacionales para poder designar a sus candidatos para las elecciones generales (ver Ley N º 26.571, art. N º 20). Además, los partidos que pretenden fusionarse con otros partidos en coaliciones deberán hacerlo antes de la elección primaria, no después. Si esta ley se habría promulgado para la elección de 2002, el Partido Justicialista (PJ) habría tenido un candidato en lugar de tres (Carlos Menem, Néstor Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá) para la elección presidencial, y seguramente habría arrasado en la primera ronda.

El punto es que las primarias–voluntarias o no–son una forma de maximizar la coordinación dentro de coaliciones (o partidos).  Por un lado el simple hecho de establecer primarias le suben los bonos a las coaliciones. Pero si las élites de una coalición establecen primarias de forma anticipada (antes que se les pida desde abajo),  esa coalición logrará sumar votantes blandos (indecisos, nulos y blancos) antes que lo pueda hacer la coalición opositora. Al involucrar a la gente en la toma de decisiones, las colaciones reparten cuotas de poder que difícilmente serán transables con el otro bando.

En un país donde la clase política que tiene serios problemas de credibilidad, primarias son necesarias. Pero sobre todo para la Alianza, donde el Presidente incumbente ha demostrado que los conflictos de interés tienen repercusiones graves en la opinión pública. Contrario a la opinión de Rojas, pienso que la Alianza tiene mayores probabilidades de reelegirse en La Moneda si abre la posibilidad a que la gente participe en el proceso de toma de decisiones.

Es más, creo que la coalición que establezca primarias nacionales, abiertas y vinculantes tendrá una ventaja sustantiva en la carrera de 2013.