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Aprobación presidencial de Piñera, intención de voto de Matthei

Publicado en La Tercera

A menos de dos semanas de la elección presidencial, Adimark publicó el resultado de la encuesta de evaluación de gobierno de Octubre de 2013. Entre otras cosas, el reporte mensual mostró que el índice de aprobación presidencial de Sebastián Piñera aumentó de 37% a 40%. Es el mes más popular para el presidente desde que alcanzó 41% en Abril de 2011. Junto con el resultado, surgen dos preguntas. La primera pregunta es relativas a los factores tras el alza de su popularidad. Una tesis es que es la bofetada de Piñera a la derecha conservadora al desconocer el legado del gobierno militar. La segunda pregunta es relativa al efecto del alza de la popularidad de Piñera sobre el resultado de la elección presidencial. Una tesis es que tiene un costo directo para la candidatura de Matthei.

Para contestar estas preguntas, es esencial comenzar con un breve recuento de la aprobación presidencial de Piñera desde que asumió el poder en Marzo de 2010. Comparar los índices de aprobación de gobiernos anteriores, y con los de su propio gobierno a través de los meses, sirve para alumbrar tendencias. Comparativamente, Piñera ha sido el presidente menos popular de todos los presidentes. Si se usan los datos del CEP y el CERC desde 1990, la evidencia muestra que es el mandatario que ha obtenido los índices de aprobación más bajos de todos. Ahora bien, durante su gobierno la varianza en popularidad ha sido baja. Si se usan los datos de Adimark desde 2010, la evidencia muestra que en 24 de los últimos 40 meses de su gobierno su aprobación solo varió entre 26% y 38%.

Por lo anterior, un pronóstico que varios habrían aceptado como hecho irrefutable a mediados de su gobierno, habría sido que su aprobación no mejoraría con el paso del tiempo. Contra ese augurio, sin embargo, la aprobación del presidente parece haber mejorado. Sobre todo en los tres meses que anteceden la elección presidencial de Noviembre. Una tesis que puede explicar este alza tardío es relativa al ciclo electoral. Pues, al tomar protagonismo los candidatos, pierde relevancia el presidente. En un contexto donde los candidatos presidenciales son el centro de atención, es probable que la gente sea menos rigurosa con la evaluación de Piñera. Si ésta tesis es real, el alza de la aprobación se explica por un tema de tiempos.

Otra tesis es que el presidente es el principal responsable por las variaciones en su popularidad. A diferencia de la tesis anterior, aquí Piñera tiene un rol protagonista. Dos hechos relacionados entre sí podrían explicar el alza en su aprobación presidencial. El primer hecho fue su rol en instalar el concepto de “cómplices pasivos”; el segundo hecho fue su rol en mover el grupo de militares condenados por violaciones a los derechos humanos del Penal Cordillera al Penal Punta Peuco. Ambos hechos fueron un mazazo para la derecha conservadora, y por lo mismo, ambos hechos pueden haber cambiado la opinión de muchas personas que anteriormente rechazaban la labor del presidente.

Si la segunda tesis es real, o al menos explica una porción importante del alza, la pregunta que sigue es por qué Piñera decidió ir en contra parte integral de la colación política que apoyó su nominación a la presidencia y que conforma buena parte de su coalición legislativa. La respuesta, parece ser, es que Piñera tiene un proyecto propio, diferente al de la coalición de partidos que lo apoyó desde el principio de su gobierno. Ahora bien, la bofetada simbólica a la derecha conservadora necesariamente implica que Piñera tendrá que prescindir de su apoyo en el futuro. Es iluso suponer que quienes defienden el legado militar volverían a nominarlo como candidato.

En algún momento entre su inauguración y agosto de 2013, Piñera parece haber sido seducido por la tentación de fundar una derecha renovada, más joven e independiente, y con valores sustancialmente menos conservadores que los de la camada actual. Lo que Piñera en esencia hizo, es pavimentar el camino para una derecha liberal. El presidente parece haber detectado un nicho para llevar a cabo lo que hasta ahora ha sido solo una amenaza permanente de un puñado de liberales con apetito de poder pero sin vehículo político. Claramente el presidente apunta a una plataforma política para 2017, ya sea liderada por él mismo o por uno de los varios ex militantes de RN que abandonó el barco a medio viaje.

El alza en la aprobación presidencial de Piñera tiene un efecto sobre la intención de voto de Matthei. Al implementar una agenda liberal en medio de una campaña presidencial representada por una candidata proveniente de un partido conservador, el presidente inevitablemente distorsiona la percepción de unidad en el sector. Es prácticamente imposible que el presidente implemente una agenda liberal desde La Moneda, y que la candidatura presidencial conservadora de su sector no sufra repercusiones. En términos empíricos es posible ver cómo ha aumentado la aprobación presidencial de Piñera a medida que han bajado el índice de intención de voto de Matthei. Una asociación que probablemente contenga más causalidad que correlación.

La crisis de la derecha

Publicado en La Tercera

La derecha se encuentra enfrascada en una intensa lucha de poder desde el enredado proceso de nominación de su candidato presidencial. La bajada de Longueira causó un quiebre entre RN y la UDI que aun no se ha reparado. La coalición se ha debilitado aun más desde que uno de los partidos decidió emplazar al gobierno a través de los medios. La coalición se dividió entre los que justifican la dictadura y los que aceptan y asignan responsabilidades. Una consecuencia del mal clima ha sido la inhabilidad de la Alianza para posicionar a su candidata presidencial. Las encuestas muestran que Matthei está más cerca de obtener un tercer lugar que de obtener un primer lugar. Como si lo anterior no bastará, la coalición arriesga perder el control del status quo en las elecciones legislativas concurrentes. Si la Nueva Mayoría consigue suficientes doblajes puede prescindir de la derecha para llevar a cabo reformas constitucionales.

La bajada de Longueira fue lo que catalizó la crisis. El vació de poder que dejó el ex-Ministro de Economía cuando depuso su candidatura causó una disputa entre las cúpulas de RN y la UDI por nominar al candidato presidencial. Las relaciones entre ambos se cortaron tras la reacción rápida de la UDI para reivindicar el cupo y la respuesta lenta de Allamand para descartar su intención. En total, pasaron 22 días entre que la directiva de la UDI nombró a Matthei (20 de Julio) y el Consejo General de RN la ratificó (11 de Agosto). El largo lapso de tiempo no solo sirvió para finalmente nominar al candidato presidencial, sino que además para separar aguas en la coalición. Las diferencias coyunturales se volvieron programáticas. Entre ellas, una de las más notorias fue la participación activa de RN en un proyecto de ley de reforma electoral (tradicionalmente resistido por la UDI), patrocinado por Carlos Larraín, entre otros senadores del partido.

Lo anterior sembró terreno fértil para que frente a dos provocaciones de Piñera estallará la crisis. La primera fueron los dichos sobre “cómplices pasivos”; la segunda fue la decisión de cerrar el Penal Cordillera. Ambas provocaciones fueron serias para el sector más conservador de la derecha, dado que indirectamente representaron un mea culpas. Desde el retorno a la democracia nunca hubo una auto critica tan manifiesta de parte del sector. Es probable, incluso, que hasta hace tan solo un año atrás, RN y la UDI se hubiesen unido para disipar dudas sobre su irrestricto apoyo al régimen militar. Pero la simpleza con que Piñera decidió acusar a personeros políticos de su sector de ser “cómplices pasivos” y luego cerrar el penal Cordillera es evidencia que el otrora clima de unidad no va más. Mientras que RN se alineó con Piñera, la UDI tomó una postura critica.

Dado el clima interno de la Alianza, no sorprende que la candidata presidencial no tome impulso. Matthei llega a representar a la coalición en su peor momento desde 1989. Algunas encuestas sugieren que es probable que por primera vez el candidato presidencial de la derecha reciba una votación inferior al 20% en la primera vuelta. Otras encuestas sugieren que es probable que por primera vez el candidato presidencial de la derecha llegue en el tercer lugar. Cualquiera de los dos escenarios coronaría la crisis de la derecha. Si la intención de voto de Matthei no toma un impulso importante pronto, la Alianza tendrá que enfrentar el escenario de ver una segunda vuelta en el cual ninguno de los dos candidatos pertenezca a su sector. Hoy, Matthei lleva el mismo tiempo en campaña que lo que falta para la elección presidencial. El tiempo se acaba y todo indica que falta bastante para asegurar un segundo lugar en la primera vuelta.

Perder la elección presidencial no es grave. Hasta el momento la Alianza ha perdido 4 de 5 elecciones presidenciales y sigue siendo la segunda fuerza electoral del país. Perder una presidencial no es grave por sí solo. Candidatos pueden perder elecciones y ganarlas después (Piñera) o ganar elecciones y volver al poder (Bachelet). Lo grave sería perder la elección presidencial en conjunto con la elección legislativa concurrente. Si el apoyo de Matthei se mantiene en el nivel actual, es probable que su lista de candidatos a la diputado y senador tampoco levante cabeza. Esto significa que la Alianza podría perder el control de vetar a su contraparte en el Congreso. Si la derecha no logra alcanzar al menos 3/7 de la Cámara (53 diputados de 120) y 3/7 del Senado (17 senadores de 38) podría perder su influencia sobre el sistema político. Lo anterior sería el peor de los escenarios posibles.

La derecha debe reagruparse para salir de la crisis. Independiente de quién sea el candidato presidencial del sector, ambos partidos políticos deben trabajar por la misma causa. Aun cuando sigue vigente una enorme división — en un  tema tan complejo como la posición de RN y la UDI frente a las responsabilidades del gobierno militar — deben dejar las rencillas atrás. Perder la elección presidencial por una paliza en las urnas tras su primer y único gobierno desde la transición no es un buen augurio. Pero perder la elección legislativa por un margen calificado para hacer cambios constitucionales podría ser lapidario en el corto plazo. En lo que queda de campaña, RN y la UDI deben enfocarse más en los temas que los unen que en los temas que los separan. Y aunque sea difícil, deben unirse tras Piñera, que en contra de todo pronóstico, parece ser la mejor esperanza para contrarrestar la ofensiva de Bachelet.

La repostulación de Piñera

Publicado en La Tercera

Uno de los temas más delicados que pesa sobre la historia de los chilenos, especialmente en estos días, es la asignación de responsabilidades sobre lo que ocurrió la fatídica mañana del 11 de septiembre de 1973 y las casi dos décadas consiguientes. Para un sector, es responsabilidad del Presidente que gobernó de forma imprudente en un sistema político altamente fragmentado. Para otro sector, es responsabilidad del General que comandó de forma autoritaria en un régimen particularmente represivo. Aunque sea probable que ambos sectores nunca converjan en una conclusión sobre las responsabilidades, las últimas semanas han sorprendido a muchos. Senadores de ambos sectores se han adjudicado responsabilidades, ya sea por sus omisiones o negligencias.

Desde el retorno a la democracia, ningún sector ha admitido una responsabilidad personal en la debacle de la democracia. Mucho menos personas popularmente electas. A 40 años del golpe militar y a 24 de la transición democrática, la tradición ha sido mantener el silencio desde sus respectivas trincheras. Solo en algunas ocasiones, contadas con los dedos de las manos, hubo negociaciones en que ambos sectores estuvieron de acuerdo. Pero aun en aquellas ocasiones sería difícil sostener que el acuerdo benefició a uno por sobre el otro. Las reformas constitucionales de 2005 que eliminaron algunos enclaves autoritarios mantuvieron el status-quo — eliminaron los senadores designados, pero subieron el quórum para hacer reformas electorales adicionales.

Tal vez el hecho más novedoso e inesperado de las últimas semanas vino desde La Moneda. El Presidente Piñera — que sostiene haber votado por el NO en el plebiscito de 1988 — fue un poco más lejos de lo normal y declaró que “hubo muchos que fueron cómplices pasivos: que sabían y no hicieron nada o no quisieron saber”, refiriendo primordialmente a personas de su sector. Un pequeño pero importante gesto, por al menos dos razones. Primero, y a nivel institucional, porque muestra que el poder ejecutivo sigue estando comprometido con los derechos humanos, independiente de su tinte político. Segundo, y a nivel personal, porque sugiere que el Presidente está dispuesto a identificar responsables, independiente de su militancia política.

La declaración de Piñera está en sincronía con el sentimiento de la gran mayoría de los chilenos. Según la encuestadora Latinobarómetro el apoyo a la democracia y el rechazo a la dictadura se ha intensificado sistemáticamente desde la transición. Cada año ha aumentado la proporción de personas que está comprometida con la democracia y que resiste la dictadura. En 1995, 52,2% de los chilenos declaró que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”, y el 18,5% sostuvo que “en algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible”. En 2000, este índice fue de 53,5% y 17,3%, respectivamente; en 2005, fue de 58,8% y 10,7%, respectivamente; y en 2010, fue de 62,8% y 11,1%, respectivamente.

En ese marco, muchos interpretan la declaración de Piñera como una auténtica intención de sanar heridas del pasado. Consideran que reconocer que hay una responsabilidad directa de quienes ostentaron el poder — y el monopolio de la fuerza — durante los años del gobierno militar, representa un avance significativo para la reconstrucción de la democracia. Piñera bien podría haber guardado silencio y no haberse manifestado tan explícitamente contra quienes callaron u omitieron durante la época más cruda del país. Especialmente considerando que la gran mayoría de quienes apoyaron su nominación como candidato presidencial y conforman parte de su gobierno son aquellos que justifican, de una u otra forma, la dictadura.

Otros interpretan su declaración como una estrategia política para postergar, hasta olvidar, la resolución del problema. Consideran que el gesto, aun siendo un aporte al debate, no tiene consecuencias tangibles en la búsqueda de verdad y justicia para quienes se llevaron la peor parte de la dictadura. Por el contrario, sienten que su declaración no es más que una cuña que daría cualquier presidente indirectamente asociado con la dictadura (por el simple hecho de pertenecer al sector político que avaló el régimen) si no tiene una real intención de buscar una solución. Argumentan que lo significativo habría sido activamente emplazar a los “cómplices pasivos” a dar un paso al frente y admitir su responsabilidad tanto en el golpe como en los años que lo siguieron.

Cualquiera sea la razón que el Presidente tuvo para emitir la declaración, y dejando de lado las lecturas más obvias y sensibles, lo cierto es que constituye un paso importante para su repostulación. Si bien sus palabras implícitamente invitan a revaluar responsabilidades del pasado, también fijan un requisito clave para representar a la gran mayoría de los chilenos en el futuro. Considerando la tendencia de apoyo a la democracia y rechazo a la dictadura, es cada vez más inconcebible que un candidato presidencial que apoyó la permanencia en el poder de Augusto Pinochet en 1988 sea electo. En ese escenario, es inevitable pensar que Piñera quedará en una posición preferencial para conseguir la nominación presidencial de la derecha en la elección de 2017.