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Si no les puedes ganar, confúndelos

Publicado en La Tercera

La última cuenta pública del segundo cuatrienio de Bachelet puede resumirse como un mar de logros y promesas difícil de poner en contexto. La larga lista de proyectos de ley aprobados en el último año, pero también en los tres anteriores, y de mensajes que se enviarán este año aparentemente entablan al gobierno como uno satisfecho de haber hecho la pega. Entre la batería de índices y porcentajes queda la sensación de que contra todo pronóstico el gobierno cumplirá con sus promesas de campaña antes de su salida.

Pero esta evaluación parcial auto-complaciente no solo es engañosa, pero es errónea. Muchas de las promesas que se presentaron como cumplidas ni siquiera fueron reportadas hace un año como promesas. Lo anterior naturalmente sugiere que fueron improvisadas para artificialmente incrementar el porcentaje total de cumplimiento. Pero incluso si fueran consideradas como promesas, a juicio de algunos expertos, que se dedican a medir porcentajes de cumplimiento, el gobierno igualmente estuvo significativamente lejos de cumplir con cabalidad.

Este último punto es relevante, dado que para muchos el éxito de un gobierno se mide en el porcentaje de promesas cumplidas. Pero rara vez se ponderan las promesas por su importancia e impacto en la sociedad. Cumplir 50 promesas de proyectos de ley que pasan con mayoría simple, es bastante más fácil que cumplir dos promesas de proyectos de ley que solo pasan con quórum calificado. Esto parce ser lo que explica por qué Bachelet ignoró por completo algunas de sus promesas más emblemáticas.

Un ejemplo de un proyecto de ley que necesita quórum calificado, y es a su vez una promesa emblemática, es la promesa de una nueva Constitución. Si bien Bachelet mencionó que enviará un nuevo texto constitucional para ser aprobado en el Congreso antes de fin de año, aún quedan muchas dudas sobre cuál será el proceso, y qué tan ciudadano será si se hace por medio de una convención constituyente. Mencionar de forma tan breve y tangencial el proyecto más emblemático de su gobierno es por lo bajo lamentable.

Gran parte de la retórica de la campaña de Bachelet y la Nueva Mayoría en 2013 se hizo en base a una nueva Constitución. De hecho, la gran base de sus votantes la prefirieron a ella porque era el camino más seguro para conseguir ese texto. Hoy, en un contexto político completamente presidencializado, en el cual además el oficialismo se encuentra desintegrado, es seguro decir que esa es una de las promesas que no se cumplirá antes del final del cuatrienio. Sin duda un hecho que pone en duda la capacidad política del gobierno.

Quizás una buena alternativa, más que resumir logros y hacer promesas, habría sido usar la cuenta pública para diseñar una agenda de continuidad al legado de la Nueva Mayoría. En particular habría sido importante pasar el bastón progresista que sostiene la promesa de una nueva Constitución a un candidato que asegure la continuidad. Aunque Bachelet manifestó un tenue apoyo a la línea política progresista, fue una remembranza del poco apoyo que le entregó a Frei en 2009, y un presagio del poco apoyo que le entregará a Guillier en 2017.

Fue una cuenta pública hecha para los votantes de la Nueva Mayoría. Los logros y promesas contrastan bruscamente con los índices de aprobación. Muchos se preguntarán de qué sirven todos los índices y porcentajes presentados por la Presidenta si la gente no aprueba del trabajo del gobierno. En efecto, a ratos parecía que Bachelet entró al discurso sabiendo que una comparación rigurosa con sus promesas originales sería un fracaso, por lo cual decidió confundir a su audiencia con una larga lista de números desconetxtualizados.

 

Lo anterior no implica que el segundo gobierno de Bachelet es un mal gobierno–de hecho, ese balance solo se podrá hacer luego de que se bajen las cortinas en marzo de 2018 o incluso años después de eso. Pero lo que sí implica es que el gobierno tomó un rumbo distinto al propuesto en 2013. Todo indica que las grandes reformas ya ocurrieron, y lo que se hará en lo que queda del periodo serán solo reformitas. Quizás por eso habría sido mejor enfocarse más en la continuidad de sus promesas en el próximo gobierno que en celebrar victorias parciales.

Goic se va caer

Goic se va caer. Hay al menos tres razones que respaldan esta hipótesis:

  1. El bajo apoyo en las encuestas
  2. La poca convicción de la candidata
  3. La división de la DC

La Senadora entró a la carrera a mediados de marzo. Una semana después apareció por primera vez en las encuestas con un escuálido 1%. Desde entonces no ha aumentado significativamente. No ha logrado obtener más de 3% en ninguna encuesta. Si algo hemos aprendido en este ciclo electoral es que estas mediciones están jugando un rol preponderante y decisivo en la consolidación de candidaturas (si no me creen, pregúntele a Lagos).

Otra razón para que la Senadora desista de su aspiración presidencial, es la falta apoyo interno. Por ejemplo, recientemente manifestó estar en contra de la decisión del Comité de Ética y del Tribunal Supremo de la DC de permitir la re-postulación de Rincón, y acto seguido le cayeron encima una serie de criticas de diputados (Flores, León, Lorenzini, Ojeda, Silber, Walker). Dudo  que quiera repetir la mala experiencia de Orrego.

Por último y como tercera razón está la división de la DC, entre progresistas y gradualistas, donde los primeros quieren permanecer en la Nueva Mayoría y los segundos se quieren ir. Recientes declaraciones de Pizarro y Aylwin (respectivamente) son evidencia de que un quiebre es es posible. Mi intuición es que si Goic debe declinar la candidatura para preservar la unidad de la DC, lo hará.

 

Un balance negativo

Publicado en La Tercera

Hace tres años comenzaba el segundo gobierno de Bachelet. Para los partidarios de la coalición oficialista vendría el mejor cuatrienio desde el retorno a la democracia. Las reformas estructurales por fin parecían responder a las demandas de una izquierda que había sido opacada por los gobiernos de tercera vía de la Concertación y omitida por el gobierno liberal de Piñera. Y por casi un año esa esperanza se mantuvo intacta. La aprobación de la reforma tributaria, la reforma educacional, y la reforma electoral anunciaban que todo lo que vendría sería oro. El predicamento del ex ministro Pacheco a fines de Enero de 2015 lo confirmaba, cuando al inaugurar el nuevo huso de horario sarcásticamente declaró verano para siempre.

Pero no todo lo que brilla es oro. A comienzos de Febrero estalló el caso Caval. En retrospectiva, el punto de no retorno, pues sería el momento exacto en el cual el gobierno perdería el control de la agenda política. Junto al caso Caval, los casos Penta, SQM y algunos otros escándalos tangenciales aportarían, en un marco más amplio, al deterioro de la clase política. Mientras que el caso Caval le pegaría directamente a la popularidad de la Bachelet, el resto de los casos judiciales y escándalos políticos le pegarían directamente a la popularidad del gobierno y el Congreso. Al final del primer año del cuatrienio ya se formaba una tormenta perfecta lista para azotar a una clase política que a todas luces parecía no estar preparada.

Algunas cifras pueden ayudar a contextualizar la dramática caída de la Presidenta como consecuencia directa del caso Caval. Como referencia, antes del escándalo, y durante el primer año de gobierno, la aprobación presidencial fluctuó entre 60% y 40%, alcanzando 44% en el Enero de Pacheco. En el mes de Caval, Febrero, la aprobación de la Presidenta cayó bajó 40%, y solo un mes después, en Marzo de 2015, cayó a 31%–el desplome más estrepitoso en la historia de la encuesta. Dos meses después, en Mayo de 2015, la aprobación presidencial caería bajo el 30%. Eventualmente llegaría a caer bajo el 20%, fijando otro récord, al llegar al punto más bajo registrado por la encuesta desde su estreno en 2006.

A la clase política no le fue mejor. Los números muestran que el gobierno se hundió junto a su Presidenta. En el mes de Caval la aprobación del gobierno rápidamente cayó bajo el 40%, y en el mes siguiente, Marzo, bajó del 30%. Desde entonces ha fluctuado entre 23% y 17%. A su vez, la confianza en el poder legislativo también cayó significativamente. Los números son claros en mostrar que nunca antes el Senado y la Cámara de Diputados habían estado tan seriamente cuestionados. Si bien las instituciones políticas siempre han estado bajo un escrutinio público riguroso, fue en este cuatrienio, en este contexto político, en el cual tocaron fondo. Hoy tienen poco espacio para seguir cayendo.

Si los números fueran abstractos, las tendencias se podrían interpretar como caprichos de los ciudadanos. Pero la debacle ha tenido un efecto político notorio. Desde Febrero de 2015 que el gobierno y el Congreso no han logrado pasar reformas significativas. La caída en la popularidad de la Presidenta conllevó a un fraccionamiento de su coalición, impidiéndole controlar su mayoría legislativa. En el escenario contra-factual donde los casos mencionados arriba no ocurrieron, es probable que Bachelet habría mantenido su popularidad entre 60% y 40%, y desde allí podría haber comandado a su gobierno a buen puerto. Pero la reacción tardía, la mala gestión y los errores no-forzados le jugaron en contra.

Si bien los casos de financiamiento irregular fueron claves en hundir a la clase política, hubo una serie de momentos en que la Presidenta pudo tomar el timón y conducir a su gobierno lejos del iceberg. Pero ignoró todas las señales. Mencionar cada una de las omisiones amerita su propio espacio, pero se pueden mencionar algunas oportunidades perdidas a modo de ejemplo. Como haberle pedido la renuncia a su hijo el primer día del escándalo, antes de darle el lujo de dimitir desde La Moneda. O revisar con mayor detalle el currículum de sus ministros y subsecretarios, previo a sus nombramientos. O incluso haberlos removido a tiempo, antes de que se volvieran lastres.

El balance parcial del cuatrienio es negativo. Los presidentes se eligen para cumplir programas. Los gobiernos y los legisladores los acompañan para producir resultados. De los tres años en el poder, solo el primero fue bueno. Los otros dos se han caracterizado por una mezquindad política inédita, llenos de malas decisiones, poca colaboración, rencillas, juicios, destituciones, desafueros y abandonos. Si bien el contexto político ha presentado una serie de problemas nunca antes vistos, la reacción de las autoridades elegidas no ha estado a la altura para darle soluciones. La escasa autocritica y acción de la clase política es evidencia de aquello. Quizás por eso algunos partidos podrían de dejar de existir al no conseguir las firmas necesarias para el refichaje.

Un rayo de esperanza ilumina el último año del cuatrienio. Muchas de las críticas que hasta ahora se concentraban en la Presidenta se trasladarán a los candidatos presidenciales. Habrá menos tiempo para criticar al alicaído gobierno y más tiempo para comentar el incipiente ciclo electoral. La prioridad estará en mirar a quiénes compiten por el próximo mandato. Paradojalmente eso le podría dar la oportunidad al gobierno de completar algunas de sus promesas. Quizás lo que el gobierno necesita para actuar es precisamente esa descompresión. Esto podría ser positivo siempre y cuando no sigan los torpes tropiezos que hasta ahora han caracterizado la gestión de la Presidenta.

Una carrera de dos caballos

Publicado en La Tercera

La última encuesta CEP muestra que la próxima elección presidencial será una carrera de dos caballos: Piñera y Guillier. La encuesta muestra que ambos suben en su intención de voto, y que el resto de los candidatos se estanca. La encuesta también muestra que la suma del alza de puntos entre Piñera y Guillier se asimila al porcentaje que abandona la categoría de no sabe/no responde. Es decir, Piñera y Guillier lograron convencer a una importante proporción de personas que antes no tenían un compromiso, mientras que el resto no convenció a nadie.

La CEP es reconocida como una encuesta que genera efectos políticos importantes. Tradicionalmente se le ha considerado como la instancia que hace o deshace candidaturas presidenciales. Probablemente por eso los candidatos se mueven tanto durante el trabajo de campo de la encuesta. Basta ver el aumento en el número de entrevistas, confesiones personales, y visitas a poblaciones olvidadas que hacen los candidatos en ese marco de tiempo para comprobar su influencia.

El último trabajo de terreno de la CEP no fue la excepción. Todos los candidatos relevantes se desplegaron para mostrar lo mejor de sí. Piñera, Guillier, Lagos y Ossandón todos dieron múltiples entrevistas en profundidad a los principales medios del país esperando obtener una recepción positiva en la ciudadanía. Solo ocurrió con los dos primeros. Los dos segundos se estacaron. Por eso la encuesta es tan lapidaria: muestra el resultado cuándo los candidatos se la jugaron con todo para aumentar su intención de voto.

Además, es relevante mencionar que otras encuestas son consistentes con la CEP. Para aquellos que reniegan de la veracidad y honestidad intelectual tras ésta encuesta, pueden pasar a mirar los resultados de otras tres encuestas que se hicieron en el mismo periodo de tiempo (Adimark, Cadem, y Cerc-Mori) solo para ver que muestran exactamente lo mismo: un aumento en el apoyo a los dos principales candidatos a costa del resto. Cuando la evidencia es consistente en esta dirección y magnitud necesariamente debe ser real.

Ahora es tiempo de definiciones. Será fácil para los dos que van arriba, pero no para el resto. Piñera y Guillier no tienen mucho que hacer. De hecho es recomendable no hacer nada cuando todo va viento en popa. Pero Lagos y Ossandón deberán reconsiderar las prospectivas de seguir en carrera. En particular deben pensar si su presencia en los medios es útil para sus propias ambiciones políticas y para las de sus propios sectores políticos. Mi intuición es que hacen más daño que bien al permanecer en carrera.

Lagos se tiene que bajar. Está comprobado que no aumenta en las encuestas. En el último año no ha logrado superarse. Consistentemente obtiene menos de 10% de apoyo, probablemente votantes duros, pero fácilmente absorbibles en un electorado volátil y heterogéneo. Permanecer en la carrera solo daña su propio legado y las prospectivas de poder de su coalición. No solo podría ser despachado vergonzosamente en primarias pero podría dividir a su sector en una forma similar a Enríquez-Ominami en 2009.

Ossandón tiene un poco más de espacio para actuar. Fue recién elegido senador en 2013, y estará vigente hasta al menos 2022. Si bien esta no es su única oportunidad para brillar, podría ocupar las luces para pavimentar el camino. Debe considerar el costo personal que implica pelear directamente con Piñera y si es más útil para su sector que se sume al barco ganador. Todo indica que es este no es su año, y que le conviene eventualmente negociar con Piñera para asegurar su cupo más adelante y apoyar a la mejor carta de la derecha.

El estado de la carrera presidencial

Publicado en La Tercera

El día después de las elecciones municipales se desató la carrera presidencial. El escenario se intensificó con el comienzo del trabajo en terreno de la encuesta CEP, la bola de cristal para muchos candidatos. Varios de los que a estaban en carrera se empezaron a mover más, y varios de los que no se habían manifestado sinceraron su intención de estar en la papeleta. Es en este marco que es útil hacer un resumen de las posiciones en que corren los principales candidatos, además de mencionar algunas de sus principales fortalezas y debilidades.

Sebastián Piñera es quien lleva la delantera. Desde hace varios meses obtiene el doble de la intención de voto que la de su adversario más cercano. Alejandro Guillier está en el segundo lugar. Es la sorpresa de la carrera, considerando que a principios de este año no marcaba en las encuestas. Ricardo Lagos y Manuel José Ossandón disputan el tercer lugar codo a codo. Si bien el expresidente comenzó la carrera con mejor índice, de a poco se ha ido quedando atrás. Por su parte el Senador independiente, solo recientemente mostró avances significativos.

En un lejano quinto lugar se encuentran, irónicamente, el veterano Marco Enríquez-Ominami y el novato José Miguel Insulza. En este quinto lugar, además, se encuentran una serie de otros candidatos de relevo de las dos grandes coaliciones, empatados en un margen de error que incluye el cero de por medio. Entre ellos se encuentran los de Chile Vamos: Andrés Allamand, Francisco Chahuán, Alberto Espina, y Felipe Kast; y los de la Nueva Mayoría: Fernando Atria, y Jorge Tarud. También están los independientes Marcel Claude y José Antonio Kast.

En lo que resta de la carrera pueden pasar muchas cosas. Pero hay una que destaca como la más plausible: que los candidatos fuertes se aferren y los candidatos débiles se caigan. En este escenario los primeros cuatro corren con ventaja. Naturalmente, lo más lógico es que avancen los más fuertes: Piñera y Guillier. De hecho, esa es precisamente la tendencia que muestran las últimas encuestas: un acercamiento entre ambos a costa de los demás candidatos. Es decir, a medida que se acerca la elección la suma de apoyo para Piñera y Guillier incrementa.

El apoyo a Piñera se explica por un par de motivos. Primero, porque se perfila como un candidato con currículo. En su calidad de expresidente no debe pasar el colador de experiencia que los chilenos implícitamente le exigen a los candidatos. No por nada en todas las elecciones desde 2005 son los expresidentes o ex candidatos presidenciales los que dominan en las urnas. Pero además porque se plantea como una antítesis al actual gobierno. Ofrece resultados inmediatos en áreas que parecen estar desamparadas, como la economía o la seguridad.

El apoyo de Guillier se explica por otras razones. A diferencia de Piñera, no es un candidato tradicional, y por lo mismo recibe el apoyo de personas que sienten que los políticos tradicionales no logran dar con soluciones. En ese sentido, Guillier representa una porción no menor de personas que busca abrir un canal directo con el líder, sin necesariamente pasar por los partidos políticos. Su estilo de liderazgo se ha reforzado con su táctica de silencio, de intervenir en el debate solo cuando es estrictamente necesario.

Lagos y Ossandón son la antítesis de Guillier y Lagos, respectivamente. Lagos no crece a costa de Guillier precisamente porque es un político tradicional, y Ossandón no logra amenazar a Piñera porque no logra plantear una agenda política suficientemente clara. Si Lagos no comienza a innovar y separarse de la clase política, difícilmente podrá apelar a quienes hoy día apoyan a Guillier. A su vez, si Ossandón no logra registrar un programa de cuatro o cinco punto muy claros, tampoco podrá aspirar a desbancar a Piñera.

Si bien Piñera y Guillier corren con ventaja, hay una luz de esperanza para Lagos y Ossandón, visible en su cambio de estrategia en las últimas semanas. Por su parte Lagos ha abierto su candidatura a los medios, mostrándose más abierto que nunca antes, y dispuesto a conversar de forma más directa con la prensa menos tradicional sobre temas más sensibles. A su vez, Ossandón ha logrado conectar con un par de puntos al inaugurar su controversial agenda antinmigración. Esto le podría servir para ser finalmente detectado en el radar nacional.

Sobre el resto de los candidatos, aún hay poco. Principalmente porque la gente no los conoce, y como tal no han podido irrumpir en los medios con igual fuerza que los cuatro favoritos. Quizás con la excepción de Enríquez-Ominami e Insulza, la gente aún no sabe quiénes son y por ende no entienden el afán de sus candidaturas. Por lo mismo, la tarea de este grupo es incrementar su nivel de conocimiento. Esto podría desembocar en una serie de propuestas populistas, pero es la única manera de concretar su aspiración.

Muchos dicen que la encuesta CEP será la que sepultará o potenciará a los candidatos. Al menos es lo que ha pasado a esta altura en varios ciclos electorales anteriores. Y es probable que suceda una vez más. El rendimiento en la encuesta manda una potente señal a los inversionistas. Y dado que no se puede hacer una campaña sin plata, algunos tendrán que tomar decisiones. Para quienes muestren un aumento, será recién el primer gran paso. Podrán usar el avance para conseguir financiamiento y usarlo en los medios, que de seguro les darán mayor cobertura.

Si Piñera y Guillier se mantienen en la punta, con índices similares a los que han tenido hasta ahora, es probable que lleguen hasta el final. Si por el contario bajan en su intención de voto, se apretará la carrera, dándole mayor posibilidad a Lagos y Ossandón de intervenir, sujeto a que ellos también muestren un avance en su intención de voto. Solo si bajan los cuatro grandes candidatos podrán entrar la banca. Si bien es improbable, es posible. Lo cierto es que la última encuesta del año será relevante para todos quienes están en la carrera.

La contraofensiva de los gradualistas

Publicado en El Mostrador

En la última semana Andrés Zaldívar, Edmundo Pérez Yoma, Belisario Velasco y Jorge Burgos han usado los medios para criticar a la Presidenta y al Gobierno. No es casualidad que todos ellos sean ex ministros del Interior y militantes de la Democracia Cristiana. Por una parte, son todos los que pueden hablar, pues Rodrigo Peñailillo está desaparecido en acción y Mario Fernández está en ejercicio. Pero, además, todos ellos representan al partido que se ha mostrado más incómodo en el Gobierno.

Ahora bien, la pregunta es por qué hablan ahora y cuál es el objetivo de hacerlo. A mi modo de ver, la estrategia de los ex jefes de gabinete parece ser clara y divisible en dos partes: una que busca revitalizar el espacio gradualista en la centroizquierda, y otra que busca maximizar la probabilidad de llevar un candidato propio como abanderado único en la próxima elección presidencial. La primera tiene que ver con revivir a la Concertación, y la segunda con tener que izar un referente de ella como candidato.

Todo comenzó en la primera parte del Gobierno de Bachelet, cuando los sectores más conservadores de la Nueva Mayoría, particularmente la DC, se comenzaron a preocupar con la velocidad con que las reformas comenzaron a ser aprobadas; notoriamente la tributaria, la educacional y la electoral. Si bien en un inicio ellos mismos habían apoyado las reformas, a poco andar se dieron cuenta de que eran demasiado drásticas para su gusto. Como respuesta activaron un plan de ataque con el objetivo de revivir la gradualidad que exitosamente encarnó la Concertación por dos décadas.

Al poco andar, sin embargo, el Gobierno se encontró con otro problema. Tras solo un año en el cargo, el líder político de los gradualistas renunció. La salida de Burgos anunció una nueva tormenta. Pero esta vez los problemas no vendrían por razones ideológicas o económicas, sino por razones políticas. La salida de Burgos se explica por su falta de voluntad para coordinar una coalición de Gobierno que reúne a dos partidos extremos y centrífugos bajo el mismo techo. Burgos usó la renuncia para hacer un punto político.El ataque dio resultados. Bachelet removió a tres de sus cuatro mosqueteros progresistas y los reemplazó con conocidos gradualistas. Entre ellos destacó la entrada de Burgos y Valdés y la salida de Peñailillo y Arenas. Bajo el lema “realismo sin renuncia”, Bachelet les mandó una señal al sistema político y los mercados financieros. Les dijo que el Gobierno aflojaría el tranco. El cambio de gabinete recibió el visto bueno de varios políticos de primera línea y el beneplácito del empresariado. La victoria de los gradualistas le sirvió al Gobierno para estabilizarse.

Esta última contraofensiva de los gradualistas tuvo como objeto subrayar que el Gobierno es demasiado progresista para el país y que hay otras alternativas mejores. Las recientes entrevistas de Lagos y Burgos a dos medios distintos de circulación nacional son cualquier cosa menos improvisadas. Se dan tras una serie de reuniones entre ambos y apuntan a solo una cosa: reconquistar el espacio de centroizquierda gradualista que, a su modo de ver, le dio tantos frutos al país. La idea de ellos es capitalizar sobre el mal desempeño de Bachelet. Mientras peor le vaya a la Presidenta, mejor les va ir a ellos.

Mientras Bachelet siga tropezando con pequeñas decisiones políticas y no logré reactivar la economía, los únicos beneficiados serán los gradualistas. El contraste será nítido. Buscarán hacer contrapuntos en temas tan mundanos como profesionalismo político y estabilidad económica. Su cálculo es que, con los progresistas en el suelo, ellos serán la única alternativa viable para reencarrilar al país. Obviamente vendrá con el gancho de que uno de ellos será el que tendrá que estar a la cabeza de la tarea. Hasta ahora es Lagos. Pero en caso de emergencia hay una larga lista de disponibles, comenzando por el propio Burgos.

Nada garantiza el éxito de los gradualistas. Hasta ahora corren con ventaja porque su máximo exponente figura arriba en las encuestas y es quien mejor se compara con el principal referente de la oposición. Pero queda tiempo todavía. Los gradualistas aún tienen que probarse en un par de áreas. Por ejemplo, tienen que mostrar que pueden integrar tanto las reformas que están en curso, como la reforma constitucional, como incorporar las nuevas demandas sociales, como la reforma previsional.

El contrataque gradualista solo tendrá éxito si Bachelet no logra repuntar. No es posible garantizar el éxito del Gobierno y de los gradualistas a la vez. Por eso, los gradualistas deben estar dispuestos a quemar parte de la nave para salvarla. Algo que le podrá parecer contraintuitivo a algunos, pero lejos de ser una novedad en política. Los gradualistas deberán proceder con suficiente cautela para no alienar a los progresistas, que finalmente serán los encargados de decidir la elección si la coalición de centroizquierda llega dividida.

El dilema del ministro sin alternativa

Publicado en La Segunda

La reforma previsional está madrugando. Es el tema del momento. Sin embargo, quedan muchas dudas sobre el curso que tomará. No hay ni un liderazgo claro ni una propuesta concreta para reemplazar el actual sistema de AFP.

Aunque Luis Mesina se ha asomado como el principal agente tras la demanda popular, el foco de atención más importante está puesto en la clase política. La pregunta es quién va tomar el tema. Entre las variadas alternativas que ofrece la fauna nacional, destaca el esfuerzo de la bancada legislativa de la DC.

Pero además de la DC, pocos se han acercado. Razones sobran. Primero, porque la clase política están cuestionada. Hoy, mostrarse como defensor del pueblo es ser hipócrita. Otra razón es que buena parte de los políticos están de acuerdo con las AFP. No sufren las mismas consecuencias que los chilenos de a pie.

Uno que debe tomar la batuta es el Ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés. Como titular del gobierno de turno y jefe de las arcas fiscales, no lo puede ignorar. No será fácil. Hasta ahora, la única solución a los problemas inducidos por las AFP parecen ser una inyección de platas púbicas.

Sin embargo, Valdés ha repetido hasta el cansancio que no es posible. Ya desestimó la idea de hacer una segunda reforma tributaria para resolver los problemas de la reforma educacional. Y ya dejó entrever que es imposible conseguir recursos adicionales para pasar a un sistema mixto o de reparto en el corto plazo.

El desafío de Valdés es tomar el tema y proponer soluciones. Debe al menos insistir en instalar una mesa de dialogo. Debe mostrar que el gobierno escucha a la gente, y que a pesar de las complejidades, siempre existen soluciones. Con una presidenta abatida y un gobierno alicaído, cerrarle la puerta en la cara a la gente no es una alternativa.

La ruta de la reforma previsional

Publicado en El Dínamo

rprevisional

Hace pocos días casi un millón de personas se movilizaron en cuarenta ciudades para pedir una reforma al sistema previsional. Bajo el lema No Mas AFPs, la marcha unió a personas mayoritariamente de clase media y baja de todos los colores políticos para terminar con un sistema de pensiones catalogado como injusto e ilegitimo.

La marcha despierta memorias de la movilización estudiantil de 2011. En ese segundo año del gobierno de Piñera los estudiantes se unieron para pedir un cambio al sistema educacional. Después de un par de meses de marchas de alcance nacional la demanda se transformó en una propuesta clara y concisa de política pública.

Hoy las marchas por una reforma previsional se encuentran en un estado incipiente, pero es probable que avancen hacia una propuesta política pública, tal como lo hicieron las demandas de las movilizaciones por la educación. Pero para ello se deben dar al menos dos condiciones. Primero, un líder que lleve la bandera, y segundo, una demanda clara y concisa.

En las movilizaciones por la reforma educacional fueron los líderes de las federaciones universitarias quienes portaron las banderas. En 2011, Giorgio Jackson y Camila Vallejo se transformaron en las voces del movimiento, unificando y matizando las distintas posiciones. Fueron ellos quienes pasaron pasaron en limpio las ideas que dieron vida a las demandas.

Mientras las marchas por una reforma previsional no logren traspasar sus ideas en un liderazgo único capaz de canalizar y comunicar una demanda única, no habrá avances. No es suficiente pedir un cambio. Debe haber una articulación política del grupo de presión y debe existir una propuesta alternativa clara, lista para ser tomada por algún grupo político existente.

Las demandas articuladas en las marchas de 2011 tuvieron éxito porque fueron lo suficientemente precisos para que un candidato presidencial los pudiera recoger. En ese caso, Bachelet prácticamente se adueño de la causa, tomando de forma casi integra las demandas de la calle. Su programa de gobierno prácticamente plagió las demandas de los estudiantes.

Mientras no exista una alternativa única, de consenso para una reforma previsional, ningún candidato presidencial se va arriesgar. La tarea del líder de la demanda previsional debe tomar un lado. No es suficiente pedir un cambio. No es suficiente abrir el debate. Debe optar entre pedir una reforma hacia un sistema mixto o uno de reparto y comprometerse.

Si el líder de No Mas AFPs quiere tener éxito en su lucha debe ir más allá de la protesta. Debe presentar evidencia que hay un sistema mejor que el actual, y conseguir el apoyo de la calle. Solo entonces un candidato presidencial podrá sentir que hay peso tras la causa, y tomarlo como bandera propia para la próxima elección presidencial.

Si el líder de la marcha no logra encausar el debate hacia una demanda específica, pasará lo que ha pasado en todas las elecciones anteriores: será solo un tema más. En las últimas tres elecciones, la reforma previsional ha sido parte del debate, pero nunca de forma central. Nadie se ha dado el trabajo de proponer una alternativa de consenso.

La tardía renuncia de Pizarro

Publicado en La Tercera

La renuncia de Jorge Pizarro se produce un año tarde. En realidad, Pizarro nunca debió haber renunciado porque nunca debió haber asumido. Antes de la elección interna de la DC, con el tema de financiamiento irregular en todas las portadas, el Senador aseveró a los cuatro vientos no estar involucrado. Con esto, aseguró el apoyo de figuras claves en su partido, que le permitieron ganar la elección interna con 70% de los votos, derrotando a Rodrigo Albornoz y a Ricardo Hormazábal. Después de ganar la elección,  y antes de asumir el mandato, se supo lo de las boletas falsas—de los hijos del Senador—a SQM. Ante esta situación, y a pesar de la sugerencia de varios de no hacerlo, Pizarro decidió asumir la presidencia de igual manera. Lo hizo incluso después de la renuncia de su primer vicepresidente, Fuad Chahín, a la mesa.

Los errores de Pizarro son varios. Primero, y más importante, estar involucrado en un caso de financiamiento irregular. Segundo, esconderlo de su partido para poder ser elegido Presidente. Tercero, al ser descubierto, decidir seguir adelante con su ambición a pesar de la opinión de una parte importante de la elite partidaria – y de la opinión pública. Obviamente sobra sostener, desde un punto de vista ético, que el Senador nunca debió haberse involucrado. Un político con una destacada carrera como la suya, hasta entonces, debió estar por sobre situaciones como esta. Pero incluso al estar involucrado, debió haber tenido la madurez y responsabilidad de no optar por la presidencia de su partido. Y más allá, a pesar de haber infringido las dos máximas anteriores, nunca debió haber seguido en su ambición tras ser descubierto.

Una pregunta que urge responder es por qué Pizarro duró tanto en el mandato, a pesar de la resistencia de una parte importante de su partido. La respuesta se encuentra en la naturaleza de las boletas falsas de sus hijos. Aunque lo más probable es que estas boletas se usaron para financiar la campaña senatorial del mismo Senador, existe una teoría alternativa más interesante. Esta teoría es que las boletas se usaron para financiar la campaña presidencial de Bachelet. El hijo de Pizarro, el titular de la empresa que emitió las boletas, y su señora, son cercanos a la Presidenta, y por lo tanto no es difícil especular que la recaudación tuvo ese propósito. Esta teoría toma fuerza considerando que no solo la elección de Pizarro estaba asegurada, pero que además el hijo de Pizarro, y su señora, finalmente terminaron ocupando cargos de suma importancia dentro del gobierno.

Lo anterior es solo una teoría, y corresponde a la justicia determinar el paradero final de los dineros de SQM. Pero el relato tras la teoría permite explicar el razonamiento de Pizarro para asumir la presidencia en la DC a pesar de su clara inhabilidad. Si los recursos fueron a la campaña de Bachelet, el Senador habría anticipado que el gobierno no haría problemas con su presidencia, por la fragilidad política que significaría tomar una postura más activa. Pues, después de todo, ambos estarían involucrados en el mismo esquema de financiamiento irregular. Si lo anterior es cierto, implica que hubo una complicidad entre Pizarro y el gobierno para ignorar la gravedad de los casos de financiamiento irregular. No solo calló Pizarro, pero además el gobierno decidió no entrometerse en la evidente irregularidad que ocurría con el presidente del partido más grande de su coalición.

Lo anterior también supone un juego de suma cero entre la DC y el gobierno. Curiosamente, este pronóstico se comprueba en la realidad. Durante su corto mandato, Pizarro no pudo cumplir el rol tradicional de presidentes de la DC en gobierno del PS. Falló como dique de contención y principal interlocutor político. Considerando el sesgo progresista de Pizarro, su complicidad con el gobierno fue mayor a cualquier otro presidente de la Falange. En parte se explica porque el mismo senador dejó constancia de su intención de apoyar las reformas estructurales, pero en parte se explica porque nunca tuvo la opción de reconsiderar y echar pie atrás. Lo anterior es grave, dado que supone que cuando el gobierno tuvo que improvisar, y no fueron pocas veces, la DC no tuvo mucho que hacer que seguirle el juego.

La salida de Pizarro es positiva para la DC. Ningún partido, menos el más grande de la coalición de gobierno, puede estar manchado con escándalos de financiamiento irregular. En los tiempos que corren no solo le corresponde a los partidos presentarse ante la ciudadanía con representantes inmaculados, pero además, no hacerlo es un mal negocio en términos electorales. Ningún partido va ganar una elección siendo liderado por un político involucrado en financiamiento irregular. Es probable que en las próximas elecciones presidenciales y legislativas este castigo se deje ver. Con voto voluntario, los nuevos votantes, en gran medida aquellos desafiliados de partidos que se consideran moderados, difícilmente van a dar su voto a candidatos que apoyan la corrupción. La renuncia de Pizarro es tardía, pero a estas alturas, es lo mejor que le pudo haber ocurrido a la DC.

Dos años de administración de Bachelet: a ensuciarse las manos

Publicado en La Tercera

A dos años de la inauguración de Bachelet se pueden sacar algunas conclusiones preliminares sobre su segundo mandato. Tuvo partida de caballo inglés, comenzando su cuatrienio con el porcentaje de votos más alto de la historia reciente, pero llegada de burro, alcanzando el punto más bajo de aprobación presidencial de un mandatario desde el retorno de la democracia. Parte del problema fue el excesivo entusiasmo con que la Presidenta asumió el gobierno, pensando que haber tocado el corazón de muchos en la campaña, y haber alcanzado los quorum legislativos, sería suficiente para gobernar sin oposición y pasar reformas estructurales sin resistencia.

Pero se equivocó. Bachelet ganó la elección por defecto. Entre las nueve candidaturas que se presentaron a la elección, la suya fue la única dispuesta a tomar las demandas del movimiento estudiantil en su conjunto y ofrecerlas de vuelta como leyes. Fue una movida oportunista e inteligente. Su competencia más cercana — los cuatro opacos candidatos que nominó la Alianza y la alicaída opción de Enríquez-Ominami — se durmieron en los laureles y desaprovecharon la misma oportunidad. Esta decisión no solo la alzó como la candidata más atractiva, pero además dejó sus defectos en un segundo plano.

Las promesas de reformas estructurales opacaron su falta de liderazgo. Los chilenos favorecieron las ideas por sobre candidatos. Pensaron que por último el buen rendimiento de Bachelet en el primer gobierno se traduciría automáticamente en un buen rendimiento en su segundo gobierno. El problema es que la naturaleza de los desafíos entre el primer gobierno y el segundo gobierno son significativamente distintos. Para cumplir las metas del primer gobierno se necesitaba cercanía con la gente. Pero para cumplir las metas del segundo gobierno se necesitaba un liderazgo politico más acentuado.

El problema es que Bachelet carece de liderazgo político. Lo ha demostrado en innumerables ocasiones. Desde su reacción post-terremoto hasta su manejo del caso Caval. Pero más importante, tal vez, ha sido su inhabilidad para ordenar a su propia coalición. Tener legisladores en el congreso no significa mucho si no votan en línea con el gobierno. Bachelet sí logró pasar proyectos de ley importantes, como la educacional y la electoral en enero de 2015. Pero sería exagerar decir que fueron sus logros. En esas ocasiones, ambos proyectos fueron gestionados exclusivamente por operadores políticos, y con suerte pasaron por el congreso.

A dos años del término del gobierno, se pueden usar estas experiencias para mejor significativamente la gestión y recuperar el apoyo de la gente. La Presidenta puede revertir el marcador parcial en contra. Al menos así ha sido en los últimos dos gobiernos, donde los presidentes llegaron alicaídos a la mitad de sus mandatos, pero lograron dar vuelta sus partidos y terminar sus gobiernos con índices azules. De hecho, Bachelet terminó con más de ochenta por ciento de aprobación y Piñera hoy se alza como el candidato con mayores posibilidades de ser elegido en 2017.

No es difícil que Bachelet vuelva a un punto donde al menos la mitad de los chilenos aprueben de su gestión, incluso con el caso Caval en el retrovisor y la difícil tarea de cimentar la reforma constitucional. Pero para esto la Presidenta se debe ensuciar las manos. Debe ejercer mayor liderazgo político en su sector. Hasta ahora ha preferido mantenerse a una distancia antinatural del linchamiento público de su gente, tal vez para marcar no mancharse, tal vez por que se siente mas cómoda. Pero en un escenario donde está a solo dos años de su retiro definitivo de la política, y con grandes desafíos por delante, debe redefinir el liderazgo que ejerce sobre su sector.

No se puede hacer una tortilla sin romper huevos. Bachelet necesita controlar a la DC y enfilar al PS. Hasta ahora ambos partidos solo le han dado dolores de cabeza. Basta ver como la DC y el PS se han enfrentado tanto a ella como entre ellos —por ejemplo, en el proyecto de aborto y la reforma laboral— para entender que no hay disciplina en la coalición. Bachelet debe involucrase más en reparar los temas políticos que le han costado la reputación, y redefinir la forma en que trata con los partidos que la apoyan. Todo esto es necesario para cumplir el objetivo ulterior de dejar un huella positiva en la historia.

La Presidenta debe abandonar el estilo de liderazgo apolítico que le dio tanta popularidad en su primer gobierno y adaptarse a los desafíos del momento. Debe bajar del Olimpo y hablarle a los ministros, senadores, diputados y presidentes de los partidos oficialistas en público con mayor dureza y con mayor frecuencia. Ya no tiene mucho que perder, excepto la posibilidad de terminar su gobierno con más proyectos entrampados que los que prometió en las entusiastas noches de su campaña electoral. Con la aprobación de menos de un tercio de los chilenos, es hora de ensuciarse las manos.