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Si no les puedes ganar, confúndelos

Publicado en La Tercera

La última cuenta pública del segundo cuatrienio de Bachelet puede resumirse como un mar de logros y promesas difícil de poner en contexto. La larga lista de proyectos de ley aprobados en el último año, pero también en los tres anteriores, y de mensajes que se enviarán este año aparentemente entablan al gobierno como uno satisfecho de haber hecho la pega. Entre la batería de índices y porcentajes queda la sensación de que contra todo pronóstico el gobierno cumplirá con sus promesas de campaña antes de su salida.

Pero esta evaluación parcial auto-complaciente no solo es engañosa, pero es errónea. Muchas de las promesas que se presentaron como cumplidas ni siquiera fueron reportadas hace un año como promesas. Lo anterior naturalmente sugiere que fueron improvisadas para artificialmente incrementar el porcentaje total de cumplimiento. Pero incluso si fueran consideradas como promesas, a juicio de algunos expertos, que se dedican a medir porcentajes de cumplimiento, el gobierno igualmente estuvo significativamente lejos de cumplir con cabalidad.

Este último punto es relevante, dado que para muchos el éxito de un gobierno se mide en el porcentaje de promesas cumplidas. Pero rara vez se ponderan las promesas por su importancia e impacto en la sociedad. Cumplir 50 promesas de proyectos de ley que pasan con mayoría simple, es bastante más fácil que cumplir dos promesas de proyectos de ley que solo pasan con quórum calificado. Esto parce ser lo que explica por qué Bachelet ignoró por completo algunas de sus promesas más emblemáticas.

Un ejemplo de un proyecto de ley que necesita quórum calificado, y es a su vez una promesa emblemática, es la promesa de una nueva Constitución. Si bien Bachelet mencionó que enviará un nuevo texto constitucional para ser aprobado en el Congreso antes de fin de año, aún quedan muchas dudas sobre cuál será el proceso, y qué tan ciudadano será si se hace por medio de una convención constituyente. Mencionar de forma tan breve y tangencial el proyecto más emblemático de su gobierno es por lo bajo lamentable.

Gran parte de la retórica de la campaña de Bachelet y la Nueva Mayoría en 2013 se hizo en base a una nueva Constitución. De hecho, la gran base de sus votantes la prefirieron a ella porque era el camino más seguro para conseguir ese texto. Hoy, en un contexto político completamente presidencializado, en el cual además el oficialismo se encuentra desintegrado, es seguro decir que esa es una de las promesas que no se cumplirá antes del final del cuatrienio. Sin duda un hecho que pone en duda la capacidad política del gobierno.

Quizás una buena alternativa, más que resumir logros y hacer promesas, habría sido usar la cuenta pública para diseñar una agenda de continuidad al legado de la Nueva Mayoría. En particular habría sido importante pasar el bastón progresista que sostiene la promesa de una nueva Constitución a un candidato que asegure la continuidad. Aunque Bachelet manifestó un tenue apoyo a la línea política progresista, fue una remembranza del poco apoyo que le entregó a Frei en 2009, y un presagio del poco apoyo que le entregará a Guillier en 2017.

Fue una cuenta pública hecha para los votantes de la Nueva Mayoría. Los logros y promesas contrastan bruscamente con los índices de aprobación. Muchos se preguntarán de qué sirven todos los índices y porcentajes presentados por la Presidenta si la gente no aprueba del trabajo del gobierno. En efecto, a ratos parecía que Bachelet entró al discurso sabiendo que una comparación rigurosa con sus promesas originales sería un fracaso, por lo cual decidió confundir a su audiencia con una larga lista de números desconetxtualizados.

 

Lo anterior no implica que el segundo gobierno de Bachelet es un mal gobierno–de hecho, ese balance solo se podrá hacer luego de que se bajen las cortinas en marzo de 2018 o incluso años después de eso. Pero lo que sí implica es que el gobierno tomó un rumbo distinto al propuesto en 2013. Todo indica que las grandes reformas ya ocurrieron, y lo que se hará en lo que queda del periodo serán solo reformitas. Quizás por eso habría sido mejor enfocarse más en la continuidad de sus promesas en el próximo gobierno que en celebrar victorias parciales.

Cambio de rumbo

Publicado en La Tercera

Mañana Bachelet dará cuenta de su segundo año en el gobierno. Para muchos el discurso será decepcionante. De la larga lista de promesas que la Presidenta les hizo a los chilenos el 21 de mayo pasado, solo pudo cumplir la mitad. Podrá tener excusas, pero al final los datos no mienten. Podrá decir que los casos Caval, SQM, y Penta se le metieron entremedio, pero ella sabe que es parte del juego. Podrá decir que no hubo voluntad legislativa, pero si no puede conseguir los votos la falta es suya. Podrá decir que el próximo año sí cumplirá con sus promesas, pero para ello tendrá que ser menos ambiciosa y más realista.

En la cuenta pública del año pasado Bachelet hizo 56 promesas. Hoy, la Fundación Ciudadano Inteligente, ONG independiente enfocada en dotar a la política con mayor transparencia, cifra el avance en 53%. Como referencia, la cifra es levemente mayor que en el primer año del gobierno (2014), en el cual Bachelet cumplió con 44% de sus promesas, y que en el segundo año del gobierno de Piñera (2011), en el cual el ex Presidente cumplió con 48% de las suyas. La diferencia entre este año y años anteriores, sin embargo, es que hoy la Presidenta está siendo significativamente más cuestionada que antes, y como tal esencialmente más vulnerable.

Una explicación para entender por qué no ha cumplido con sus promesas se encuentra precisamente en ese escenario político adverso. Al cargar con los casos Caval, SQM, y Penta a sus espaldas, no ha logrado desmarcarse de los escándalos de financiamiento ilegal. A pesar de convocar una comisión para hacer frente a los casos de corrupción, Bachelet y el gobierno no han logrado escapar del rechazo popular. Las encuestas muestran una baja sostenida desde la irrupción de los casos de financiamiento ilegal a comienzos del año pasado. Sugieren que los chilenos culpan a Bachelet y el gobierno por los pecados de toda la clase política.

Una de las consecuencias de la caída en la popularidad de Bachelet y el gobierno es la pérdida de disciplina dentro de la Nueva Mayoría. A medida que Bachelet y el gobierno han ido perdiendo popularidad en las encuestas, han ido surgiendo facciones de disidencia y figuras de veto. Estos díscolos, en buena parte senadores y diputados, han sido problemáticos para la agenda del gobierno. Han sido un estorbo para diseñar e implementar materia legislativa. Es mucho más difícil gobernar cuando los índices de popularidad son bajos. Esto es algo que el gobierno no ha podido solucionar; han hecho poco para llegar a un punto de distensión.

Al menos buena parte de la obra gruesa ya está terminada. O eso fue lo que dijo el Ministro Eyzaguirre hace un par de semanas, dando a entender que solo faltan las terminaciones. Si bien hay dudas sobre la intención tras la declaración, particularmente considerando que la reforma constitucional está en pañales, lo cierto es que el Ministro manda una señal de la cual solo se puede desprender que el gobierno está consciente que ya no le queda tiempo para especular con materia estructural. Las declaraciones del Ministro sugieren que el gobierno sabe que la obra gruesa solo será sostenible si se compatibiliza con una agenda de corto plazo.

Ergo, corresponde que en la cuenta pública de este año el gobierno privilegie la resolución de demandas urgentes. Es al menos lo que debe suceder si se pretende perpetuar en el poder con el objetivo de dejar en manos del próximo gobierno la etapa final de la reforma constitucional. Entre las materias más urgentes en este orden está la economía. Bachelet debe mencionar el crecimiento económico como factor prioritario en la agenda del gobierno. Hasta ahora ha estado excesivamente enfocada en sus reformas estructurales, ignorando la utilidad de contar con una economía robusta. Si no hace está transición ahora, continuarán los problemas.

El objetivo del gobierno este 21 de mayo debe ser entablar una agenda que pueda cumplir. Con la obra gruesa finalizada, debe volcar la vista a materia más urgente, como una agenda pro crecimiento económico. Esto no solo le permitirá llegar a su tercera cuenta pública con éxito, pero además podrá apaciguar los mercados, que hasta el momento han estado tensionados por la incertidumbre ligada a sus reformas. Es el momento de transitar de un gobierno excesivamente enfocado en reformas estructurales a uno realista. Es el momento perfecto para cambiar de rumbo y convencer a la gente que las reformas estructurales sí son compatibles con prosperidad económica.

Un gobierno sin legado

Publicado en La Tercera

Desde que Piñera llegó a La Moneda, el desempleo, la inflación y la pobreza han disminuido. A su vez, el crecimiento económico y el PIB per cápita han aumentado. Desde su inauguración en 2010, los indicadores económicos sugieren que la calidad de vida ha mejorado. Los chilenos hoy tienen en promedio más oportunidades de trabajo, mayor poder adquisitivo y menor probabilidad de ser catalogados como parte de las clase baja. Por primera vez en la historia, Chile pasó de ser considerado un integrante del grupo de países tercermundistas a ser un miembro del conjunto de naciones de la OCDE.

Si comparamos el desempeño de Piñera con el desempeño de Bachelet, en cuanto a los indicadores mencionados arriba, la diferencia es notoria. Los primeros tres años del gobierno actual superan con creces a los primeros tres años del gobierno anterior. El cuadro de abajo muestra la diferencia entre ambos periodos. (Incluso si comparamos el gobierno de Bachelet con el de su predecesor, el balance para la ex Presidenta es adverso). La conclusión preliminar es que el gobierno de Bachelet no fue bueno. En su gobierno la inflación y la pobreza aumentaron, mientras que el crecimiento disminuyó y el PIB per cápita se estancó.

Estos resultados se sitúan en contraste con los índices de popularidad presidencial. Mientras que Piñera obtuvo un promedio de 39% de aprobación en sus primeros 3 años de gobierno, Bachelet obtuvo un promedio de 58% en el mismo intervalo. Si incluimos más datos a la serie, la tendencia es aún más nítida, ubicando a Piñera bajo el 35% de adhesión y a Bachelet sobre el 60%. El patrón implica que la gente prefiere a Bachelet por sobre Piñera, a pesar de vivir en escenarios de adversidad. Contra el sentido común, la evidencia sugiere que existe una relación inversa entre el desempeño económico y la aprobación presidencial.

Esto no tiene sentido: ¿Por qué la gente aprueba a un presidente (Bachelet) que tuvo un mal desempeño económico y no aprueba a un presidente (Piñera) que tiene un buen desempeño económico?

La respuesta está latente. No es que la gente prefiera vivir en malas condiciones económicas por sobre vivir en buenas condiciones económicas. Sería absurdo que un votante o un ciudadano escogiera o aprobara a un candidato o a un presidente que no le favoreciera. Por el contrario, la gente naturalmente emite su voto y aprueba a quien le entrega mejores beneficios relativos. La respuesta a la pregunta es que Bachelet tuvo mayor claridad que Piñera para mostrar sus logros. Con Bachelet la mayoría de la gente sintió que el país avanzaba con un objetivo, mientras que con Piñera siente que no hay un rumbo claro.

Lo anterior se enmarca dentro del legado de cada gobierno. Mientras que definir el legado fue relativamente sencillo para Bachelet, ha sido imposible para Piñera. Cuando la gente piensa en Bachelet, piensa en protección social. Cuando la gente piensa en Piñera, se confunden. En parte porque todos los años el legado ha cambiado. En 2010, el Presidente trató de instalar “La Nueva Forma de Gobernar”, lo cual fracasó tras las críticas a los conflictos de interés. En 2011, el Presidente propuso ser gobierno de las grandes reformas, lo cual fracasó tras las fallidas negociaciones en Aysén y el comienzo de las marchas estudiantiles.

En 2012, el Presidente planteó sellar su legado como uno basado en efectividad. El título del mensaje presidencial del 21 de Mayo de ese año fue “Chile cumple y avanza hacia el desarrollo”, enfatizando en la importancia de los logros económicos. En un esfuerzo similar, en el mensaje de 2013, el Presidente intentó mostrar la profundidad y trascendencia de los logros. Enfatizó que el legado de su gobierno sería consolidar la prosperidad. Sin embargo, la baja aprobación presidencial sugiere que la gente no acepta ese legado. Si los logros económicos fueran entendidos como un avance, la aprobación presidencial sería mucho más alta de lo que en realidad es.

Solo cuando exista una correspondencia entre lo que el gobierno entrega y lo que la gente recibe, se podrá hablar de un legado. Nadie discute que los logros son un avance significativo, pero sin un reconocimiento por parte de la gente, Piñera no podrá cerrar el ciclo. Si la gente no recordara a Bachelet como la presidenta de la protección social, no podría ser su legado. Solo porque pudo materializar la conexión entre lo que entregó y lo que la gente recibió, puede hablar de un legado hoy. Para ella esto fue crucial para darle una conclusión a su gobierno. Pero también porque le permitió mantenerse en la agenda como una alternativa presidencial.

Todo parece indicar que en Marzo de 2014 la situación será diferente. Piñera dejará un gobierno inconcluso. Frente a este devenir, puede escoger hacer una de dos cosas. Si acepta la premisa, tendrá que admitir que aún falta trabajo por hacer. Eso abrirá la ventana para pedir continuidad. Podrá sostener que los primeros años fueron solo la primera parte de una obra más importante. Si rechaza la premisa, la gente se verá forzada a evaluarlo por lo que ya ha hecho. Sin embargo, sin un legado muchos de los que votaron por Piñera en 2009 y 2010 pensarán dos veces antes de optar por la centro-derecha otra vez.