Dos años de administración de Bachelet: a ensuciarse las manos

Publicado en La Tercera

A dos años de la inauguración de Bachelet se pueden sacar algunas conclusiones preliminares sobre su segundo mandato. Tuvo partida de caballo inglés, comenzando su cuatrienio con el porcentaje de votos más alto de la historia reciente, pero llegada de burro, alcanzando el punto más bajo de aprobación presidencial de un mandatario desde el retorno de la democracia. Parte del problema fue el excesivo entusiasmo con que la Presidenta asumió el gobierno, pensando que haber tocado el corazón de muchos en la campaña, y haber alcanzado los quorum legislativos, sería suficiente para gobernar sin oposición y pasar reformas estructurales sin resistencia.

Pero se equivocó. Bachelet ganó la elección por defecto. Entre las nueve candidaturas que se presentaron a la elección, la suya fue la única dispuesta a tomar las demandas del movimiento estudiantil en su conjunto y ofrecerlas de vuelta como leyes. Fue una movida oportunista e inteligente. Su competencia más cercana — los cuatro opacos candidatos que nominó la Alianza y la alicaída opción de Enríquez-Ominami — se durmieron en los laureles y desaprovecharon la misma oportunidad. Esta decisión no solo la alzó como la candidata más atractiva, pero además dejó sus defectos en un segundo plano.

Las promesas de reformas estructurales opacaron su falta de liderazgo. Los chilenos favorecieron las ideas por sobre candidatos. Pensaron que por último el buen rendimiento de Bachelet en el primer gobierno se traduciría automáticamente en un buen rendimiento en su segundo gobierno. El problema es que la naturaleza de los desafíos entre el primer gobierno y el segundo gobierno son significativamente distintos. Para cumplir las metas del primer gobierno se necesitaba cercanía con la gente. Pero para cumplir las metas del segundo gobierno se necesitaba un liderazgo politico más acentuado.

El problema es que Bachelet carece de liderazgo político. Lo ha demostrado en innumerables ocasiones. Desde su reacción post-terremoto hasta su manejo del caso Caval. Pero más importante, tal vez, ha sido su inhabilidad para ordenar a su propia coalición. Tener legisladores en el congreso no significa mucho si no votan en línea con el gobierno. Bachelet sí logró pasar proyectos de ley importantes, como la educacional y la electoral en enero de 2015. Pero sería exagerar decir que fueron sus logros. En esas ocasiones, ambos proyectos fueron gestionados exclusivamente por operadores políticos, y con suerte pasaron por el congreso.

A dos años del término del gobierno, se pueden usar estas experiencias para mejor significativamente la gestión y recuperar el apoyo de la gente. La Presidenta puede revertir el marcador parcial en contra. Al menos así ha sido en los últimos dos gobiernos, donde los presidentes llegaron alicaídos a la mitad de sus mandatos, pero lograron dar vuelta sus partidos y terminar sus gobiernos con índices azules. De hecho, Bachelet terminó con más de ochenta por ciento de aprobación y Piñera hoy se alza como el candidato con mayores posibilidades de ser elegido en 2017.

No es difícil que Bachelet vuelva a un punto donde al menos la mitad de los chilenos aprueben de su gestión, incluso con el caso Caval en el retrovisor y la difícil tarea de cimentar la reforma constitucional. Pero para esto la Presidenta se debe ensuciar las manos. Debe ejercer mayor liderazgo político en su sector. Hasta ahora ha preferido mantenerse a una distancia antinatural del linchamiento público de su gente, tal vez para marcar no mancharse, tal vez por que se siente mas cómoda. Pero en un escenario donde está a solo dos años de su retiro definitivo de la política, y con grandes desafíos por delante, debe redefinir el liderazgo que ejerce sobre su sector.

No se puede hacer una tortilla sin romper huevos. Bachelet necesita controlar a la DC y enfilar al PS. Hasta ahora ambos partidos solo le han dado dolores de cabeza. Basta ver como la DC y el PS se han enfrentado tanto a ella como entre ellos —por ejemplo, en el proyecto de aborto y la reforma laboral— para entender que no hay disciplina en la coalición. Bachelet debe involucrase más en reparar los temas políticos que le han costado la reputación, y redefinir la forma en que trata con los partidos que la apoyan. Todo esto es necesario para cumplir el objetivo ulterior de dejar un huella positiva en la historia.

La Presidenta debe abandonar el estilo de liderazgo apolítico que le dio tanta popularidad en su primer gobierno y adaptarse a los desafíos del momento. Debe bajar del Olimpo y hablarle a los ministros, senadores, diputados y presidentes de los partidos oficialistas en público con mayor dureza y con mayor frecuencia. Ya no tiene mucho que perder, excepto la posibilidad de terminar su gobierno con más proyectos entrampados que los que prometió en las entusiastas noches de su campaña electoral. Con la aprobación de menos de un tercio de los chilenos, es hora de ensuciarse las manos.

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