El castigo

Publicado en La Tercera

Los datos de la última encuesta CEP sugieren que existe un rechazo transversal a la clase política, afectando tanto a aquellos que actualmente ocupan cargos de poder, como los que podrían hacerlo en un futuro cercano. La molestia de la gente es especialmente visible en dos áreas de profunda importancia. Por un lado, los datos sugieren que existe un rechazo sostenido a las autoridades y agrupaciones políticas tradicionales, sobre todo a aquellos que forman parte del gobierno y del poder legislativo. Por otro lado, muestra que el rechazo va acompañado de un castigo personalizado, particularmente enfocado en quienes han sido sindicados como candidatos presidenciales.

El 24% de aprobación a Bachelet no solo es simbólico por ser el segundo más bajo en la historia de la encuesta CEP (solo superado por el 22% de aprobación, por la misma presidenta, hace 4 meses), sino que además constituye un marcador natural alegórico de un problema más profundo, que escapa la responsabilidad del individuo como tal. Es improbable que la caída de la presidenta sea enteramente atribuible a ella. Hay un elemento imputable al contexto político e histórico en el cual se encuentra. Además del caso Caval, que sí constituye responsabilidad propia, Bachelet gobierna en un ambiente altamente hostil, donde los políticos están bajo más escrutinio que nunca antes.

Solo 10% de los encuestados aprueba de la labor de Chile Vamos (ex Alianza), y solo 13% aprueba de la labor de la Nueva Mayoría. Similar al récord alcanzado recientemente por la presidenta Bachelet, estos son los índices más bajos que ha visto la clase política desde 1990. Aquí también, es improbable que las coaliciones efectivamente estén haciendo su trabajo peor que antes. Sino que también son víctimas de un contexto, que directamente ayudaron a crear, en que es prácticamente imposible presentarse como una solución al problema. Para muchos, apoyar a una coalición política, en particular una compuesta por partidos tradicionales, es absurdo e irracional.

No pretendo construir una apología a las autoridades elegidas democráticamente que no han estado a la altura del partido, ni a las coaliciones que ayudaron activamente a cavar el hoyo en el cual hoy se encuentran. Pero es inevitable entender que tanto las principales autoridades del gobierno como las principales coaliciones políticas están sofocadas por una manta de culpa que hoy escapa su control. Sin aceptar su responsabilidad, no serán perdonados por la gente. Es clave entender esta premisa, pues implica que sin castigo, no habrá redención. Y, al parecer, la única forma de ser castigado, de forma real y permanente, es en las urnas.

Uno de los factores que le da peso a esa conclusión es la dramática caída de todos los candidatos presidenciales de la centro-izquierda. Por una parte, caen significativamente los candidatos emblemáticos Isabel Allende (-4%), y Ricardo Lagos Escobar (-5%); y por otra parte, cae escandalosamente el candidato del recambio, Marco Enríquez-Ominami (-9%). Sus caídas están directamente asociadas al rechazo de la clase política, de una forma u otra. Mientras que en el caso de los dos primeros es indirecto (la gente rechaza sus aspiraciones de poder), el caso del tercero es directo (la gente rechaza su asociación al financiamiento irregular de su campañas).

Estos datos son preocupantes y lapidarios. Históricamente, el candidato que lidera las encuestas en abril del año anterior a la elección presidencial acaba siendo el abanderado de su sector. A solo cuatro meses de ese hito, no hay un favorito. Con el gobierno de capa caída, y con Allende, Lagos Escobar, y Enríquez-Ominami a la baja, es difícil anticipar un escenario positivo para la centro-izquierda. Si no existe una rearticulación coordinada, desde las altas esferas de poder de la coalición, tanto desde La Moneda como de los grupos de resistencia de las facciones más resistentes a la agenda progresista, no hay forma de eliminar la posibilidad de una debacle electoral en contra.

Entonces, la pregunta es, quién capitaliza sobre la caída de la centro-izquierda. La respuesta está en los mismos índices de la encuesta: Giorgio Jackson. El diputado de Revolución Democrática logró captar una parte importante de las preferencias de quienes anteriormente apoyaron a Allende, Lagos Escobar, o Enríquez-Ominami. No solo representa la renovación de la izquierda, sino que también el sector de políticos honestos, percibido a esta altura como una parte minoritaria. Estas son buenas noticias para el legislador de RD, salvo por el hecho de que no puede optar por avanzar en su carrera, en una candidatura presidencial, o senatorial, hasta cumplir los 35 años de edad.

Si bien Jackson puede utilizar el capital político a su favor, como para presionar al gobierno en el ámbito legislativo, o cimentar su plataforma política para proyectos electorales en el mediano plazo, queda tiempo. Por ahora, se abre un vacío de poder importante en la centro-izquierda, ante el cual, el gobierno debe trabajar con mayor intensidad sobre la agenda política para restaurar la confianza en la gente, mientras que las coaliciones y partidos de centro-izquierda debe encontrar una forma de limpiar la imagen de sus candidatos actuales, o bien comenzar a pensar en levantar a candidatos nuevos, ajenos a los problemas de los actuales.

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