El candidato presidencial de la derecha

Publicado en La Tercera

Mientras todos miran la crisis política que se desata dentro de la Nueva Mayoría, la coalición de derecha tiene una oportunidad única de comenzar a definir la ruta que la conduzca de vuelta al poder en 2018. Después de pasar largos seis meses bajo la lupa, por los casos de financiamiento irregular, los partidos de la nueva coalición de derecha deben tomar las decisiones que la vuelvan a hacer una alternativa atractiva para los votantes. Mientras controlan los daños provocados por el caso Penta y SQM, deben limar asperezas y manifestar su voluntad de escuchar las demandas de la gente para elegir al líder que los representará en la elección presidencial de 2017.

Aprender de los errores del pasado es fundamental. La coalición de derecha — aún sin nombre — no puede repetir el error de 2005, cuando llevó a dos candidatos a la primera vuelta, hiriendo de muerte el vínculo entre los votantes conservadores y liberales del sector, e indirectamente potenciando la victoria de Bachelet en segunda vuelta. Tampoco pueden repetir el error de 2013, cuando a pesar de sostener primarias la nominación del candidato fue entregada a las elites, ignorando y sobrepasando las preferencias del votante medio de centro derecha. Ambos errores permiten dibujar al menos dos líneas rectoras que la coalición debe seguir si pretende volver al poder en 2018.

La primera es que debe existir un esfuerzo conjunto y coordinado. En 2005 la batalla campal entre la UDI y RN, que llevó a la coalición a terminar con dos candidatos en primera vuelta, dividió a los votantes de forma terminal. La campaña confrontacional entre Lavín y Piñera llevó a dividir las preferencias en la elección a tal magnitud que suficientes votantes de Lavín decidieron no votar por Piñera en la segunda vuelta. Los números muestran que los votos a favor de ambos candidatos fueron mayor que los votos a favor de Bachelet en primera vuelta. Es decir, hubo más votos a favor de la derecha que a favor de la centro-izquierda. En retrospectiva, pareciera que un candidato de consenso hubiese sido mejor estrategia.

La segunda línea rectora es que se deben promover primarias para definir la oferta más atractiva. Si bien en 2013 la coalición ocupó este mecanismo, la decisión finalmente se tomó entre cuatro paredes. La determinación de nominar a Matthei, tras la caída de Golborne y Longueira, no solo fue improvisada, pero fue tomada entre una pequeña y extrema elite de la coalición. La masacre electoral que sufrió Matthei sirve para ilustrar que la decisión de las elites no siempre es la mejor. En retrospectiva, haber escuchado a los votantes probablemente hubiese terminado con un candidato más moderado, y como tal más competitivo dado las circunstancias de la elección.

Hoy la coalición de derecha está a tiempo de tomar las decisiones correctas. La amplia oferta de candidatos es funcional para su estrategia. Además de Piñera, en la UDI, José Antonio Kast, Larraín y Matthei buscan conseguir la nominación. En tanto, en RN, Allamand, Ossandón y Espina están en carrera. Finalmente, en el partido más joven de la coalición está Felipe Kast. La oferta va desde la derecha conservadora a la derecha liberal, pasando por veteranos con vasta experiencia electoral y viejos estandartes a una joven promesa. Sin embargo, el rango de la oferta solo será útil si se promueve una competencia sana entre todos, que finalmente termine en primarias abiertas y vinculantes donde la gente decida.

Incluso en el escenario actual, con la Nueva Mayoría alicaída, y con prospectivas económicas a la baja, no coordinar esfuerzos y fijar primarias podría terminar en otra debacle electoral. Aunque el oficialismo pasa por un momento complejo, y no existan candidatos claros a la sucesión, todo puede cambiar drásticamente. Es lo que le ocurrió tanto a Bachelet en su primer periodo, como a Piñera en el suyo. Ambos comenzaron con bajo apoyo, pero lograron revertir la tendencia hacia el final de sus cuatrienios. En ese contexto, la improvisación y los dedazos solo pueden causar estragos. Es imperativo que la derecha fije un plan de acción para aunar fuerzas, potenciar liderazgos y darle la palabra final a la gente.

Si Piñera decide ignorar las lecciones del pasado, y decide utilizar las encuestas para correr solo, por fuera de la coalición, la derecha podría sufrir la misma suerte que en 2005. O si la UDI decide no participar en primarias, porque siente que tiene mejor candidato, podría repetirse la horrorosa experiencia de 2013. La mejor estrategia de la coalición de derecha es potenciar a todos los candidatos que quieran participar, pero con resguardo a la integridad de la coalición. Un buen ciclo de debates que termine en una primaria, entre todos los que tengan aspiraciones presidenciales, es la mejor apuesta para volver al poder. Quienes no trabajen en esta dirección solo promueven una nueva derrota electoral.

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