Crisis política: ¿Reformas, nueva Constitución o ignorar?

Publicado en La Tercera

Chile atraviesa por una crisis política, visible en tres hechos claves: la pérdida de confianza de la gente en las instituciones políticas, la caída sostenida en la aprobación de sus actores, y una parálisis legislativa. A todas luces los tres hechos parecen estar relacionados de forma causal. Dado que la gente no considera que la clase política es legítima o no se siente representada por ella, la han castigado en las encuestas, generando un escenario político con significativamente más jugadores de veto en la arena legislativa, a su vez resultando en una situación de estancamiento legislativo.

Una clase política deslegitimada que no representa a la gente difícilmente puede gobernar. Cuando la aprobación a las instituciones y al conjunto de actores que las puebla es baja, el gobierno difícilmente puede conseguir apoyo para pasar sus proyectos. Esta es la situación actual. El destape del financiamiento político irregular indirectamente condujo a una proliferación de actores de veto, fraccionando el sistema. El gobierno mayoritario no puede pasar reformas porque la oposición las deslegitima con facilidad, y la oposición minoritaria no puede hacerlo porque no tiene el cuórum.

Es importante salir de la crisis por varias razones, pero principalmente para revertir la situación de parálisis legislativa. El gobierno debe avanzar en su agenda, y la oposición debe contribuir en el debate. Mientras no se solucione el problema de fondo – recuperar la legitimidad y representatividad de la clase política – no será posible retomar la agenda. Es un desafío complejo, pues los problemas no comenzaron en este gobierno. Hasta ahora, se han propuesto al menos cuatro alternativas para darle solución a la crisis.

Una alternativa es sencillamente ignorar la crisis, y apuntar a taparlo con otros temas. De hecho, es lo que se hizo en un principio. Cuando estalló el caso Penta en septiembre del año pasado, el gobierno ni se inmutó. Probablemente anticipando que el problema se disiparía con el tiempo, decidió hacerle vista gorda y seguir adelante. Solo comenzó a mostrar preocupaciones después del caso Dávalos, en febrero de este año.La consecuencia de optar por esta alternativa fue desprestigiar aún más las instituciones políticas, y conducir los índices de aprobación de la mayoría de los actores a su mínimo histórico.

Una segunda alternativa es hacer pequeñas reformas. Esta alternativa nació como consecuencia al fallido intento de ignorar la crisis. Es una solución propuesta implícitamente por parte de los presidentes de los partidos políticos en un intento de prevenir el desangramiento de la elite. La idea incluso fue recogida por la presidenta Bachelet, y ejecutada por la comisión Engel. Se propuso solucionar la crisis por medio de reformas específicas a las partes conflictivas de la regulación. Un buen comienzo, pero que levanta preguntas sobre su utilidad a largo plazo.

Una tercera alternativa, más radical aun, es redactar una nueva constitución sin los vicios de la actual. La lógica es que las reformas propuestas por la comisión Engel no serían suficientes, puesto que la crisis tiene sus raíces en una problema originario, más que contextual. Esta alternativa ha sido principalmente impulsada por los sectores más progresistas de la Nueva Mayoría. En un principio suena como una solución a la altura de problema, pues una reforma estructural sería la única forma de enmendar una traba de la magnitud de la crisis actual.

Una cuarta alternativa es ligar la nueva Constitución a un nuevo gobierno convocado por medio de elecciones anticipadas. De las cuatro alternativas es sin duda la más radical, y a la vez la menos plausible. Quienes apoyan esta moción no están organizados, y el razonamiento que plantean no es enteramente claro. Es improbable que un cambio de gobierno solucione la crisis, pues es mucho más probable que los problemas democráticos estén ligados a las reglas del juego que a los jugadores. Esta alternativa solo demuestra la profundidad del problema.

Las cuatro alternativas que se han propuesto son indicativas de cómo ha escalado la gravedad de la crisis. Si el gobierno habría propuesto un mínimo nivel de reformas desde un principio, en vez de haber ignorado la crisis, hubiese controlado el problema de mejor manera. Posiblemente podría haber continuado su exitosa senda reformista. Pero al ir un paso más atrás, sin acusar recibo, no solo ha agravado la situación hasta el punto de parálisis legislativa, sino que ha dado piso para que el llamado de unos pocos a elecciones anticipadas sonara como una solución viable.

Lo más probable es que la solución a la crisis descanse entre la segunda y la tercera alternativa. Si bien es necesario hacer algunas reformas focalizadas, es improbable que estas logren solucionar todos los problemas por sí solas. El origen de la crisis de legitimidad, y representación, va más allá del destape del financiamiento político irregular. Aunque el argumento de que una nueva constitución limpiará el país de la corrupción es incorrecto, es probablemente la mejor propuesta a esta altura. El gobierno se debe adelantar a las demandas y proponer de una buena vez su fórmula para revertir la crisis.

Comentarios cerrados.