El nuevo modelo

Publicado en La Tercera

Cada elección presidencial se estructura en torno a un dilema, donde una parte de los electores simpatiza con una posición y otra parte de los electores simpatiza con otra posición. Es lo que en ciencia política se denomina un clivaje, una línea divisoria que separa a los partidarios de un candidato de los partidarios de otro candidato. En cada una de las cinco elecciones presidenciales anteriores hubo un dilema, ante el cual la mayoría de los electores optó por elegir al candidato que más se asimilara a su propia posición. En las cuatro primeras elecciones (1989, 1993, 1999, 2005) fue un candidato de la Concertación, en la última elección (2009) fue un candidato de la Alianza.

En 1989 y 1993, el clivaje fue ‘democracia/autoritarismo’. En ambas elecciones los chilenos tuvieron que optar entre el candidato que representaba la transición democrática y el candidato que representaba el legado autoritario. En 1999, el clivaje fue ‘continuidad/cambio’. En esa ocasión los chilenos tuvieron que escoger entre continuar con la obra de la Concertación y comenzar de cero. En 2005, el clivaje fue ‘cambio de liderazgo/cambio político’. Un dilema similar al de 1999, pero donde los chilenos tuvieron que optar entre alternar de género o alternar de coalición. En 2009, el clivaje fue ‘mejor modelo/mejor gestión’. Una elección donde los chilenos tuvieron que escoger entre profundizar el modelo o hacerlo más eficiente.

En 2013, el dilema que divide a los chilenos es el modelo en sí. El clivaje parece ser ‘modelo nuevo/mejor modelo’. Las dos candidatas más populares sirven para ejemplificar. Por un lado, Bachelet propone un modelo nuevo. En su programa de gobierno propone una reforma tributaria, una reforma educacional y una reforma constitucional. En esencia, propone refundar el sistema político. Por otro lado, Matthei propone un mejor modelo. En su programa de gobierno propone mejoras a las áreas de salud, educación, regionalización, delincuencia, crecimiento, consumidor y modernización de instituciones. En esencia, propone mejorar aspectos particulares del modelo existente.

En 2013, los chilenos parecen estar menos divididos alrededor del clivaje. La mayoría parece apoyar el nuevo modelo. Por un lado (la demanda), las marchas estudiantiles han pedido sistemáticamente una reforma educacional, y las encuestas han mostrado que los chilenos concuerdan que reformas constitucionales son necesarias. Por otro lado (la oferta), al menos seis de los nueve candidatos tienen una agenda que respalda la petición de los estudiantes y avala la opinión en las encuestas. Todos los candidatos — salvo Matthei, Parisi y Jocelyn-Holt — proponen llevar a cabo transformaciones sustanciales al sistema tributario, al sistema educacional y a la Constitución.

Bachelet probablemente será elegida como la próxima presidenta. Independiente si es en primera o en segunda vuelta, será quien tendrá que cumplir con la promesa de implementar el nuevo modelo. Para ello, la candidata no solo debe tener una hoja de ruta, sino que un apoyo significativo en el poder legislativo. Como cualquier presidente, tendrá el derecho de enviar proyectos de ley, pero también el deber de esperar que sean aprobados por el pleno antes de promulgarlos en el Diario Oficial. En la practica, esto significa que para cumplir con su programa de gobierno — y conducir la reforma tributaria, la reforma educacional y la reforma constitucional — necesita el apoyo del cuerpo legislativo.

Pero un contingente legislativo afín no basta. Cada una de las reformas necesita un quórum especial para ser aprobada. A su vez, todas las reformas necesitan ser aprobadas tanto por la Cámara de Diputados como por el Senado. La reforma tributaria es la más sencilla de las tres, pues solo requiere una mayoría simple para ser aprobada; es decir, 61 diputados y 20 senadores. La reforma educacional tiene un rango de Ley Orgánica Constitucional (LOC), y por ende requiere cuatro séptimos para ser aprobada; es decir, 69 diputados y 22 senadores. La reforma constitucional tiene el quórum más alto del sistema, pues requiere dos tercios para ser aprobada; es decir, 80 diputados y 26 senadores.

Si la lista legislativa de Bachelet alcanza los dos tercios en la Cámara de Diputados y el Senado, la presidenta podrá fácilmente llevar a cabo todas las reformas que promete en su programa de gobierno. Podrá responder con creces a los electores que demandan un nuevo modelo. Tendrá la oportunidad de firmar una nueva Constitución. Ahora bien, es altamente probable que no alcance esos dos tercios, dado que el sistema electoral está institucionalmente inclinado en contra de mayorías de esa magnitud. Nunca ha ocurrido, y mientras exista el sistema binominal es altamente probable que no ocurra. En ese escenario, Bachelet tendría que resignarse a seguir operando bajo la Constitución actual.

Si Bachelet tampoco logra obtener cuatro séptimos en la Cámara de Diputados y el Senado, la promesa de instituir un nuevo modelo se derrumba. Al menos no por una vía institucional. Sin dos tercios no habrá una nueva Constitución, y sin cuatro séptimos no habrá una reforma educacional. Y lo más probable es que tampoco habrá reforma tributaria, pues tiene por  objetivo recaudar fondos para financiar la reforma educacional. Lo que está en juego son los cuatro séptimos que le darían a Bachelet la posibilidad de cumplir sus promesas. Sin ese quórum, lo más probable — dado su espalda legislativa — es que su segundo gobierno sea una replica de su primer gobierno.

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