La repostulación de Piñera

Publicado en La Tercera

Uno de los temas más delicados que pesa sobre la historia de los chilenos, especialmente en estos días, es la asignación de responsabilidades sobre lo que ocurrió la fatídica mañana del 11 de septiembre de 1973 y las casi dos décadas consiguientes. Para un sector, es responsabilidad del Presidente que gobernó de forma imprudente en un sistema político altamente fragmentado. Para otro sector, es responsabilidad del General que comandó de forma autoritaria en un régimen particularmente represivo. Aunque sea probable que ambos sectores nunca converjan en una conclusión sobre las responsabilidades, las últimas semanas han sorprendido a muchos. Senadores de ambos sectores se han adjudicado responsabilidades, ya sea por sus omisiones o negligencias.

Desde el retorno a la democracia, ningún sector ha admitido una responsabilidad personal en la debacle de la democracia. Mucho menos personas popularmente electas. A 40 años del golpe militar y a 24 de la transición democrática, la tradición ha sido mantener el silencio desde sus respectivas trincheras. Solo en algunas ocasiones, contadas con los dedos de las manos, hubo negociaciones en que ambos sectores estuvieron de acuerdo. Pero aun en aquellas ocasiones sería difícil sostener que el acuerdo benefició a uno por sobre el otro. Las reformas constitucionales de 2005 que eliminaron algunos enclaves autoritarios mantuvieron el status-quo — eliminaron los senadores designados, pero subieron el quórum para hacer reformas electorales adicionales.

Tal vez el hecho más novedoso e inesperado de las últimas semanas vino desde La Moneda. El Presidente Piñera — que sostiene haber votado por el NO en el plebiscito de 1988 — fue un poco más lejos de lo normal y declaró que “hubo muchos que fueron cómplices pasivos: que sabían y no hicieron nada o no quisieron saber”, refiriendo primordialmente a personas de su sector. Un pequeño pero importante gesto, por al menos dos razones. Primero, y a nivel institucional, porque muestra que el poder ejecutivo sigue estando comprometido con los derechos humanos, independiente de su tinte político. Segundo, y a nivel personal, porque sugiere que el Presidente está dispuesto a identificar responsables, independiente de su militancia política.

La declaración de Piñera está en sincronía con el sentimiento de la gran mayoría de los chilenos. Según la encuestadora Latinobarómetro el apoyo a la democracia y el rechazo a la dictadura se ha intensificado sistemáticamente desde la transición. Cada año ha aumentado la proporción de personas que está comprometida con la democracia y que resiste la dictadura. En 1995, 52,2% de los chilenos declaró que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”, y el 18,5% sostuvo que “en algunas circunstancias, un gobierno autoritario puede ser preferible”. En 2000, este índice fue de 53,5% y 17,3%, respectivamente; en 2005, fue de 58,8% y 10,7%, respectivamente; y en 2010, fue de 62,8% y 11,1%, respectivamente.

En ese marco, muchos interpretan la declaración de Piñera como una auténtica intención de sanar heridas del pasado. Consideran que reconocer que hay una responsabilidad directa de quienes ostentaron el poder — y el monopolio de la fuerza — durante los años del gobierno militar, representa un avance significativo para la reconstrucción de la democracia. Piñera bien podría haber guardado silencio y no haberse manifestado tan explícitamente contra quienes callaron u omitieron durante la época más cruda del país. Especialmente considerando que la gran mayoría de quienes apoyaron su nominación como candidato presidencial y conforman parte de su gobierno son aquellos que justifican, de una u otra forma, la dictadura.

Otros interpretan su declaración como una estrategia política para postergar, hasta olvidar, la resolución del problema. Consideran que el gesto, aun siendo un aporte al debate, no tiene consecuencias tangibles en la búsqueda de verdad y justicia para quienes se llevaron la peor parte de la dictadura. Por el contrario, sienten que su declaración no es más que una cuña que daría cualquier presidente indirectamente asociado con la dictadura (por el simple hecho de pertenecer al sector político que avaló el régimen) si no tiene una real intención de buscar una solución. Argumentan que lo significativo habría sido activamente emplazar a los “cómplices pasivos” a dar un paso al frente y admitir su responsabilidad tanto en el golpe como en los años que lo siguieron.

Cualquiera sea la razón que el Presidente tuvo para emitir la declaración, y dejando de lado las lecturas más obvias y sensibles, lo cierto es que constituye un paso importante para su repostulación. Si bien sus palabras implícitamente invitan a revaluar responsabilidades del pasado, también fijan un requisito clave para representar a la gran mayoría de los chilenos en el futuro. Considerando la tendencia de apoyo a la democracia y rechazo a la dictadura, es cada vez más inconcebible que un candidato presidencial que apoyó la permanencia en el poder de Augusto Pinochet en 1988 sea electo. En ese escenario, es inevitable pensar que Piñera quedará en una posición preferencial para conseguir la nominación presidencial de la derecha en la elección de 2017.

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