Los Bonos de confianza del Presidente

Publicado en El Mostrador

En términos económicos los bonos son instrumentos financieros de deuda utilizados por entidades particulares y gubernamentales para financiar proyectos. Son emitidos por instituciones privadas o públicas, con el fin de recaudar capital, y con la promesa de devolverlo en su totalidad junto con los intereses. Un ejemplo de transacción de bonos se encuentra en la historia de la construcción del Costanera Center. Dado que Cencosud no contaba con los activos necesarios para financiar la operación desde su propia cuenta decidió emitir bonos para recaudar lo necesario para llevar a cabo el proyecto. Sin esos bonos Paulmann no podría haber construido el Costanera Center.

La efectividad de la gestión presidencial funciona de forma similar. En este paralelo alegórico el presidente emite bonos de confianza para lograr llevar a cabo sus proyectos, que van desde mensajes legislativos con quórum constitucional a políticas públicas de alcance local. Si el presidente tiene un alto nivel de confianza tiene en un alto nivel de apoyo para llevar a cabo sus proyectos. Si no tiene confianza no tiene apoyo. Una medición inicial de esta confianza se da en la elección en la que resulta electo. Si logra una alta votación, comienza su mandato con un alto nivel de confianza. Esto aumenta si además logra una mayoría legislativa en la contienda parlamentaria.

En Chile es difícil desmarcarse de la medición inicial. La Constitución política no permite que el presidente promedio comience su mandato con un alto apoyo. La mayoría de los presidentes desde el retorno de la democracia han sido electos con menos de 55% de los votos y con menos de 55% de apoyo en el poder legislativo. Los gobiernos que sí tuvieron la fortuna de tener este apoyo inicial han sido los que más avances relativos han logrado durante sus periodos. El gobierno de Patricio Aylwin y Eduardo Frei fueron los que tuvieron mayores facilidades para concretar sus programas. Tuvieron votaciones razonablemente buenas y mayorías legislativas relativamente altas.

Igual de importante es lo que sucede con la confianza en lo que resta de sus periodos. Esa confianza comúnmente se mide con índices de aprobación presidencial. Presientes que tienen altos niveles de aprobación presidencial tienen una mayor probabilidad de materializar sus proyectos que presidentes que tienen bajos niveles de aprobación presidencial. Aún cuando no tienen mayorías legislativas tienen una buena ventaja. Un buen ejemplo se dio durante el gobierno de Ricardo Lagos. Pese a haber sido electo con 51% de los votos y 50% del poder legislativo, logró importantes cambios constitucionales. Sin el 60% de aprobación es difícil imaginar que podría haber forzado la negociación.

En el otro extremo esta lo que ha sucedido con presidente de baja popularidad. Un ejemplo es el gobierno de Sebastián Piñera. Su baja popularidad en las encuestas de opinión pública han sido un permanente obstáculo para llevar a cabo proyectos. Entre los 7 ejes (crecimiento, empleo, seguridad ciudadana, educación, salud, pobreza, calidad de la democracia y reconstrucción) que Piñera propuso como primordiales en su gobierno, ha logrado–según mismas fuentes del gobierno–solo 2 (crecimiento y reconstrucción). En los restantes ejes ha tenido problemas de coordinación dentro de su propio sector o bien conflictos de alineación con parlamentarios de la Concertación.

Si Piñera fuera más popular no solo tendría mayor apoyo de los partidos de su coalición, pero una relación más liquida con los partidos de la oposición. Haber fluctuado entre 25% y 35% de aprobación le ha significado encontrar obstáculos hasta con el presidente de su partido (RN). Con un alto nivel de aprobación presidencial, Carlos Larraín no lo podría haber antagonizado en el debate sobre la reforma tributaria y las conversaciones sobre la reforma al sistema binominal. Asimismo, con un alto nivel de aprobación las criticas de la oposición sobre conflictos de interés y desprolijidad para llevar a cabo algunos proyectos como HidroAysén habrían sido menos agudas y reiteradas.

El argumento es claro. Hay cosas que no se pueden hacer con una aprobación presidencial baja. El gobierno de Piñera ha tenido problemas para entender ese hecho. Constantes declaraciones de voceros de La Monda han manifestando que los índices de popularidad no son rectores para el programa. Aunque algunos podrán argumentar que 2 de 7 ejes son más que en gobiernos anteriores, el alcance es diferente. Por ejemplo, la alta popularidad de Bachelet le permitió recuperarse del desastre del TranSantiago para poder seguir pasando mensajes legislativos en el Congreso durante sus últimos 2 años. Es difícil ver un repunte en la popularidad de Piñera, y por ende avances en lo que queda de su periodo.

El 39% de aprobación de Piñera en Febrero de 2013 (sin considerar las limitaciones metodológicas de la nueva encuesta Adimark) es alto comparado con lo que ha recibido el presidente en meses anteriores. Dado que el presidente naturalmente se torna menos preponderante en el último año de su cuatrienio y es improbable que logre pasar cualquier reforma de envergadura por el poder legislativo, el 39% es un buen punto de partida para enfocar su gestión en la continuidad de un segundo gobierno de la Alianza. La estrategia de La Moneda debería ser subir los bonos de confianza del Presidente para eventualmente traspasarlos al candidato que resulte electo en las primarias de su sector.

 

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